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Cinque Terre, conociendo los pueblos de Corniglia, Vernazza y Monterosso al Mare

27/03/2023 - 

MURCIA. Después de visitar Riomaggiore y Manarola y de dar algunas vueltas por La Spezia, me quedan por delante tres pueblos más: Corniglia, Vernazza y Monterosso al Mare. Y no los voy a visitar para marcar la casilla de visto, sino que realmente tengo ganas de ver con mis propios ojos qué me deparan estos tres nuevos pueblos y seguir impregnándome de la magia de este lugar. Es curioso lo que pueden provocar unas localidades pequeñas que en los años sesenta y setenta se colorearon para convertirse en un sueño viajero. Y el tiempo, bendito tiempo en ocasiones, junto al salitre, han aportado ese toque decadente tan atractivo y distintivo, mientras que la abrupta naturaleza, de colores casi imposibles —incluso en verano—, es el mejor marco para este caleidoscopio. Una belleza que ya admiro desde el tren, que hace aún más sostenible este entorno. 

La primera parada es Corniglia y también la primera sorpresa: una escalinata con 377 escalones en zigzag que, honestamente, te hace pensar tres veces si seguir adelante o regresar al tren. Hay quienes optan por coger el autobús (cuesta 1,50 euros el billete de ida), pero yo prefiero subir a pie, ganándome la visita. Asciendo sorteando a la gente que está sentada en las escaleras y a las que suben con un calzado imposible. Llego arriba, a la plaza Largo Taragio, donde se asoma la iglesia de Santa Caterina y la parroquia de San Pedro, uno de los monumentos más interesantes de Cinque Terre. Creo que todos los turistas se concentran en esa plazoleta porque las calles están vacías y el paseo es agradable. Unas callejuelas que me llevan a un mirador con vistas impresionantes —por algo el pueblo está a más de cien metros de altura— en el que es posible admirar los cuatro pueblos restantes de la región —a derecha y a izquierda, porque Corniglia está en el medio—. El contraste de sus coloridas casas con las aguas turquesas es fascinante. Tanto, que creo que es el mejor mirador de Cinque Terre.

A penas viven quinientos habitantes, así que es posible trasladarte a esa cotidianeidad italiana tan idealizada en películas o canciones. Además, Corniglia no tiene salida al mar y está rodeado de viñas y olivares, lo que le otorga una peculiaridad única en comparación con el resto de localidades. Hasta esa zona dominada por viñas y olivos me acerco por un sendero por el que voy avanzando para hacer la foto de postal: Corniglia en su conjunto. La cabezonería tiene esas cosas y, la recompensa, una de las fotos que acabo de hacer. Eso sí, con algún que otro rasguño por meterme por donde no debía. ¿Algún día aprenderé? Lo dudo. Ya contenta con este pequeño rincón que he descubierto, deshago el camino, me vuelvo a perder por sus calles y sus tiendecitas y desciendo esos 377 peldaños para llegar a la estación. La próxima parada es Vernazza, pero antes decido comer algo en uno de los restaurantes. Y sí, con una Moretti para maridar.

Vernazza, el más pintoresco de Cinque Terre

Al llegar a la población, el olor a mar me vuelve a sorprender y, la gente, a recordarme que, aunque no está masificado, hay bastantes turistas. En el medio de la plaza miro a mi alrededor y me fijo en que Vernezza mantiene el aspecto de ciudadela marinera, con sus torreones defensivos y su castillo. Siguiendo mis hábitos, comienzo por ahí la visita y, así, conquistar el torreón y el castillo de los Doria, aunque antes hay que pagar la entrada (dos euros). El castillo en sí no es nada del otro mundo pero sí su mirador, con las casitas de colores, las barcas en el puerto y el transitar de las personas. Lo ideal es visitar este lugar al atardecer, pero a cualquier hora del día también será un acierto. Como Corniglia, Vernezza está rodeado de viñedos y olivos, en ese contraste hermoso que deja el enclave. 

A nivel monumental, la localidad también cuenta con el santuario de Nuestra Señora de Reggio, ubicado a 310 metros de altura. En él se venera a la Virgen Negra con el niño, también llamada La Africana. Después de visitarlo, las piernas y el cuerpo reclaman un descanso, así que hago una parada técnica para disfrutar en una terraza y ver la vida pasar… Es una de esas horas en las que podría seguir visitando otra población o regresar al alojamiento. Decido ir a La Spiaza y disfrutar de una buena cena, sin que hayan cerrado la cocina. Sí, porque estaremos en Italia, pero llevan horario británico y la cocina cierra antes de las 21:00 horas. Una locura para alguien como yo. 

