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TRIBUNAL LIBRE / OPINIÓN

Tirar la casa por la ventana (tradiciones pascuales de otro tiempo)

11/04/2020 - 

En este año bisiesto, que nos traía un día de más y que, por el momento, suma un mes de menos por la crisis que nos aflige, la llegada esta medianoche de la Pascua marcará un nuevo hito en nuestro confinado peregrinar y pondrá término a la Semana Santa más extraña que haya vivido cualquiera que no tenga más de 80 años de edad.

Supongo que cuando suenen solemnes las doce campanadas que darán paso al Domingo de Resurrección, se dejará oír el alegre repicar de las campanas en muchos templos de nuestra diócesis… pero poco más permitirá advertir exteriormente la llegada del día grande de la cristiandad; de la celebración que da sentido a todo, porque, como señaló con meridiana claridad San Pablo: “Si Cristo no  resucitó, vana es nuestra fe”.  

De modo que, de la misma forma que este año la procesión ha ido por dentro, también la conmemoración pascual tendrá que desarrollarse de puertas adentro. Y esperemos que a nadie se le ocurra hacerlo como antaño, cuando se tenía por costumbre lanzar por ventanas y balcones objetos viejos y hasta hacer disparos al aire, como procedimiento para hacer notar el júbilo de los vecinos por la Pascua, o lo que es igual, por el triunfo de la vida sobre la muerte, de la virtud sobre el pecado.

Y no hace tanto de aquello. Ni ha desaparecido  la costumbre en todas partes. Sucede, por ejemplo, en la isla griega de Corfú, donde tirar objetos de cerámica por la ventana llenos de agua o vino el antiguo Sábado de Gloria, a las once de la mañana, trae buena suerte durante el resto del año. Lo tienen allí por tradición de origen veneciano, donde en Año Nuevo acostumbran a tirar las cosas viejas para que el nuevo año les traiga otras nuevas, o de origen pagano, según otros, pues los jarrones simbolizarían la llegada de la primavera y de la nueva cosecha, que se guardará en nuevas vasijas.

No hace falta irse tan lejos. En el barrio valenciano del Cabañal es a medianoche, justo en el momento en que comienza allí la procesión de Gloria, cuando los vecinos celebran el regreso a la vida de Jesucristo con tracas, como no podía ser de otro modo por aquellas latitudes, y lanzamientos desde los balcones de pozales de agua y de distintas piezas de vajilla de loza, tales como tazas o platos.

En sus ‘Viejos recuerdos’, nuestro añorado cronista, Carlos Valcárcel, recuerda que, en los años previos a la Guerra Civil, el Sábado de Gloria “comenzaba en silencio, pero a las diez en punto, hora fijada para recordar la Resurrección del Señor, se lanzaban al vuelo todas las campanas de Murcia y de los balcones de sus casas salían disparados contra la calle toda suerte de cacharros viejos, botijos, cacerolas, sillones, sillas etc. etc., lo que obligaba al transeúnte a estar preparado, minutos antes, para adentrarse en un portal o en un bar, con objeto de evitar cualquier brecha en la cabeza, si sobre ella caía uno de tales objetos viejos, con cuyo ruido se quería mostrar la alegría por el feliz suceso de la Resurrección, a la vez que numerosas bandas de música recorrían la ciudad, anunciando que acababa la Semana Santa y daban comienzo las fiestas cívicas o de Primavera”.

No faltan testimonios en la prensa de la época sobre los incidentes que se derivaban de esta costumbre, en forma de lesiones a transeúntes y hasta heridas causadas por el imprudente uso de armas de fuego. O incluso de la visita, tan inesperada como indeseada, de un proyectil perdido a la redacción de uno de los periódicos murcianos, sin que hubiera que lamentar desgracias personales.  

Celebremos, pues, esta Pascua confinada como mejor podamos y sepamos, como nuestra religiosidad o nuestro apego a las tradiciones nos aconseje… pero, por favor, sin necesidad de tirar la casa por la ventana.


José Emilio Rubio es periodista



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