MURCIA. Vivir en el centro de Murcia o en sus barrios más emblemáticos se ha convertido en un rompecabezas demográfico. Mientras ciudades como Valencia o Sevilla ven cómo sus centros históricos se saturan de forma uniforme, en Murcia la gentrificación ha optado por un modelo distinto: es fragmentada, dispersa y, a menudo, invisible para el ojo inexperto. No es una ola que arrasa con todo el casco antiguo, sino un proceso de "baja intensidad" que va sustituyendo a los vecinos de toda la vida por nuevos perfiles de mayor renta, desplazando el pulso cotidiano hacia la periferia y las pedanías.
Lo que muchos murcianos notan al pasear por su barrio —esa sensación de que las caras están cambiando y de que los precios ya no son los de antes— no es una simple impresión. Detrás de ese sentimiento hay datos que lo confirman: una reciente investigación titulada "La expansión de la gentrificación en España: análisis comparativo en diez ciudades a través de un índice multidimensional" pone cifras a esta realidad. El trabajo, firmado por los investigadores Carlos Sanz-Pérez, Antonio López-Gay y Riccardo Valente, del Centre d'Estudis Demogràfics (CED), sitúa a Murcia como la séptima capital más afectada de todo el país.
El Carmen y San Antolín
Los datos revelan que el "corazón" de este cambio se localiza en San Antolín y San Andrés, que lideran el índice de gentrificación con un 0,64, seguidos muy de cerca por la zona central de El Carmen y Espinardo. Sin embargo, es en el análisis de precios donde la teoría se convierte en una realidad asfixiante para el vecino.
El caso de El Carmen es especialmente sintomático: históricamente ligado a la clase obrera y al sur de la ciudad, el precio de la vivienda ha escalado hasta los 1.905 euros por metro cuadrado, registrando un crecimiento vertiginoso del 23,1% respecto al año anterior. Por su parte, en San Antolín, el coste se sitúa ya en los 1.636 euros el metro cuadrado, lo que supone un aumento del 20% en apenas doce meses. Estas cifras confirman que la presión residencial está saltando las fronteras del centro histórico para instalarse en barrios con una identidad vecinal muy arraigada, alterando su perfil social de forma irreversible.
A diferencia de lo que ocurre en Málaga o Zaragoza, donde los centros son focos incandescentes de gentrificación, en Murcia el valor máximo es más moderado. Esta "moderación" es precisamente lo que dificulta establecer patrones claros de expansión: la gentrificación en Murcia no sigue una línea recta, sino que salta de un punto a otro del mapa, creando islas de exclusividad que complican el acceso a la vivienda de forma "quirúrgica".
Esta dinámica fragmentada explica por qué el desplazamiento hacia las pedanías tiene un carácter tan particular. Al no existir una presión asfixiante en todo el centro de forma simultánea, la población se redistribuye de forma desigual, buscando refugio en la periferia antes incluso de que el mercado los expulse definitivamente.