EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV 

'Garth Marenghi's Darkplace', una serie de médicos-policía karatekas detectives de lo paranormal

Décadas antes de Stranger Things, Richard Ayoade, el mítico Maurice de The IT Crowd (Los informáticos) creo una de las mejores series de humor inglés de la historia. En ella pretendía burlarse y parodiar todos los clichés de la televisión de los años 70 y 80. Era una serie de hospitales, pero los médicos resolvían misterios paranormales como se liaban a tiros con recortadas o hacían artes marciales. Mientras, se abrían las puertas del infierno y ojos con patas querían sodomizar a los pacientes.  Y todo contado como telenovela melodramática

1/10/2022 - 

MURCIA.Cada comedia que llega de Reino Unido hay que guardarla como oro en paño. Nunca sabes cuántos años se pueden pasar en barbecho y, lo que está más claro, sus cosechas son lo mejor, sin discusión. No hay nadie ni nada que pueda igualar la comedia británica. Hablamos recientemente de Back o Flowers de clásicos inigualables como Peep Show o The IT CrowdTodas ellas comparten actores y guionistas, como no es infrecuente en este género en todas las épocas y en todos los países, lo que hay que reseñar es que, aun siendo la vanguardia y máxima calidad del humor, a veces sus series no han tenido una respuesta del público y han pasado a ser eso que se llama "de culto". Reivindicada por unos pocos, pero mucho.

Si hubiera que citar un ejemplo de este último caso sería Garth Marengui's Darkplace. Una serie de 2004 que parodiaba todas las de los 70 y 80. Me ha venido a la mente recientemente por la oleada de revivalismo que sufrimos, algo que no amaina. En España, tal vez porque la Generación X es el segmento de población más abundante. La población entre 40 y 50 es más del doble que la que tiene entre 10 y 24. Va a seguir siendo rentable, muchos años, vender ciertos códigos culturales.

La de Garth Marengui's Darkplace era un ejercicio, más que de nostalgia, de mofa. Una parodia de todos los clichés televisivos que cualquiera que en ese momento fuese mayor de edad tenía que haber chupado por un tubo a poco que hubiese sido teleadicto, que lo era la mayoría de la población, más cuanto más joven. Todos vimos series de médicos, series de misterios, series de policías e incluso series con fenómenos paranormales, por no mencionar las relacionadas con medios de locomoción. Por supuesto, también series con tiros y artes marciales. El propósito de esta creación de Richard Ayoade, el mítico Maurice de The IT Crowd, era aunarlo todo en un delirio que, para rematar, se presentaba como un documental sobre los rodajes.

Lo mejor, sin duda alguna, es la banda sonora. Cómo se acompasaban las escenas con la música y los topicazos era todo un arte. No por casualidad, su autor, Andrew Hewitt, se llevó un premio BAFTA. Un aviso antes de cada capítulo avisaba de que estaba basada en melodías "silbadas" por Garth Marenghi, el escritor de misterio al que estaba dedicada. Del guión poco se podía decir, tenía poco sentido, y ahí estaba la gracia, pero los detalles que llegan están más relacionados con las actuaciones deliberadamente penosas de los supuestos actores, los fallos de montaje y, por supuesto, la peluquería femenina, pelos fritos a tope. El humor, las bromas o los guiños era un bombardeo a múltiples niveles, no es que se pasara de la vergüenza ajena del chiste malo a la referencia curiosa, es que a veces aparecían simultáneamente. Garth Marengui, de hecho, lo explica así. Dice que la serie “pretende hacerte reír, llorar y cagar al mismo tiempo".

Los argumentos sí que no resultan estridentes. Son los mismos de las historias de misterio de consumo popular. En el primer capítulo, están obsesionados con que no se abran en el hospital las puertas del infierno. Un término que suena igual de automatizado que el poder del trueno en el contexto del heavy metal. En el segundo, la  mujer del pelo cardado del hospital actúa como la protagonista de la película Carrie, con telequinesis para vengar el bullying al que la someten los empleados del centro. A través de ella también llegan momentos muy logrados cuando de lo que se ríen es de la telenovela melodramática. Es más, en el último capítulo, hablan de una historia de amor en el contexto de una invasión alienígena.

A veces, la serie estaba parodiando productos que estaban por salir. Por ejemplo, este año se ha estrenado Spooked: Scotland, documentales de la investigadora de lo paranormal Gail Porter. En uno de los primeros episodios, van a una cárcel donde todavía quedan almas en pena en las celdas. Uno de los espíritus, a la hora de manifestarse, decide meterse por el culo del médium que llevan  a contactar con el más allá. Ver este tipo de documentales, si uno está en plena posesión de sus facultades mentales, solo puede hacerse por el humor involuntario. Con esta ocurrencia servidor casi se atraganta. Pues bien, en Garth Marengui's Darkplace ya lo vieron. Un ojo gigante con patas que se aparecía acababa haciendo lo mismo, violar analmente a un enfermo del hospital.

En la era post-Strager Things no sé cómo sonarán estos chistes. El impacto que tuvo para quien esto escribe en la primera década de este siglo fue inesperado. Pura frescura. Aun no se había explotado toda esta imaginería en todos los órdenes, de los video clips a las películas, pasando por las citadas series, ni siquiera estaba de moda esta estética a la hora de vestirse como lo está ahora. Fue el sincero homenaje de unos treintañeros a la televisión popular con la que habían crecido. Especialmente, la que llegaba de Estados Unidos. La que no ofrecía ni valores morales ni principios éticos, solo entretenimiento y escenas para fliparse. En eso residía todo, en que los chavales se flipasen. A la vista está que, hoy, esa generación sigue erre que erre con lo mismo. Así fue la huella. Desgraciadamente, una de las mayores inspiraciones de esta parodia, las series tipo Cuentos de la Cripta, no han tenido un regreso. Tan solo Twilight Zone, pero con un impacto menor que los referidos hypes. Tan solo Black Mirror podría incluirse en esa categoría y en el éxito total. Nos quedamos más con lo superficial.

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