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Burdeos, la Francia más british

Su 'savoir vivre', su gastronomía, sus vinos y ese aire un tanto 'british' hacen de Burdeos una escapada perfecta para embriagarte con sus encantos. Aquí te cuento que ver en un fin de semana.

14/08/2022 - 

MURCIA. Me voy a Burdeos de fin de semana. Suena un tanto esnob pero lo cierto es que la conexión directa de Ryanair desde València permite hacer una escapada exprés para conocer la capital de la región de Nueva Aquitania. Tres días que empiezan a contar desde ya mismo, cuando pongo un pie en la pista de aterrizaje y me enfilo hacia ese faro que llaman La Cité du Vin. Mis expectativas son altas —dicen que es uno de los mejores museos del mundo— y tengo la intuición de que van a ser más que satisfechas. Tiempo al tiempo, que aún me quedan unos metros para llegar a ese edificio extraño que se erige entre la tierra y el río. Me parece una especie de decantador pero, por lo que leo, sus arquitectos Anouk Legendre y Nicolas Desmazières, con su diseño, recrean el alma del vino: compleja, cambiante y atemporal.

Accedo cargada con mi maleta —menos mal que las taquillas son grandes— y, ya solo con mi cámara, empiezo la visita. Lo hago en la sala de exposiciones permanente, donde me dan una audioguía que me permite ir a mi ritmo, ya que se va activando al acercarla a los puntos rojos que hay en las salas. Una manera con la que aprendo más sobre todas las facetas del mundo del vino y de la forma que más me gusta: tocando, oliendo, escuchando y… ¡en castellano! Las horas pasan rápido, tanto que he de acelerar el paso para ir a mi siguiente cita. Eso sí, antes disfruto de la exposición de Picasso y subo hasta la octava planta para, a más de treinta y cinco metros de altura, degustar una copa de vino. Opto por uno local, que para eso estoy en Burdeos, y lo degusto disfrutando de las vistas a la ciudad, que áun se muestra misteriosa. 

Lo lógico sería ir al hotel pero decido ir a Les Bassins des Lumières, un centro de arte digital ubicado en el barrio Bassins à Flots. Abro la puerta pensando que voy a acceder a una sala de un museo, luminosa y amplia, pero en su lugar me encuentro que estoy en un gran espacio de hormigón y acero dividido en distintas cavidades y conectadas entre sí por una especie de pasillo. Hay mucha humedad y está oscuro, pero avanzo un poco más hasta que comienza a sonar una música y toda la sala queda iluminada con la luz de Sorolla. Me quedo allí mismo, inmersa en esa atmósfera mágica que crean las proyecciones replicándose en las paredes y reflejándose en el agua. Al terminar, todo vuelve a la oscuridad, a ese antiguo búnker construido por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y que servía de resguardo y mantenimiento de submarinos. Al poco vuelve la magia, esta vez con una exhibición de Venecia y cuadros de Tintoretto, Bellini y Canaletto. Una hora disfrutando del arte como jamás podría haberme imaginado. 

El savoir vivre de la ciudad

Ahora sí, toca dejar la maleta en el Hotel de Tourny y hacer, como suelo decir, una ronda de reconocimiento. Además, mi alojamiento está muy céntrico, lo que me permite moverme sin problemas. Lo primero que me llama la atención es la vida que tiene Burdeos y la luz que irradia, quizá por ese —mal— apodo de Bella Durmiente que tuvo en los ochenta. Un pasado que todavía arrastra injustamente porque la ciudad tiene una armonía inusual, con ese entramado de calles con impolutas casas, plazas con terrazas que rebosan vida, grandes avenidas y el río Garona marcando la personalidad de la urbe. Un rejuvenecimiento que fue impulsado por Alain Juppé, que en 1995 inició una transformación que ha hecho que su conjunto urbano sea Patrimonio de la Unesco (2007). Y lo logró quitando el gris que ensuciaba los edificios neoclásicos para devolverles su color blanco y diseñando una ciudad peatonal de grandes avenidas. 

Hago tiempo hasta la hora de cenar —¡a las 20:30 horas!—. Lo hago sin prisa, observando a todas esas personas que disfrutan de una copa de vino o ya están cenando. Un paseo que termino en el restaurante Echo para deleitarme con una cena conmigo misma y un vino tinto de Burdeos. Momentos así no tienen precio. 

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