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Tribuna política

Unidad sin exclusiones

"La izquierda y el feminismo necesitan alianzas amplias para enfrentar al patriarcado y al capitalismo, pero esa unidad no puede construirse negando a quienes ya viven en los márgenes"

Publicado: 06/03/2026 ·06:00
Actualizado: 06/03/2026 · 08:53
  • Manifestación del 8 de marzo en Murcia, en 2023.
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Hay una idea que se repite: la izquierda está dividida. Cambiemos “la izquierda” por “el feminismo”, también sirve. El diagnóstico suele presentarse como un problema central y urgente: hay demasiadas diferencias internas y, mientras tanto, el fascismo avanza. De ahí surge un llamamiento recurrente a la unidad. Y yo ahí estoy la primera siempre reivindicándolo. Sin embargo, no puede ser una consigna vacía. Ni puede construirse a cualquier precio.

Las luchas feministas y de izquierdas siempre han sido diversas, porque diversas son también las opresiones que pretenden combatir. Fascismo, patriarcado, capitalismo, racismo, colonialismo, cisheteronorma o capacitismo no actúan por separado; se entrelazan y atraviesan de manera diferente la vida de las personas. Tampoco pueden separarse de la crisis ecológica que atraviesa nuestro tiempo y de los límites materiales del planeta que el propio modelo económico se empeña en ignorar.

Desde el ecofeminismo sabemos que las mismas lógicas de dominación que explotan los cuerpos de las mujeres y de los pueblos también explotan la tierra. Por eso cualquier proyecto emancipador que aspire a ser real tendrá que enfrentar al mismo tiempo el fascismo, el patriarcado, el capitalismo y la crisis ecológica.

 

La unidad feminista no puede construirse a costa de que algunas mujeres tengan que acudir a las movilizaciones con miedo o con la sensación de que su presencia está permanentemente en cuestión o directamente decidan no ir"

 

Pretender una unidad basada en silenciar esas diferencias no solo es injusto, sino que termina debilitando las luchas colectivas. Por eso la unidad no puede construirse negando a quienes quedan en los márgenes incluso dentro de los propios movimientos. No puede construirse cuestionando la identidad de las mujeres trans o de las personas queer. Tampoco deslegitimando a las mujeres que deciden llevar hiyab o niqab, ni estigmatizando a quienes ejercen el trabajo sexual. Y mucho menos ignorando el racismo estructural que atraviesa nuestras sociedades y también nuestros feminismos.

Si la unidad implica que algunas mujeres tengan que aceptar ser objeto de sospecha permanente, de paternalismo o de exclusión, entonces no estamos hablando de unidad sino de jerarquía.

Este debate no es abstracto. Tiene consecuencias muy concretas. Este 8 de marzo acudiré a la manifestación de la tarde junto a trabajadoras sexuales. Y no puedo evitar preguntarme cuántas de ellas se sentirían seguras y bienvenidas en otros espacios del propio movimiento feminista. ¿Cómo acudir a una manifestación con miedo a escuchar consignas que te niegan como sujeto político o que te nombran únicamente como “mujer prostituida”? ¿Cómo participar en un espacio que debería ser de lucha compartida si sabes que, en cualquier momento, puedes convertirte en el objeto del debate o del desprecio? La unidad feminista no puede construirse a costa de que algunas mujeres tengan que acudir a las movilizaciones con miedo o con la sensación de que su presencia está permanentemente en cuestión o directamente decidan no ir.

El feminismo blanco, en particular, tiene todavía pendiente un ejercicio profundo de autocrítica. Durante décadas, muchas voces feministas han hablado en nombre de “las mujeres” como si se tratara de un sujeto homogéneo, universal, sin reconocer que la experiencia de género está atravesada por la raza, la clase social, la situación administrativa, la religión o la identidad de género. Escuchar a quienes han sido históricamente silenciadas no es una concesión: es una condición imprescindible para construir un feminismo realmente emancipador.

Al mismo tiempo, la izquierda debe ser consciente de un peligro creciente: la adopción de los marcos discursivos de la derecha. Cuando el feminismo se utiliza para justificar políticas racistas o islamófobas, cuando la migración se presenta como amenaza cultural o de seguridad, o cuando se cuestiona la legitimidad de ciertas identidades desde argumentos que reproducen el lenguaje reaccionario, no solo se traicionan principios básicos de igualdad. También se fortalece el terreno político de quienes quieren desmantelar los derechos conquistados.

No se puede combatir a la derecha hablando su mismo idioma.

 

La unidad que necesitamos no es una unidad que nos haga homogéneas"

 

En este contexto han surgido también llamamientos a la unidad desde distintos espacios de la izquierda institucional. Las apelaciones de figuras como Gabriel Rufián o Emilio Delgado reflejan una preocupación real: la fragmentación debilita a quienes quieren transformar la sociedad. Un aspecto de su propuesta que comparto desde hace tiempo es la reflexión sobre la necesidad de interpelar a los hombres jóvenes que se sienten atraídos por la ultraderecha, una asignatura pendiente de la izquierda y del feminismo (aunque nos duela reconocerlo, como dice Pamela Palenciano) que suele ignorarse. Pero esa unidad, para ser efectiva, necesita algo más que sumar siglas. Necesita transversalidad social, capacidad de construir mayorías amplias y de dialogar con sectores diversos. Y la transversalidad no es lo mismo que escorarse hacia la derecha ni asumir sus marcos discursivos.

La unidad que necesitamos no es una unidad que nos haga homogéneas. Es una unidad basada en un contrato de mínimos éticos y políticos: el reconocimiento de la dignidad y la autonomía de todas las personas, el compromiso con la lucha contra el patriarcado, el capitalismo y el racismo, y el respeto hacia las múltiples formas de (sobre)vivir y resistir.

Sin ese suelo común, la unidad se convierte en una palabra vacía. Con él, en cambio, puede convertirse en una herramienta poderosa para construir alianzas amplias que nos haga no solo combatir el monstruo ultra que se nos viene encima, sino además crear algo que realmente genere ilusión, esperanza y alegría. Vidas dignas de ser vividas.

El 8 de marzo, cuando miles de mujeres vuelvan a llenar las calles, esa pregunta volverá a estar presente: ¿qué feminismo queremos construir y a quién deja fuera? Si el feminismo aspira a ser una fuerza transformadora, tendrá que ser un espacio donde nadie tenga que esconderse para poder participar. Y si la izquierda quiere volver a ser una herramienta de cambio real, tendrá que entender que la unidad no se construye sacrificando a quienes ya viven en los márgenes, sino ampliando el “nosotras” hasta que de verdad quepamos todas.

 

Helena Vidal Brazales

Exdiputada de Verdes Equo en la Asamblea Regional

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