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Kit de ciencia para ministros en seis pasos

Foto: NATXO FRANCÉS
14/07/2021 - 

MURCIA. La pandemia ha resucitado que los cambios políticos de calado lluevan en festivo, como nuevas maneras de entender la conciliación. Cuando todavía queda por saber si con los recientes fichajes del Consejo de Ministros saldrá un nuevo sol, no hay mejor oportunidad que una cartera de trinqui en Ciencia e Innovación para refrescar esas asignaturas pendientes que arrastra la investigación made in Spain y sus políticas desde que Severo Ochoa llegara a la España preautonómica, donde la situación de la ciencia estaba “casi en pañales”, pidiendo “la autonomía propia y la total independencia del poder político”, recogían las crónicas días antes del golpe de Tejero. Como dice David Trueba, los premios, incluso el Nobel, sirven para guardar a los premiados en el armario.

La titular entrante, la ex alcaldesa de Gandia, Diana Morant, sustituye a Pedro Duque en un ministerio cuyo balance destaca el aumento de los presupuestos de I+D+i casi el 60% con respecto a 2020 --récord que permite el maná de los fondos europeos--, la brasa del ternure-track, promovido como lo más de lo más de la contratación científica, y además, como acción de talante conciliador, la eliminación de nombres de históricos científicos españoles que denominaban los premios nacionales de investigación para no alimentar a los ofendiditos. Pero también hay que reconocerle un gesto que no es secundario: el rechazo a participar en unas jornadas con infrarrepresentación femenina. 

 Con estos mimbres se encontrará la nueva ministra, a quien de primeras las redes sociales achacan su falta de perfil como gestora científica, pese a su experiencia en administración pública y su titulación en telecomunicaciones. No es por consuelo de tontos, pero en Europa, los ministros del asunto tampoco rezuman ciencia. Por principio de precaución, habrá que esperar a que se desvelen también los perfiles de los miembros que integrarán su equipo.

De perfiles y retratos, todavía humea una conversación lejana con un colega veterano a cuenta de los fichajes de comunicación en las carteras botánicas de carácter científico-técnico, con relevancia cuestionada en la materia de destino. El colega sostenía que al volante comunicativo de las consellerias tal carencia no puntuaba como la versatilidad en manejar los contactos políticos y la gestión de equipos, la auténtica sustancia del caldo público. El conocimiento de las temáticas de la agenda se riega sobre la marcha, venía a decir, porque “a los políticos no les interesa la ciencia”. La voluntad de quien esto escribe es que los políticos, al menos los valencianos, desmintieran en algún momento a mi colega. 

Porque son tiempos que exigen relatos propositivos, que piden espacio para los conocedores de la información científica en los equipos de quienes toman las decisiones políticas, aquí va una tormenta de siete ideas. Así como el cambio climático no es solo cosa de chuletones ni la pandemia es solo un bando diario de cifras, la siguiente propuesta es una receta transversal que traspasa la cartera de ciencia. 

1. Para ser excelente hay que aumentar el presupuesto

En este espacio he tenido ocasión de definir la excelencia tal y como lo entienden los gestores públicos. No deje que la chispa de las palabras le ciegue. Antes de las etiquetas, lea los números. Si abre el libro amarillo y coteja la clasificación mundial, la lectura le sorprenderá: la solución a muchos de los frentes abiertos en la reforma de la Ley de la Ciencia pasan por aumentar el PIB dedicado a I+D+i. La apuesta es un win-win palmario.

2. Basarse en la evidencia no tiene por qué cabrear al personal

Toda crisis exige claridad y empatía. Calibre los efectos cuando se ponga a sugerir recomendaciones. Sobre todo, tenga claro que el terreno de las acciones individuales suele ser caballo perdedor. Tampoco ayuda apelar a la moderación, que a fin de cuentas implica caer en una falacia, como demuestra la falsa dosis segura del alcohol. La Organización Mundial de la Salud (OMS) siempre resulta un buen colchón en eso de mover el debate a la hora decirle a la gente lo que es mejor no hacer. Ahí está el consumo de carne roja y carne procesada y su relación con el cáncer. Si el ministro de Consumo pretendía desincentivar el consumo de carne, que efectivamente tiene claras implicaciones en la emergencia climática, no tenía más que lanzar mensajes en positivo del estilo “más verde, más vida” promoviendo el consumo de verduras y legumbres y haciendo feliz de golpe a agricultores, nutricionistas y veganos. El problema está en asumir el efectismo como aliado para ganar reacciones. Ni en ciencia ni en salud redundar en el “da igual que hablen bien o mal, pero que hablen de mí” no es el buen camino. 

