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crítica de cine

'Cerrar los ojos', el reencuentro de Víctor Erice y Ana Torrent

Víctor Erice regresa al largometraje con Cerrar los ojos, un homenaje a un mundo y a un cine que está desapareciendo

29/09/2023 - 

MURCIA. Un célebre actor español llamado Julio Arenas desaparece durante el rodaje de una película. Aunque nunca se llega a encontrar su cadáver, la policía concluye que ha sufrido un accidente al borde del mar. Muchos años después, a raíz de un programa de televisión de casos sin resolver, Miguel Garay, el que fue su amigo íntimo y el director de la película que quedó inacaba, decide volver a ese misterio y emprender la búsqueda de su amigo. Esta es la historia que cuenta Cerrar los ojos, la cuarta película de Víctor Erice, presentada en el Festival de Cannes y que este viernes 29 de septiembre llega a las salas españolas y al Festival de San Sebastián, donde esta noche se entregará al director uno de los Premio Donostia de este año. 

Como decía la crítica de cine Elsa Fernández-Santos, “Cerrar los ojos es la historia de un reencuentro, el de dos amigos que se perdieron la pista cuando uno de ellos desapareció, y de la fe perdida en el cine como identidad y memoria”. A partir de esa historia, la película habla del paso del tiempo, de las heridas que este deja, de envejecer, de la sensación de estar fuera de juego, de vuelta de todo, del deseo de desaparecer, de ser otro, de la pérdida, del olvido, del significado de la identidad, de la presencia de la muerte en la vida, del cine como conexión entre ambos mundos, del cine como espejo y memoria, como forma de retener las voces y las imágenes que borra el tiempo para poder regresar a ellas. Con ello, es también una suerte de homenaje a un mundo que está desapareciendo, a una generación y a unos referentes, a una manera de entender el cine y la vida (de ahí el paralelismo entre el actor que desaparece y esa generación que se está yendo). El filme tiene así un punto de desesperanza y desencanto por la vida y el futuro del cine, cierto espíritu de derrota, que es triste y al mismo tiempo bello. 

En su estilo, Cerrar los ojos es sobria, de ritmo pausado, de cierta profundidad y simbolismo, con largos diálogos y fundidos a negro que permiten otorgar a las imágenes su valor, que dan espacio al espectador para verlas y pensarlas. Una de las mejores cosas de la película está en esas sosegadas conversaciones entre los personajes que por momentos logran ser emotivas, especialmente, las protagonizadas por Solo y Ana Torrent (que interpreta a la hija del director de cine), cuando, con esa voz y esa mirada que evoca a la niña de El espíritu de la colmena, el personaje de ella recuerda al padre desaparecido. 

A pesar de sus fortalezas, el gran problema de la película es que se pierde en su melancolía y en su afán de pretenciosidad, en un discurso viejo y reaccionario y en su espíritu de desencanto. Si bien algunos diálogos son interesantes y la magia de Torrent logra salvar parte del filme, muchas de sus secuencias resultan demasiado acartonadas, impostadas y por momentos ridículas, sobre todo, las dedicadas a añorar el cine de otra época (como cuando se lamentan de la desaparición de las películas en celuloide o el personaje de Mario Pardo dice “los milagros verdaderos ya no existen en el cine desde que Dreyer murió”). Las tres horas de metraje tampoco ayudan a aligerar esa pesadez de la película (con frases y diálogos que también acaban resultando demasiado repetitivos) y su pretendida profundidad. Con todo, la película acaba perdiendo la fuerza que podría tener. 

Cerrar los ojos es una película irregular, con personalidad y alma, algo a contracorriente, con momentos emocionantes, pero que acaba resultando demasiado calculada y pesada. Lo mejor termina siendo ese poder, esa capacidad de fascinar y enamorar del cine, que a veces logra transmitir. 

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