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Belgrado, el nuevo destino 'underground' 

La capital de Serbia ha dejado atrás los fantasmas del pasado para abrirse al mundo como un destino underground, gastronómico y cultural 

16/04/2023 - 

MURCIA. Seguramente, al leer que te llevo de viaje a Belgrado, has pensado en la antigua Yugoslavia y en aquella primavera de 1999, cuando la OTAN bombardeó la ciudad. Un ataque que se extendió durante 78 días y fue ordenado por el entonces secretario general de la OTAN Javier Solana. Una instrucción con la que el mundo cambió por completo y cuyas heridas siguen abiertas en algunas partes de la ciudad. Pocas, pero siguen. Un pasado que sirve para aprender de los errores pero que en absoluto ancla a Belgrado en él. Todo lo contrario, porque la capital de Serbia me da la bienvenida con una personalidad y alegría que me atrapa al instante. 

Lo hace con ese aire de ciudad desaliñada, con edificios socialistas junto a otros de corte imperial o modernos. Un caos ordenado como el de sus coquetas terrazas, repletas de gente celebrando la vida. Más tarde me sumergiré en ese ambiente, porque antes quiero ir a los cimientos de la ciudad: la fortaleza Kalemegdan, situada en lo alto de una colina, muy cerca de donde el Danubio confluye con el Sava. Su trascendencia la entendieron ya los celtas y, por ello, levantaron el asentamiento de Singidunum, sobre el que posteriormente se construyó un importante fuerte romano. Y por esa ubicación tampoco hay que extrañarse de que fuera destruida y reconstruida en cien ocasiones, la última en la II Guerra Mundial.

Un pasado bélico que se palpa incluso en la iglesia Ružica, ubicada en uno de los laterales de la fortaleza. Sí, porque durante más de cien años fue usada por los turcos como un antiguo arsenal y, tras la I Guerra Mundial, gran parte de ella quedó destruida por las fuerzas austrohúngaras. De aquella destrucción nació esta iglesia que ya desde fuera llama la atención por las dos estatuas que la custodian: un lancero del período del emperador Dušan y un soldado de infantería. Y al entrar se hace la magia: una iglesia ortodoxa iluminada por lámparas que realizaron los soldados serbios con lo que encontraron a su alrededor: balas y armas que quedaron desiertas en el campo de batalla. Una iglesia hermosa, pero más en las horas de culto, cuando los cánticos se escuchan desde los bancos que hay mirando al inmenso Danubio. 

Belgrado, una ciudad repleta de vida 

Sigo caminando hasta el gran mirador que deja ver la vida junto al Danubio —sí, me hago la foto de rigor— y salgo por la puerta de la torre del reloj, en la que al pasar la mano noto las balas de otras épocas. Bajo el foso, tanques militares que sirven de reclamo para el Museo Militar —está ahí mismo—, pero las guerras no son lo mío y opto por salir al parque Kalemegdan. Un jardín salpicado de estatuas de ilustres personajes serbios, puestos de souvenirs con mil objetos abigarrados, familias paseando y algunos grupos de turistas refugiándose bajo la sombra de los árboles. Sin duda, es su espacio de recreo. 

Dejo atrás esa tranquilidad para volver al bullicio. Lo hago uniéndome a todas esas personas que transitan la calle Knez Mihailova, una vía que todavía emana ese aire noble que tuvo, cuando las familias adineradas se instalaron aquí en lujosas mansiones. Camino mirando a un lado y al otro para no perderme nada porque entre esas coquetas tiendas, galerías y cafés se alzan edificios tan bonitos como la Academia de Bellas Artes. Y en ese transitar llego al Hotel Moskva, uno de los más antiguos de Belgrado.

Al entrar, las notas a piano de Englishman in New York (Sting) comienzan a sonar y al poco la cantante la entona. Una atmósfera selecta pero acogedora, con las sillas rojas, las lámparas de araña y un servicio atento. Un lugar que durante la ocupación nazi fue sede de la Gestapo y por cuyas mesas se han sentado el premio nobel Ivo Andric, Maximo Gorki, Einstein, Orson Wells, Agatha Christie, Alfred Hitchcock… Y ahora yo, que decido disfrutar aquí de mi primera cerveza serbia.

La hora de cenar se acerca, así que me dirijo hacia Skadarlija, el barrio bohemio y hedonista de Belgrado. En tres segundos entiendo el apodo: está repleto de kafanas —antiguas tabernas— decoradas con flores y en las que bandas de música —tipo tunas— amenizan a los comensales. Un barrio que fue punto de encuentro de numerosos poetas y artistas en el s. XIX y que conserva ese pasado a través de galerías de arte, tiendas de antigüedades y fachadas modernistas. Una atmósfera a la que me uno en el restaurante Tres Sombreros (Tri šešira Restaurant), uno de los más antiguos de Belgrado. Y lo hago tomando una Rakija antes. 

Tras la cena —¡Por Dios qué bien se come en Serbia!— me dirijo a mi hotel a descansar, el Marriott Courtyard Belgrade City Center, que está ubicado en la plaza de la República, hogar de las demostraciones de poder en tiempos de Milošević y hoy un punto de encuentro bajo las fachadas del Museo y el Teatro Nacional. Pero mañana te cuento más cosas, que ha sido un día bastante largo y estoy agotada. 

