primavera en la cámara / OPINIÓN

Los venideros años 20: la década de los imperios femeninos

15/01/2021 - 

MURCIA. Si la década de 1920 supuso la consolidación de los imperios soviéticos y estadounidenses, los venideros años 20 del siglo XXI forjarán los liderazgos femeninos a lo largo del globo, asentando definitivamente la Matria con las que muchos han luchado y soñado alguna vez. Las enseñanzas de Golda Meir, Michelle Bachelet y Margaret Thatcher, entre otras, verán en los años venideros el más fructuoso de los provechos.

"España está aún lejos de poder dilucidar un liderazgo femenino capaz de optar a la presidencia del gobierno"

El liderazgo femenino es ya una realidad latente en muchos puntos del planeta. Desde la propia Alemania hasta la lejana Taiwán, haciendo escala en Estados Unidos o Nueva Zelanda, nos encontramos con un nuevo estilo de política más pragmático, sensato, único y necesario. Espero que el lector me permita distinguir entre jefas de Estado y jefas de Gobierno. Hablaré de las segundas.

Angela Merkel, canciller de Alemania desde 2005, concluye su liderazgo en el país germano tras una dura crisis sanitaria que la ha aupado como referente histórico, a la altura de sus compatriotas Bismarck, Adenauer y Schmidt. Con un discurso siempre sereno, pero contundente, Merkel renunció siempre a la propaganda, terrible enemigo de la democracia, en pro de la verdad, aunque fuera cruel. Las políticas de industrialización e internacionalización alemanas sobrevivieron con ánimo y fuerza a las duras crisis económica y sanitaria, y Merkel lideró a un pueblo unido y férreo, estando a la altura de las circunstancias y sufriendo el mayor desafío desde la II Guerra Mundial, como ella misma dijo. Merkel abandonó el liderazgo de la Unión Demócrata-Cristiana de Alemania tras 18 años en 2018, anunciando que no volvería a presentarse a la cancillería alemana. El Reich de Merkel acaba así de la manera más extraordinaria y sobresaliente.

Úrsula von der Leyen, mano derecha de Merkel, preside desde 2019 la Comisión Europea. La flamante lideresa de Europa, con un amplio recorrido profesional y político, tiene como misión relanzar el viejo continente a sus mejores posiciones tras una pandemia que ha vuelto a herir gravemente a muchos de sus miembros, entre ellos, España. Sus hábiles técnicas negociadoras, las mismas que las auparon con el apoyo de liberales y socialdemócratas, deberán volver al campo de batalla ante la salida del Reino Unido, las amenazas similares de otros grupos políticos en otros Estados y las provocaciones  lanzadas por la extrema derecha y la extrema izquierda de los distintos países miembros de la Unión Europa.

En el norte de Europa, tres mujeres han sabido hacer frente a la crisis sanitaria este 2020. La novedosa Sanna Marin, primera ministra de Finlandia, acompañó sus políticas con un discurso racional, empático y sereno, con una honestidad que gana la confianza de los públicos, tomando, además, medidas precavidas, como el confinamiento preventivo, y testeó a la población. Erna Solberg, primera ministra de Noruega, centró su gestión nuevamente en la anticipación y en la aplicación de medidas estrictas desde un primer momento. Mette Frederiksen, primera ministra de Dinamarca, decidió cerrar fronteras mucho antes de que lo hicieran los países vecinos.

En Estados Unidos, la irrupción de Kamala Harris como primera vicepresidenta de la historia del país, de lo cual hablé cuando fue anunciada como compañera de ticket de Joe Biden, ha abierto las puertas de la Casa Blanca a un liderazgo femenino capaz de acabar con la polarización y la hipocresía democrática, en palabras de la politóloga Jennifer McCoy. Las propuestas fiscales, sanitarias, sociales e internacionales que propone el tándem Biden-Harris son una muy buena carta de presentación para que la vicepresidenta opte a sentarse en el Despacho Oval, y más aún cuando hay quien incluso apuesta que Biden no acabará la legislatura, siendo la primera mujer en liderar los Estados Unidos de América.

Bañados por las costas del Océano Pacífico, Nueva Zelanda y Taiwán son, nuevamente, muestra empírica del liderazgo femenino. Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, logró anticiparse e imponer el confinamiento cuando había sólo seis casos de coronavirus confirmados en su país. Además, prohibió la entrada de extranjeros y los ciudadanos que regresaban a determinadas partes del país tuvieron que pasar una cuarentena de 15 días. Su objetivo no era aplacar la curva: era eliminarla. Más allá de la crisis sanitaria, sus metas sociales giran en torno a la ampliación de derechos, como el aborto o el matrimonio homosexual, apoyados años atrás por Ardern, o la integración social, cultural y religiosa.

Tsai Ing-wen, presidenta de la República de China (Taiwán), haciendo caso omiso a las recomendaciones pasivas de la OMS, estableció un control fronterizo con los primeros casos de COVID-19 en Wuhan, endureciendo las medidas conforme se desarrollaba el escenario, y siempre con plena transparencia a la ciudadanía. Además, su economía fue de las pocas que creció en 2020. La lideresa taiwanesa avaló de nuevo la confianza de su pueblo en las últimas elecciones presidenciales con una amplísima mayoría.

A lo largo del mundo se extienden cientos de casos similares, desde el más pequeño y humilde de los barrios hasta las mayores oficinas gubernamentales y empresariales, frente a nefelibatas y necias oposiciones incapaces de aceptar la realidad del mundo que ahora pertenece a otras nuevas generaciones. Como diría Montaigne, aquel que establece su argumento por medio del ruido y del orden muestra que su razón es débil.

España está aún lejos de poder dilucidar un liderazgo femenino capaz de optar a la presidencia del gobierno. Personalmente, defiendo la tesis de que los militantes de los partidos políticos optan por posiciones más radicales en los congresos, representadas por figuras masculinas (Abascal, Casado, Sánchez o Iglesias son prueba de ello), en detrimento de opciones más moderadas (Sáenz de Santamaría o Díaz) que generan rechazo interno, pero bastante más aceptación fuera de las fronteras partidistas. Quizás algún día optemos a dejar de ser el arrabal de Europa que lamentaba décadas ha Ortega y Gasset.

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