Opinión

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BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO

Las posibilidades económicas de nuestros nietos

Publicado: 27/02/2026 ·06:00
Actualizado: 27/02/2026 · 06:00
  • Imagen de archivo.
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Camino arrastrando los pies por el aeropuerto. Las líneas de los halógenos en la sala de embarque se reflejan en el suelo impoluto como calles de una piscina olímpica. Juego a no perder mi línea entre ellos. Delante de mí, una señora empuja una maleta en cada mano mientras sostiene el móvil entre el hombro y el mentón. Ha cruzado ya tres calles olímpicas con su marcha ligera, las piernas parecen deslizarse también sobre ruedas.

En la época de mis padres, las acciones no se solapaban de una manera tan siniestra, a las maletas no les había salido la urgencia. Los teléfonos no se habían destetado aún de una base rotunda con dial de esfera que sonaba como una carraca (eran cacharros que pesaban más que dos maletas juntas de esta señora). La observo avanzar silenciosa en la hipereficiencia de nuestros días y me pregunto ¿somos más eficientes en este siglo?, ¿qué es eficiencia?, ¿saber trabajar o saber vivir? La tecnología nos invita a la multitarea, la escisión y el zapping cerebral. El trabajo es un altar sagrado. Sé que, cuando muera, habré acumulado treinta veces más llamadas telefónicas y aeropuertos que mi abuela o mi padre ¿habré tenido una existencia más intensa? ¿Más rica? ¿Más eficaz?

Nadie es tan atrevido para contestar todavía estas preguntas, pero lo cierto es que moriremos con cierta ilusión de superioridad sobre nuestros antepasados, como si nuestras vidas cundieran “tres por uno”, “más por menos”, “99,9% extra de contenido”. He comprado la ilusión de que mis horas cunden más que las de mi abuela, pero tienen sesenta minutos igualmente. ¿Cuál es la siguiente ilusión?, ¿qué vamos a morir más cerca de la inmortalidad?

Algunos expertos en longevidad son muy optimistas. No tienen evidencia, pero ya especulan que los avances en biotecnología e IA permitirán reparar los tejidos indefinidamente. Sueltan un titular que se hace rápidamente viral: ¡la primera persona que vivirá mil años ya ha nacido! Pero, ¿a alguien le apetece vivir mil años?

A mí no, desde luego. No me seduce quedarme para siempre en este mundo de IA y robots donde la locura sigue imponiéndose para hacernos más dóciles. Pero no me apetece sumarme tampoco al tecnopesimismo, ¿cómo salir del cepo? Se lo pregunto a mi aplicación de IA y dice que ser “optimista” implica verla como una herramienta y no como un sustituto automático de las personas, ¿podemos creerlo?

Noah Juval Harari lleva años animando el debate ético y advirtiendo que no es una simple herramienta, como podría ser un cuchillo, sino una herramienta que piensa y decide (un cuchillo que puede optar por servir para cortar el pan o para cometer un crimen). También nos recuerda la capacidad de la IA para mentir y manipular, dado que domina el lenguaje pero no siente emociones. En estos momentos en que los humanos estamos perdiendo el lenguaje (mis pacientes más jóvenes ya ni tienen palabras para expresar lo que sienten), viene una tecnología autista a hablar por nosotros. Y nos hace la pelota.

He visto a menudo cómo la IA puede ser complaciente hasta el extremo y crear adicción en sus usuarios. Ya no es ninguna sorpresa que los chavales con malestar emocional, y sin recursos para tratarse con un psicólogo, la usen como un falso terapeuta. Provoca un alivio efímero, como el trankimazín, pero no les ayuda a madurar. Esto es así porque el trabajo en terapia no es regalar la oreja, sino confrontar e incomodar, guiar en el viaje hacia lo profundo de uno, entender lo que no nos gusta de nosotros para tenerlo siempre vigilado de cerca. Debemos educar bien en este punto. En Nexus, su ensayo sobre la evolución de la IA, Harari llama a la acción para que los humanos reaccionemos antes de sucumbir a los autoritarismos que nos acechan.

La IA no me ilusiona y vivir mil años tampoco. Pero debo de ser muy ceniza, porque las encuestas globales muestran que el entusiasmo supera la preocupación (57% en la encuesta Ipsos y Google). El sentimiento trágico de los españoles, algo tan nuestro, hace que el optimismo patrio se sitúe en el 50 %, ¿acaso somos más cautos? Yo misma la estoy usando para escribir este artículo y debería aplaudirla porque me interesan los avances que traerán en ciencia y atención sanitaria, así como el mundo de las artes, la salud mental y los proyectos sociales (en este punto la IA me ha cabreado, porque veo que me tutea y sabe mi “perfil de intereses…”). Nos ahorrará las tareas más mecánicas y liberará tiempo para las creativas pero, ¿quién conservará para entonces un cerebro creativo? La creación de cualquier artefacto humano, sea artístico o meramente una receta para la ensalada, supone la asunción de un tiempo vacío, sin ruido, un contemplar sin hacer. Nadie nos ha enseñado tal cosa o, en cualquier caso, está muy amenazada.

Como los argumentos que me está ofreciendo mi IA no me convencen (siempre siento que me hace la rosca), cruzo en mi búsqueda Ingreso Mínimo Vital, IA y el sueño de Keynes. Este economista británico acuñó ya en los años 30 el término de “desempleo tecnológico” y describió un hipotético 2030 en el que las máquinas sustituirían el trabajo humano y multiplicarían la productividad liberándonos a todos. No tuvo en cuenta que, sin cambios institucionales, este escenario estaría lejos de la arcadia feliz. Ni pudo adivinar que, con la irrupción de las pantallas, nuestros cerebros estarían incapacitados para la calma porque ansían más y más ruido. Que la codicia y el reparto desigual de la riqueza imperarían. Que el consumismo entraría en nuestro ADN hasta convertirnos a nosotros mismos en mercancía. Y que también nuestro ocio se iba a imponer como una actividad productiva y debía exhibirse.

Lo que sí intuyó fue que nuestras identidades, lejos de lo laboral, deberían reinventarse para no caer en el vacío pero, ¿podemos reinventarnos? El británico tituló su ensayo “Las posibilidades económicas de nuestros nietos” y dibujó un mundo en el que nadie trabajaría más de 15 horas semanales. No estuvo errado cuando pensó que el verdadero desafío sería qué hacer con el tiempo libre. Cómo encontrar sentido a la vida. Propósito. Retos más allá de la adicción al trabajo y la ostentación del éxito.

Hoy resuena de nuevo este debate hasta en el Banco Mundial. Se vuelve a pensar en un escenario en el que los robots y la IA sustituirán empleos de forma masiva y tendrá que imponerse una renta básica: no para que nos liberemos, sino para que sigamos siendo consumidores. Esto es lo que defienden muchos economistas poco sospechosos de ser utópicos, pero no es lo que estamos preparados para asumir. En la opinión pública no está, pero en los foros del dinero sí. Hace años que la gente de la economía está dándole una pensada rigurosa a los marcos legales y éticos que podrían acercarnos a esa abundancia compartida, ¿acabaríamos así con el amor al dinero? El FMI ya tiene un catálogo de medidas y varios países como Dinamarca, Singapur o Países Bajos avanzan ya en áreas clave como protección social, formación y regulación. Y tú, ¿qué harías con tu tiempo si el trabajo ocupara sólo 15 horas a la semana?, ¿a qué cosas estarías dispuesto a renunciar?, ¿querrías entonces vivir mil años?

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