El pasado sábado volvimos a cruzar la desdibujada frontera que separa en Murcia la Semana Santa de las Fiestas de Primavera. Pocos minutos después de que tras el último nazareno blanco de la Cofradía del Cristo Yacente se cerraran las puertas de San Juan de Dios y de la Pasión, se alzaba el telón del Romea y de la celebración primaveral.
Y no una celebración cualquiera, porque se ha anunciado como el 175 aniversario de las Fiestas de Primavera, al hilo de la conmemoración de dicha efemérides por parte del Bando de la Huerta y el Entierro de la Sardina. Pero no es así, ya que, como se ha relatado en estos ayeres más de una vez, nuestras grades cabalgatas primaverales, que son el armazón de las fiestas de la semana pascual, nacieron en el ámbito del carnaval y no pasaron a ocupar los días siguientes a la Semana Santa hasta el año 1899.
Por tanto, si la cuenta no falla, este año hace 128 de la celebración de las primeras Fiestas de Primavera. Que es una cifra respetable, pero no redonda, y queda lejos de los 175 aireados erróneamente.
Sí resulta recordable, por el contrario, la resucitación del Bando y el Entierro, aún carnavalesca, de 1876, hace 150 años. Y a lo grande.
En 1875, recién llegada la Restauración, se inició en Murcia un movimiento favorable al regreso de las populares y famosas cabalgatas, que fue tomando forma hasta desembocar en las fiestas de 1876"
Llevaban sin salir desde el año 1865. Y la verdad es que los acontecimientos políticos y sociales que se produjeron a lo largo de aquella década no propiciaron una reaparición de los grandes festejos de las carnestolendas murcianas: la llamada Revolución Gloriosa y destronamiento de Isabel II en 1868; ocupación de la ciudad por las partidas de Antonete Gálvez en 1872; proclamación de la efímera I República en 1873; insurrección cantonal el mismo año; amenaza carlista en 1874…
Pero en 1875, recién llegada la Restauración borbónica en la persona de Alfonso XII, y la normalización de la agitada situación política, se inició en Murcia un movimiento favorable al regreso de las populares y en su día famosas cabalgatas, que fue tomando forma hasta desembocar en las esplendorosas fiestas de 1876.
El abanderado de esta gran hazaña fue en esta ocasión Adolfo Ayuso, y el mérito fue aún mayor cuando se comprobó que todos los enseres de las últimas ediciones celebradas, dos lustros atrás, habían desaparecido, por lo que la reconstrucción de las carnavaladas partía de cero. Pero eso no fue un obstáculo para que gentes de los más diversos ámbitos unieran sus fuerzas para triunfar en su intento de devolverle a Murcia lo que era el glorioso recuerdo de carnavales pasados y, desde luego, del impacto que produjo la doble salida del Entierro de la Sardina en 1862, con motivo de la visita en el mes de octubre de la reina Isabel II y los infantes.
Aquel resurgir fue precedido por la cabalgata del día de la Candelaria, que se mantuvo en el calendario, con apariciones y desapariciones, durante décadas, incluso cuando el Bando y el Entierro pasaron a la primavera murciana. La convocatoria a todos los murcianos para que acudiesen con disfraces el día 2 de febrero, a mediodía, a la plaza de Santo Domingo, se justificaba como el gran recibimiento que debía tributarse a la Sardina, que llegaría en ferrocarril abandonando “las saladas ondas del Mediterráneo”.

- Huertanos en Primavera -
- GALERÍA TEMÁTICA DEL AGRM
A tal fin, se trazó un largo itinerario que llegaría hasta la estación pasando por la plaza de Romea, Santa Teresa, San Nicolás, San Pedro, el Puente Viejo (y único aún), y por la calle de Floridablanca a las dependencias del ferrocarril, y luego, recogida la inspiradora del festejo principal, por el paseo de Corvera otra vez al Puente, Arenal, plaza de Palacio (Belluga), Trapería, Platería, Santa Catalina, Lencería, calles del Pilar y Sagasta, vuelta por San Nicolás a San Pedro y por Frenería a la Catedral, para tomar por Apóstoles y Simón García hasta Santa Eulalia y por Victorio y la Merced a Santo Domingo. En suma, toda la Murcia de entonces.
Sobre el concurso de gentes de Murcia vistiendo lujosos disfraces, basta decir que cuando la cabeza, con el marqués de Beniel, llegaba a la estación, aún se ponían en marcha los últimos desde Santo Domingo. Y al final del trayecto, la sardina fue mostrada al público y los sardineros comieron en el Café Oriental, tomaron café en el Casino y celebraron un baile en el Círculo Mercantil que se prolongó hasta la madrugada.
En el catafalco participaron con su arte cinco jóvenes pintores de la época: Pícolo, Dubois, Mauricio, Sobejano y Meseguer"
El programa señalado para los principales días de Carnaval incluyó el primer día el Bando de la Huerta, el segundo el Testamento de la Sardina, y el tercero el Entierro. Esta última era la culminación, con la quema de la finada en el catafalco instalado en la plaza de Santo Domingo y tras un gran desfile por la ciudad durante el que se verterían “flores, dulces, versos y raudales de brillantes luces”.
En el catafalco participaron con su arte cinco jóvenes pintores de la época: Pícolo, Dubois, Mauricio, Sobejano y Meseguer, que crearon siete lienzos de unos tres metros cuadros y contaron con la colaboración, entre otros, del notable Alejandro Séiquer.
Se recuperaron los gigantes representativos de Europa, Asia, África y América, y acompañaron al cortejo enanos, tritones, patos y otros peces, así como el Bajel Pirata, Venus, Proserpina, Baco, Plutón y Vulcano.
Antes, partió el Bando desde San Agustín, con huertanos de a pie y a caballo, siendo los jinetes algunos destacados jóvenes de la buena sociedad murciana que, según los relatos de la época, cabalgaban sin demasiado criterio y no ayudaban a componerlo con la ingesta de vino. Algún carro y una comparsa de músicos completaban el escueto y alborotado desfile.
Por lo que se refiere al Testamento, fue redactado por el notable poeta Ricardo Sánchez Madrigal, a quien ya dedicamos un espacio en estos ayeres, y le dio lectura Martínez Tornel, uno de los principales agitadores del regreso de las cabalgatas, como lo fue de tantas murcianías a lo largo de su vida.
De modo que el carnaval de 1876 fue verdaderamente digno de memoria, como lo fueron sus impulsores, a quienes 150 años después la primavera murciana debe sentirse agradecida.