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entrevista a david hernández zapata

"El éxito esconde lo que el fracaso enseña"

16/02/2020 - 

MURCIA. Hacerse rico de la noche a la mañana es algo con lo que muchos sueñan. David Hernández Zapata, más conocido como 'David Wine', tuvo la experiencia contraria. "Me acosté siendo rico y a la mañana siguiente me levanté siendo pobre", cuenta en su libro, ‘El murciano que desafió al Dragón Chino’, en el que relata su experiencia y las valiosas lecciones que aprendió de ella. "Cuando has pasado por algo así ves las cosas de una forma diferente y tienes una amplitud de miras y de conciencia mayor".

Su particular epopeya comenzó en 2008, cuando perdió su floreciente negocio con la crisis. Comenzar de cero no le resultó fácil pero el esfuerzo ha sido fructífero. Su nuevo negocio ha crecido por encima de sus propias expectativas y hoy exporta vino de Jumilla a China a espuertas: 300.00 botellas, 1.300 distribuidores y  8 millones de euros de facturación el último año. 

Asegura, no obstante, que es un hombre de gustos modestos y que es importante "ser generoso con las emociones que uno ha sentido al pasar por un proceso así. Creo que compartirlo puede ayudar a otras personas". Será el protagonista, el miércoles 19, de una charla del Foro Ilusionando en el centro de negocios Marla Center. 

-Cuenta en su libro que se acostó un día rico y al día siguiente se levantó siendo pobre. 

-Me arruiné con la crisis inmobiliaria de 2008. Cuando la ola llegó, yo estaba en mitad del agua. Es un proceso que no se digiere fácilmente. Cuando llevas un tiempo trabajando de una manera próspera, y ves que tu negocio crece todos los años y puedes abordar inversiones mayores, y de repente se pierde todo, lógicamente te sientes así, que un día lo tenías todo y al día siguiente nada.

-Debe ser difícil acostumbrarse a un cambio tan drástico.

-Uno no se acostumbra a eso pero lo vas aceptando poco a poco. A mí me costó cinco años. Tú no echas de menos lo que no conoces, pero sí lo que has tenido. Ese es el problema. Te tienes que acostumbrar a un cambio de vida muy fuerte. Aceptas primero y después te adecuas a tu nuevo estatus.

-¿Qué fue lo más difícil?

-Gestionar eso emocionalmente es muy complicado. Requiere tiempo, paciencia y pensar a medio y largo plazo, porque a si piensas a corto plazo te vuelves loco. Necesitas un periodo de aprendizaje, de entender que tu vida es distinta y es lo que te toca.

-¿Necesitó terapia en ese proceso?

-Pues la verdad es que tampoco tenía dinero para terapia en ese momento. Cuando te arruinas es lo que pasa, ya no te queda dinero ni para un psicólogo. La terapia te la tienes que hacer tú.

-¿Cómo le dio la vuelta de nuevo a la situación?

-Igual que te arruinas poco a poco, te recuperas igual.  Conforme vas aceptando, vas cobrando confianza y también más esperanza. Ese proceso te lleva a volver a trabajar y a emprender otros proyectos. Lo que nunca pensé es que yo llegaría a tener una empresa como la que tengo hoy. Pensaba más en sobrevivir. Cuando te arruinas, tus ilusiones son pequeñas. Me tiré un año pensando qué iba a hacer hasta que cogí las maletas y me fui. Esa decisión sí es difícil.

-Y decidió empezar de cero, en China. Otro cambio drástico.

-España tampoco ofrecía nada. Se preveía que la crisis iba a ser larga, de hecho han pasado 12 años y en muchos aspectos aún no se ha salido de ella. Había dos cosas que me inquietaban: el entorno era muy deprimido, como si fuéramos zombis, y que yo siempre he querido ser el protagonista de mi vida. Como dicen los chinos, "la vida es muy corta y la muerte es muy larga". Por eso, en el poco tiempo que tenemos, conviene en la medida de lo posible cobrar el control de tu vida.

