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Ricardo Codorníu: El ‘apóstol’ cartagenero que reforestó Sierra Espuña

El ingeniero, nacido en la ciudad portuaria en 1846, ayudó a emprender un fantástico plan de reforestación en el pulmón de la Región de Murcia a finales del siglo XIX y sembró la semilla de la metodología empleada en la actualidad.

25/10/2020 - 

CARTAGENA. Ricardo Codorníu y Stárico (Cartagena 1846-Murcia, 1923) es uno de los grandes personajes del ecologismo en nuestro país, escasamente conocido y reconocido a pesar de su incansable labor naturalista que ayudó a convertir Sierra Espuña en lo que es a día de hoy. 

El Apóstol del Árbol, como se le conoció para la posteridad al naturalista, ayudó a emprender un cuidado y efectivo plan de reforestación de finales del siglo XIX en el pulmón de la Región de Murcia, modificando de manera definitiva el paisaje de la sierra. Se tuvo que emplear grandes dosis de imaginación, mucho esfuerzo, dedicación y cuidado.

Abordó este basto trabajo utilizando criterios ecológicos y medioambientales poco vistos en esa época, lo que suponen la semilla de la metodología empleada actualmente. «Crecen nuestras esperanzas de tener repoblada esta sierra dentro de pocos años, una gran superficie que ejerza su influjo en la salubridad del país, que aumente notablemente el caudal de sus manantiales y que dé valiosos productos al Estado, a la par que empleo y sustento a aquellos jornaleros tan sobrios, tan virtuosos y tan buenos trabajadores», decía con anhelo Codorníu, pionero de la educación ambiental en España y del movimiento conservacionista, en sus Apuntes de la Repoblación de Sierra Espuña. 

Dos siglos antes, Sierra Espuña acusó un terrible proceso de sobreexplotación en sus recursos. Conforme aumentó la población, la demanda de agua, tierra para cultivar o madera se incrementó de forma paulatina. A esto hay que añadir que la Marina, que gestionaba esta zona, utilizó cientos árboles de la sierra para la construcción de barcos. Otro de los acontecimientos que marca la historia de Sierra Espuña es la desamortización del territorio a mediados del siglo XIX. El monte pasa a manos privadas, perdiéndose el interés social de los bosques, que abastecían de leña, caza, pastos y otros bienes a los vecinos. En el siglo XIX el riesgo de riadas y erosión era más que palpable.  


Calientes ya los ánimos en eso de repoblar se produjeron desastrosas avenidas como la de la Ascensión, en 1884; o la de la Feria, en 1888. Incluso repoblando ya en los montes de Espuña se sucedieron las de San Jacinto, en 1891; San Amos, explica Manuel Águila en el estudio Las Raíces del Bosque, publicado a comienzos de este año. Fue entonces cuando en 1888 se impulsa la creación de la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura, organismo integrado entre otros por Ricardo Codorníu.

El ingeniero de montes mostró su desolación tras ver Sierra Espuña arrasada por la acción del hombre, que además suponía un enorme peligro para la población. «El día 19 de marzo del año 1889 subí a pie al Morrón de Espuña, que por cierto estaba nevado, practicando un reconocimiento en las vertientes del Guadalentín, y al descender atravesando la cuenca alta del Espuña, llamado río con harta exageración, no vi ni un pino ni una sola encina. Deduje, por lo tanto, que había que repoblarlo todo», subrayó en los Apuntes de la Repoblación de Sierra Espuña.

Pronto se puso en marcha y ya destinado a la Comisión de Repoblación de la cuenca del Segura fue partícipe directo en la repoblación de Sierra Espuña, una faraónica labor que sirvió para que con posterioridad se pusiera en marcha el Servicio Hidrológicoforestal a comienzos del siglo XX, que se extendió por todo el país. «Sierra Espuña había quedado privada del verde manto que antes la cubría, y sólo algunos manchones de pino se salvaron como por milagro. Entonces las aguas de lluvia se precipitaban por las laderas, asurcando profundamente el terreno y originando rápidas y devastadoras avenidas. Decididos a cortar el mal, durante veinte años se plantaron árboles declives y entre las ariscas breñas.

El que dirigía los trabajos sembraba a la vez en el corazón de cada obrero el amor al árbol y las ideas de rectitud y justicia: predicando sin cesar, con la eficaz elocuencia del ejemplo, y haciéndose amar y respetar de todos por su bondad y energía. Los árboles crecieron, formando espesos rodales, las aves las poblaron y la sierra se transformó en un paraíso».