La Sagrada Familia de Serbia

Hoy sí, toca descubrir una de las joyas de Belgrado: el templo de San Sava, cuya cúpula verde esmeralda se ve desde distintos puntos de la urbe. Su ubicación no es baladí: aquí fueron quemados los restos de san Sava en 1594 por los turcos otomanos. Me lo cuenta mi guía Milica Lenasi, quien me adelanta que el edificio comenzó a construirse en 1935 y aún quedan algunos trabajos de decoración por hacer. Eso lo veré en unos minutos, que ahora estoy haciendo las fotos al templo. Ahora sí, accedo por una de las grandes puertas con cierta expectación y al entrar me sorprende una imponente iglesia ortodoxa de estilo bizantino con un maravilloso mosaico del Cristo Pantocrátor. Me quedo en el medio, paralizada, observando cada uno de los mosaicos que la decoran y esa gran cúpula que la corona. Es cierto que todavía quedan algunas partes por terminar pero aun así me parece mucho más hermosa que la de Santa Sofía en Estambul. 

Si tienes oportunidad, abajo hay una pequeña cripta —no siempre está abierta— que, al verla, multiplica la belleza del templo. Todo es tan hermoso que nunca llega la hora de marcharme. Tendré que volver porque en breve abrirán el acceso a la cúpula y se tendrán las mejores vistas de Belgrado. Cuando vayas, no dudes en visitarla —y en contármelo—. Ya en el exterior, cerca del templo, hay una pequeña iglesia que puede pasar desapercibida. No la subestimes y accede a ella porque su interior es uno de los más bonitos que he visto en mi vida y contrasta con el Templo: no queda ni un centímetro sin decorar y todo tiene tonalidades azules, creando una atmósfera celestial.

Como decía, todavía se pueden ver algunas heridas del bombardeo, como en los dos edificios que hay en la calle Kneza Miloša, con las que te puedes hacer una idea de lo acontecido en 1999. Era una niña cuando ocurrió pero recuerdo que me marcó y, ahora, cuando lo veo in situ se me encoge más el corazón. Pero eso es pasado y el presente es lo que tengo delante de mis ojos: Ada Ciganlija, la playa —el Sava— de la ciudad. Música, chiringuitos y miles de opciones para practicar deporte lo convierten en otro de los espacios de recreo de la ciudad. Y muy cerca Dogma, una cervecería artesanal que han creado cervezas tan populares como Albino IPA y Hoptopod —tienen bastantes más—. Un lugar en el que además hacer un alto para comer acompañado de buena música y cerveza, claro. 

Otro de los puntos de ocio en la ciudad es el Waterfront, al que me dirijo volviendo a pasear por sus calles, descubriendo las ruinas de una antigua biblioteca, edificios modernistas y calles decoradas con luces de los restaurantes. También llego al barrio de Dorcol, la parte más antigua de Belgrado, donde antaño vivían serbios, croatas, turcos, austriacos, judíos y griegos… y conserva esa mezcolanza en el estilo de estas calles apretadas junto al Danubio. Una de ellas, Cara Dusana, cuenta con uno de los edificios más viejos de la ciudad, fechado en 1724, junto a construcciones del siglo XIX, la mezquita Bajrakli-džamija (1575) o la iglesia de San Alexandar Nevski. 

Quizá no es tan bella ni tan deslumbrante como otras capitales europeas, pero su personalidad y jovialidad me fascinan. Antes de llegar al Waterfront me paso por el edificio Geozavod —hoy es un restaurante de lujo— para ver el que fue el edificio de la bolsa. Al asomarme, me fascina esa enorme escalinata que da acceso al salón y me prometo que si vuelvo reservaré una mesa.

Junto al Danubio termino mis días en Belgrado, una ciudad fuera del extrarradio turístico popular que ya le planta cara a urbes como Barcelona o Berlín por su carácter y esa vida cultural y artística que enamora. Y bueno, en otra ocasión te hablaré de sus monasterios ortodoxos de Fruška Gora, su vino Bermet y de Novi Sad. 

Belgrado

¿Qué ver en Belgrado?

No te puedes perder el Museo de Nikola Tesla es una visita imprescindible para conocer la labor de uno de los inventores más importantes de la historia. De hecho, a Tesla se le considera como el padre de la corriente alterna, fundador de la industria eléctrica y, entre otros, el creador de la radio. El museo tiene unos 160.000 documentos originales y guarda sus cenizas, por lo que lo convierte en el museo oficial de Nikola Tesla. 

Tampoco puedes perderte ir a la taberna más antigua de Belgrado. ‘?’ no es una pregunta sino el restaurante más antiguo de Belgrado. Un nombre original para dar respuesta a los vaivenes políticos y religiosos, que hicieron que sus dueños, hartos de cambiar el nombre de la taberna para no herir sensibilidades, decidieran llamarla así.

Otra opción muy buena es ir a Zemun, situado al otro lado de Belgrado, antaño fue una ciudad del Imperio austrohúngaro pero hoy se erige como un distrito en el que pasear, disfrutar de su gastronomía y de su mercado y enamorarte de sus vistas, especialmente desde la colina en la que se sitúa la Torre de Gardoš. 

¿Cómo viajar a Belgrado?

En avión. La compañía AirSerbia vuela directo desde València. La frecuencia semanal es jueves y domingos. 

¿Dónde puedo conocer más sobre Belgrado?

Descubre todo lo que Belgrado te puede ofrecer en la web de Visit Serbia

* El artículo se publicó originalmente en el número 95 de la revista Plaza

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