- ¿Y cómo fue su vida en China?

-Me fui con muy pocos recursos, lo que me llevó a dormir en el suelo en la universidad y que cada día tuviera que enfrentarme a mis miedos. China ofrecía seguridad y los gastos eran asumibles. Y además tenía un valor añadido, que siendo extranjero podías aportar algo. Yo pensaba que podría emprender de nuevo, pero la verdad es que monté un negocio de vino y no tenía ni vino.

-Eso sí que es complicado.

-Tenía una página web y las etiquetas del vino. Nada más. Tuve que elegir si gastarme el poco dinero que tenía en producto o en marketing, y aposté por el marketing. Hay mucha gente que no piensa así pero yo no sabía ni lo que les gustaba y tenía claro que tenía que ir a las emociones.

-¿Cómo consiguió conectar con esas emociones en una cultura tan diferente?

-Siempre digo que si no me hubiera arruinado, no hubiera podido hacer nada porque no hubiera aguantado una situación tan dura. Pero cuando pasas por una situación complicada y te acostumbras a algo extremo, adquieres una mayor resistencia que te lleva a normalizar cosas que no son normales. Como mis recursos eran pequeños, tuve que vivir como uno más de allí. Los tres primeros años, ni siquiera vine. Y en China, si no vives como un chino, nunca los vas a entender. Así es como comprendí sus códigos. Es muy importante eliminar todos los prejuicios. Nuestra manera occidental de pensar no vale allí. De hecho, sólo un 5% de empresas de las que van consiguen crecer y tener éxito.

-¿Le aportó más de lo que pensaba?

-Los chinos en el comercio son los número uno del mundo. Si eres capaz de vender en China, en el resto del mundo te va a resultar más sencillo. Sus códigos son distintos y tienes que manejar la incertidumbre, y la agilidad con la que ellos se mueven y toman decisiones, nosotros no la tenemos. Ellos tampoco ven tener que cerrar un negocio como un problema. Lo que para nosotros tienen unas connotaciones peyorativas enormes, allí no. Allí se cierran negocios como aquí tomamos café. Y vuelven a empezar.

-¿Cuál es el mayor aprendizaje de esa experiencia?

-Pues uno de los mayores aprendizajes es la gratitud. Si eres capaz de salir sin quedarte en la frustración o la rabia, la gratitud se convierte en un sentimiento muy poderoso. Yo digo que estoy en deuda con la vida porque me ha dado una oportunidad, la capacidad, la resistencia, la fortaleza y la suerte de poder vivir esta experiencia y que fuera en positivo. Cosas que antes pasaban desapercibidas en mi vida, ahora cobran importancia. Eso te hace poder estar más satisfecho con todo, con la vida y contigo mismo.

-Entonces, arruinarse fue algo positivo.

-Ahora no tendría miedo a arruinarme y eso es una ventaja competitiva. En China dicen que el éxito esconde lo que el fracaso enseña y es cierto. Por eso allí no se ve tener experiencias fallidas como un fracaso sino como una riqueza. Esa forma de pensar hace que nos lleven mucha ventaja. Cuando tú eliminas esos prejuicios, también sufres menos. Yo cuando me arruiné sentí primero vergüenza, rabia y después miedo. Eso allí no pasa. Si te arruinas, te pones a trabajar en otra cosa y ya está.

-¿Son más felices los chinos que los españoles?

-Sin ninguna duda. No sé si feliz es la palabra pero sí los veo más satisfechos. Aquí esta crisis derrotó a todo el mundo. No había ni ilusión ni esperanza y ellos no la pierden. Por ejemplo, aceptan la pérdida mucho mejor y los duelos son más rápidos. Una de las cosas que más me han maravillado de los chinos es como se recuperan de las dificultades. Es increíble. Tienen mucha capacidad para sobreponerse. Podemos aprender mucho de ellos. A mí me han enseñado mucho.

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