3. Explique sus objetivos 

Las políticas gubernamentales suelen tener como objetivo mejorar el bienestar de sus ciudadanos. Para cada problema social, existe una multitud de posibles causas y soluciones. Los desafíos que plantean son aportar pruebas para el diseño de políticas y cómo pueden los formuladores de políticas evaluar su éxito o fracaso. Haga entender que, en el diseño de las políticas basadas en la evidencia, esta se aplica en cada etapa del proceso: desde la identificación del problema y sus fuentes, diseño de estrategias y acciones viables hasta el diseño e implementación y la evaluación a partir de la colaboración de varios actores. Organismos clave en este acometido como la Oficina de Ciencia y Tecnología necesitan dotarse de recursos y personal adecuado para la efectividad de sus aportaciones

Algunos consejos prácticos también pueden ser útiles: aborde todas las preguntas de la audiencia; anticipe malentendidos o explíquelos de forma preventiva; no seleccione los resultados, presente los posibles beneficios para compararlos de manera justa; demuestre la incertidumbre sin complejos; resalte la calidad y relevancia del conjunto de datos. 

4. Asesores científicos: anticipación para futuras crisis y transparencia

A medida que la ciencia y la formulación de políticas cambian, el recurso de las experiencias de aprendizaje de los expertos que asesoran en políticas es un pozo por abrir, no solo en España, sino en la escena internacional. La situación marcada por la COVID-19 va a exigir evaluaciones de lo que sucedió y lo que salió mal, un reto para el cual habrá que entender por qué no siempre las habilidades de los asesores científicos son adecuadas para situaciones de crisis. Solo entonces podremos asegurarnos de que se aprendan las lecciones y de que nuestras redes de asesoramiento científico estén preparadas para futuras emergencias.

La rendición de cuentas y la responsabilidad son principios básicos que implican mecanismos identificables para su efectividad. El asesoramiento debe ser transparente para la comunidad de expertos, las partes interesadas relevantes y el público en general. Lo mínimo en la escala de la transparencia es la emisión del juicio de los expertos, además de la base probatoria, las pruebas o los argumentos que faltan. Sin transparencia no hay rendición de cuentas.

5. De la necesidad, virtud: descentralizar instituciones es una buena idea

En el caso de la nueva ministra de Ciencia, como primera interlocutora directa entre Ximo Puig y Pedro Sánchez, no debería dejar escapar la llamada del Molt Honorable a la “descentralización real de las instituciones”, que manifestó en Barcelona en la XXXVI Reunión del Círculo de Economía. Haga suya la reflexión: “¿Todas las instituciones del Estado deben estar en Madrid? No hay ningún razonamiento que sostenga esta cuestión”. Haga de la necesidad virtud, y de la llegada de los fondos europeos para la recuperación una oportunidad para acabar con el sucursalismo científico.  

6. Aproveche la pandemia para atraer el interés público para la ciencia

La crisis covídica tiene un lado bueno, la transformación matizada en la mirada hacia la ciencia. Las expectativas políticas de ciencia no son estáticas, sino que se renegocian y reconstituyen constantemente mediante el cambio de las percepciones del papel de la investigación en la sociedad. Las encuestas de la población como las que elabora la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) ofrecen un termómetro único para conocer el interés social de la ciencia, unos datos sobre la demanda que deben contribuir a replantearse las características de la oferta, es decir, repensar las herramientas para atraer a la gente a la ciencia. Pero no se trata de sublimarla, hágalo fomentando el pensamiento crítico. Los científicos también tienen sus límites, y si no, pregunte a los encuestadores holandeses de la integridad de la ciencia.

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