Imaginación, innovación y escopetazos

Durante casi 12 años estuvo al frente de las duras labores de repoblar cerca de 5.000 hectáreas, supervisando los trabajos de construcción de caminos, sendas, puentes, diques y viveros, con la finalidad de asegurar el éxito de las siembras y plantaciones que se llevaron a cabo posteriormente. 

Los primeros trabajos en Sierra Espuña dieron comienzo en junio de 1891 con la construcción de los diques para «crear suelo en donde las siembras y plantaciones no pudieran ser socavadas en sus primeros años y hasta tanto que ellas por sí solas consiguieran la retención de tierras y evitaran las erosiones», escribe el ingeniero. La mayor parte de estos diques aún se conservan en la actualidad, muchos de ellos en magnífico estado y algunos hasta con carretera por encima (La Mezquita, El Aire, etc.).

 Las cifras de aquellas labores preparatorios hablan por sí solas: 240 kilómetros de vías de comunicación (caminos y sendas), la mayoría de nueva apertura, pero muchos de recuperación de sendas tradicionales; 11 casas rehabilitadas o de nueva construcción para ingenieros, capataces, guardas y operarios; 2 almacenes para material y semillas, 144 kilómetros lineales de diques en ladera; 420.000 bancalitos entremedias de los diques; 2 grandes diques reguladores de avenidas; 7 viveros que ocupaban un total de 5 hectáreas y 1 balsa para su riego. Fue el de Huerta Espuña el primer vivero en acondicionar.

Tal fue su importancia que se le conoció como el Vivero Central de Levante. Sus 378 bancalitos se regaban con el agua procedente de dos balsas a través de 1.400 metros de canales y acequias. 

En sus cinco primeros años de vida fue capaz de suministrar 6 millones de coníferas y 850 mil frondosas. Mientras, el de Las Alquerías por ejemplo tenía como principal misión ser tendedero y secadero de piñas para la extracción de piñón. Pero el auténtico trabajo de repoblación tuvo lugar con el inicio de las primeras siembras y plantaciones, que en muchas zonas se hacía paralelamente a la construcción de diques y trenques.

Las especies que durante esos años fueron objeto de repoblación se distribuyeron del siguiente modo: el pinar fue el elemento básico (lo cual hoy se puede apreciar perfectamente) y se hizo principalmente de pino carrasco desde los 260 hasta los 700 metros de altitud, de carrasco con rodeno o negral entre los 700 y los 1.300 y desde los 1.000 hasta los 1.500 se simultanearon negral con salgareño o laricio, indica el propio Águila en el estudio antes mencionado. Para tal menester puso en marcha criterios ecológicos y sostenibles, cuando nadie hablaba de estos conceptos. 

La plantación se realizó a lomos de mula y partiendo de los viveros antes mencionados y preparados sobre el terreno, utilizando semilla de planta local; para sitios inaccesibles disparaban piñones con escopeta. 

RESULTÓ CURIOSO EL MÉTODO PARA SEMBRAR EN SITIOS INACCESIBLES: A TRABUCAZO LIMPIO, ES DECIR, METIENDO SEMILLAS POR EL CAÑÓN DEL ARMA Y DISPARANDO EN LA DIRECCIÓN ADECUADA

Resultó curioso el método para sembrar en sitios inaccesibles: a trabucazo limpio, es decir, metiendo semillas por el cañón del arma y disparando en la dirección adecuada. De un modo u otro las siembras directas en el monte tenían un gran problema: más del 90% de las semillas eran devoradas por pájaros, hormigas y en menor proporción, en aquellas descarnadas cumbres, en sus ásperos declives y entre las ariscas breñas. 

El que dirigía los trabajos sembraba a la vez en el corazón de cada obrero el amor al árbol y las ideas de rectitud y justicia: predicando sin cesar, con la eficaz elocuencia del ejemplo, y haciéndose amar y respetar de todos por su bondad y energía. Los árboles crecieron, formando espesos rodales, las aves las poblaron y la sierra se transformó en un paraíso».  Durante casi 12 años estuvo al frente de las duras labores de repoblar cerca de 5.000 hectáreas, supervisando los trabajos de construcción de caminos y la presencia de roedores que acababan con las semillas plantadas.


La repoblación duró 12 años, y en los 20 años siguientes el paisaje de esta Sierra cambió radicalmente, por lo que en 1931 se declaraba Sitio de Interés Nacional.
 «Serían los trabajos que se efectuarán -en la repoblación de Sierra Espuña- altamente beneficiosos, ya que en dicha sierra nacen los manantiales que riegan los productivos viñedos de Alhama y los incomparables huertos de naranjos de Totana y por el gran valor que allí tiene el agua para riego. 

