el pasico del aparecido / OPINIÓN

La inanidad de la episcopal tarraconese

10/07/2021 - 

CARTAGENA. En respuesta a la Conferencia Episcopal Española, fundada en 1966 al calor del enfoque sinodal (caminar juntos) del Concilio Vaticano II (1962-65), los obispos catalanes, los bisbes, constituyeron la llamada Conferencia Episcopal Tarraconense en 1969. Presididos desde entonces por el arzobispo de Tarragona, y alineados mayoritariamente con el catalanismo, sus 18 miembros concedieron en 2006 libertad de voto a sus fieles en el caso del Estatuto de Autonomía inconstitucional del tripartito presidido por Maragall, pues, aunque consideraban, con razón, que no era muy católico el tratamiento que daba al aborto, la familia y la libertad de enseñanza, tampoco les apetecía oponerse del todo a un gobierno catalanista. 

Si al año siguiente, 2007, el cardenal Jubany fundó la Escola Cristiana de Cataluña para defender los ideales educativos católicos, varios bisbes declararon que convenía apoyar "el autogobierno, la lengua y la mejora de la financiación de Cataluña", y los más abiertamente separatistas, como el de Solsona, se dedicaron a promover las misas exclusivamente en catalán, dejando a la intemperie a muchos católicos que solo hablaban español, e incluso permitieron que las esteladas ondeasen en las torres de varias iglesias. 

Tal línea pastoral no ha logrado evitar que Cataluña sea la zona de España donde menos gente va a misa (está previsto cerrar 150 parroquias solo en la provincia de Barcelona) y menos personas ponen la X en la declaración de la renta (un 16,9% en Cataluña frente al 45,2 de Castilla la Mancha, el 44 de Extremadura o el 43,9 de Murcia). A más apoyo al separatismo, más desafección a la Iglesia, pero ellos persisten pues "deben estar con su pueblo", obviando que más de la mitad de su pueblo no es separatista, y que, muy probablemente, esa mitad de paisanos no separatistas es más católica que la mitad separatista.

"las diferencias religiosas, en creencias como la anglicana y la presbiteriana, contribuyen a reforzar el separatismo; la identidad religiosa común, el catolicismo en el caso español, a debilitarlo"

En efecto, una fatal contradicción minaba desde dentro el intento de los bisbes de defender a la vez el separatismo y el catolicismo: esa era también la religión de la mayoría de los creyentes del resto de España, lo que dificultaba extraordinariamente la escisión. Refiriéndose a los cristianos, un rabino ecuménico decía que "la fe de Cristo nos une, pero la fe en Cristo nos separa"; pues bien, queridos párrocos del lazo amarillo, puede que la fe en la lengua propia y en la nación propia os separe del resto de los españoles, pero la fe en Cristo y la sumisión al papa os une a ellos. Os guste o no, vuestra religión se ha mostrado, hasta ahora, como un pegamento más fuerte que el efecto disgregador de vuestra imposición lingüística y pulsión nacionalista. La identidad católica de Cataluña y del resto de España nos habla de una historia común, de una única nación y de un gran factor unificador, que frustra las aspiraciones de los bisbes separatistas.

Igual que fue imposible mantener juntos a los católicos, los ortodoxos y los musulmanes en la Yugoslavia postcomunista, si la mayoría de los creyentes catalanes fuesen, por ejemplo, musulmanes, la separación de Cataluña se habría materializado años atrás, pero la común fe católica lo obstaculiza. Para diluir la evidencia de que la ruptura yugoslava fue muy violenta, aducen los separatistas que en Escocia se realizó pacíficamente un referéndum de independencia (que ganaron los unionistas) y que ahora andan reclamando que se repita; omiten que Escocia era una nación independiente que se sumó al Reino Unido mediante un tratado voluntario, lo que no es el caso de Cataluña, y que, motivo de más para no hacer el primero de la serie,  el caso escocés nos muestra que el separatismo pedirá que se repita el referéndum de independencia tantas veces como sea necesario hasta ganarlo, a partir de lo cual no habrá más réplicas (en Nueva Caledonia ya van por el tercero para separarse de Francia). Más importante para los bisbes separatistas debería ser el dato de que la iglesia cristiana predominante en Escocia era la presbiteriana, diferente de la anglicana, predominante en Inglaterra. Lo dicho: las diferencias religiosas, aunque sea entre creencias tan próximas como la anglicana y la presbiteriana, contribuyen a reforzar el separatismo; la identidad religiosa común, el catolicismo en el caso español, a debilitarlo.

Como era de esperar, el apoyo al separatismo nunca fue una postura unánime entre los bisbes y, por ejemplo, el actual arzobispo de Sevilla, Saiz Meneses, que fue obispo auxiliar de Barcelona, nunca prestó los templos para actividades políticas. Más significativo todavía es que el arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, no comulga con el separatismo, y su opinión es muy tenida en cuenta en el Vaticano. Peor aún para los bisbes separatistas, Omella, que es "el hombre del papa Francisco en España" y preside ahora la Conferencia Episcopal Española, se opone a dotar de personalidad jurídica canónica a la Conferencia Episcopal Tarraconense, de la que paradójicamente es vicepresidente. Para no distanciarse de sus hermanos separatistas, acepta humildemente esta inversión de la jerarquía (el primero en España es el segundo en Cataluña), pero es consciente de la inanidad de la Tarraconense.

Si ya desde Pablo VI, pontífice en el momento de su fundación, los sucesivos papas han venido reteniendo sin aprobar los estatutos de la Tarraconense, no se espera que el papa Francisco, secundado por el cardenal Omella, cambie la postura de sus antecesores. El follón que se liaría si algún papa los aprobase formalmente sería inenarrable, pues de inmediato se plantearía qué tipo de relación deberían mantener los obispos catalanes con la Conferencia Episcopal Española. Tal es la triste situación de la Tarraconense, un grupo de bisbes que, sin financiación, sin personalidad jurídica, y cada vez con menos feligreses, se empeña en ignorar que ahora, como en los tiempos de Recaredo, el rey godo que abjuró del arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, la hegemonía del catolicismo sobre las demás religiones en España ayuda a mantenerla unida. Y del lio de los obispos con los indultos ya hablará el Aparecido en el siguiente pasico.

JR Medina Precioso

jrmedinaprecioso@gmail.com

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