Monterosso al Mare, el más turístico

Último día y ya me siento casi de aquí. Tanto, que los pueblos los he renombrado para acordarme: Motorola, Martini Roso, Versace, Corleone y Rissoto. Así que, en mi mundo, me voy a Martini Roso (Monterosso), el primer pueblo de todos. Sin lugar a dudas es el más turístico, quizá por su inmensa playa que, por cierto, me encantaría zambullirme en ella, pero un accidente doméstico me lo impide. Su estampa es muy típica: hamacas y sombrillas de color verde y amarillo que, a medida que avanza la mañana, se van ocupando por turistas.

Y aquí la curiosidad: Monterosso es la única localidad verdaderamente marinera, con puerto, lonja y caladeros de unas anchoas que son famosas en todo el norte de Italia. Y yo, ya te digo, que soy muy de anchoas. La visita la comienzo adentrándome por el centro histórico, perdiéndome por las callecitas del casco antiguo, llamadas localmente carruggi. Así llego a un lugar que llama mi atención: oratorio de Santa Maria di Porto Salvo, ubicado junto a la iglesia de San Giovanni. Me llama la atención porque entre la decoración se pueden ver calaveras, esqueletos, pergaminos y escritos que insinúan la muerte. Por lo visto, la iglesia pudo haber sido fundada para el entierro de los menos afortunados, por una cofradía que se distinguía por el hecho de que sus miembros vestían hábito negro y que se oponía a la que vestía de blanco. 

Además, hay otros puntos interesantes, como su torre, la estatua del Gigante, que protege al pueblo desde 1910, o ese paseo a orillas del mar que te deja la panorámica de la ciudad. 

En realidad son seis pueblos

Como en los mejores discos, Cinque Terre tiene un bonus track: Portovenere. No tenía previsto ir, pero aún queda mucho día por delante y quiero aprovecharlo. El viaje hasta allí es muy divertido e interesante porque he de coger un autobús cerca del mercado y lo hago casi intuitivamente y con una mezcla de castellano-catalán-inglés que no me aclaro ni yo misma. Pero lo consigo y, después de un trayecto bastante largo en autobús (tres euros) y de pasar no sé cuantas curvas, llego hasta la localidad. El autobús te deja justo a la entrada del puerto, bordeado de casas de colores brillantes, mientras que las estrechas calles medievales repletas de tiendas conducen a la colina desde la antigua puerta de la ciudad hasta el castillo.

Pero antes de ir hasta el castillo visito la iglesia de San Pedro, un sorprendente templo gótico que resiste las inclemencias de alzarse junto al mar desde el siglo XIII. Se ubica sobre las ruinas de una iglesia paleocristiana que, a su vez, había sido edificada sobre un templo romano dedicado a Venus (Venere en italiano, de ahí el nombre del pueblo). 

Un lugar tranquilo, con un punto más cosmopolita que el resto de poblaciones y que no solo ha llamado mi atención sino también la de numerosos artistas, como Eugenio Montale, premio Nobel de Literatura, o Lord Byron. De hecho, junto a la iglesia se ubica la grotta Arpaia, más conocida como la gruta de Lord Byron, pues se dice que en ella meditó en numerosas ocasiones el poeta inglés. 

El final del día se acerca y subo hasta el castillo para ver el atardecer. Me cuesta encontrar el sitio para plantar mi trípode —hay muchos influencers haciéndose fotos—, pero logro mi posición y disfrutar del momento, con el mar a mis pies y la iglesia de San Pedro imponente desafiando el mar. Un final de viaje que terminaré en La Spezia, con un buen vino italiano y pasta fresca. Fin del viaje, pero los recuerdos y su magia los llevo conmigo.

Cinque Terre 

¿Qué ver en Monterosso?

No te puedes perder la casa de Eugenio Montale, premio Nobel de Literatura en 1975, quien en algunos de sus poemas se inspiró en esta región. Y es que pasó sus vacaciones en la Villa Montale, la pagoda amarillenta, que, aunque no se puede visitar por dentro, es curioso verla. 

Tampoco puedes perderte el convento de los capuchinos. En su interior se encuentra una joya de la pintura: un cuadro sobre la Crucifixión atribuido al pintor flamenco Anton van Dyck. Además, en los alrededores del convento hay una magnífica vista panorámica de la bahía.

¿Cómo viajar a Cinque Terre?

En tren es la mejor opción. Desde Milán se tardan aproximadamente tres horas; desde Florencia, tres horas y media, y desde Pisa, dos horas y media. La parada es La Spezia y el precio del billete oscila entre los diez y los veinte euros si los compras con antelación. 

¿Algún consejo? 

Para visitar las cinco poblaciones es imprescindible adquirir la Cinque Terre Card, que da acceso a las rutas de senderismo junto con viajes ilimitados en los trenes Cinque Terre Express en la línea Levanto - Cinque Terre - La Spezia. 

¿Dónde puedo conocer más sobre Cinque Terre?

Descubre todo lo que Cinqueterre te puede ofrecer en la web de Cinque Terre

* Este artículo se publicó originalmente en el número 101 (marzo 2023) de la revista Plaza

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