En dicho estudio, también se hacía constar la urgente necesidad de repoblar cuanto antes la parte pelada de la cuenca del Luchena y de que desaparezcan los calveros y claros numerosos que hay en la poblada», explica Codorníu en los Apuntes relativos a la repoblación de Sierra Espuña, que publicó en 1900.

Un vasto y esmerado trabajo de campo con ensayos de tierras, análisis de los accidentes meteorológicos de cada periodo, el estudio de la vegetación espontánea, el cultivo de las semillas en viveros, los métodos de plantación de las diferentes especies y las fórmulas empleadas en este menester, además de la construcción de diques, senderos y caminos. 

Su decisiva participación en la repoblación de Sierra Espuña inspiró más adelante la creación del Servicio Hidrológico-Forestal en 1901, generalizado a todo el país. En este año, José Musso, pasó a hacerse cargo de la inspección de Repoblaciones y Ricardo Codorníu quedó al frente de la Comisión de Repoblación de la cuenca del Segura, que desde aquel año recibió el nuevo nombre de 3.ª División Hidrológico-forestal. Estamos ante la primera repoblación forestal que se hizo en España a gran escala, tal vez una de las mejor planificadas y ejecutadas.

El modelo se exportó después a otras sierras murcianas y regiones españolas (Madrid, Valencia, Pirineo) y se presentó en importantes congresos nacionales e internacionales. Desde la perspectiva forestal consiguió una de sus metas hidrológicas, frenar las frecuentes avenidas, y desde la económica veinte años después fue capaz de demostrar que los 2.055.543 pesetas que se habían invertido se habían convertido en una madera valorada en 4.754.888 pesetas (MELGARES, 1923). 

«Pero sobre todo, sirvió para recuperar gran parte del valor ambiental perdido en Sierra Espuña, algo que no tardó en verse desde otra perspectiva, la del turismo de naturaleza», dice Manuel Águila.

‘Doce árboles’ y un sitio a su figura

Codorníu fue prolífico también a la hora de escribir. Quiso plasmar en negro sobre blanco sus trabajos, investigaciones y proyectos. 

En sus obras podemos vislumbrar el metódico trabajo que empleaba el ingeniero de montes cartagenero, el carácter de un adelantado en temas medioambientales a su época. 

De esta manera, entre sus obras técnicas más notables destacan las Cartas Forestales (1907-1911), Hojas Forestales (1912), Miscelánea Forestal (1912-1913), La Repoblación Forestal en España (1914-1915), La Repoblación Forestal en Sierra Espuña (1900, 1908, 1913), Bagatelas Forestales (1914-1918), y otras. Un trabajo titulado Charlas sobre aves (1920) fue reeditado por ANSE en 1987 y Medio Ambiente (AMA) de Murcia, en 1990. 

Destaca otra obra, de 1914, llamada Doce árboles. Son doce cuentos sobre árboles, que dedica a cada uno de sus nietos, y que denota una gran sensibilidad en esta docena de «lecciones de naturaleza y vida». Fue escrita a los 68 años. 

La Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono, ARBA, la reeditó en edición facsímil en 1995, como homenaje y en conmemoración de los III Encuentros sobre Propagación de Especies Autóctonas y Restauración del Paisaje. Posteriormente, en el año 2017 fue la asociación naturalista de Cartagena CreceCT la que dio un paso más y ofreció una nueva edición de este libro.

El proyecto, explica el presidente de la asociación Santiago del Álamo «propone devolverle el sitio que se merece, reeditando un libro de cuentos que escribió hace más de cien años dedicando cada uno de sus doce cuentos a cada uno de sus nietos». 

En esta pequeña joya literaria, los textos escritos por Codorníu fueron ilustrados por dibujantes de la Región, como Juan Álvarez y Jorge Gómez, Eme, Piedad Martínez Torres, Fernando Dagnino, José Manuel Puebla, Laura Molina, Víctor Biticol, Kraser, Mai Sabater, Dani Acuña, Sonia MS, Cepe, Pablo Manuel Moral y Pedro Diego Pérez Casanova

La asociación CreceCT emprendió esta iniciativa con el fin de devolver al naturalista el sitio que se merece por su fantástica contribución ecologista a la Región, a la vez que recauda fondos para conseguir la colocación de una estatua -encargada al escultor Jorge Aznar- en su honor en Cartagena, y la reasignación de su nombre a una avenida en Cartagena.

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