COMO AYER / OPINIÓN

Obras son amores… y hay amores que matan

16/03/2023 - 

MURCIA. Avanzan las obras llamadas de movilidad por toda Murcia con la sorprendente percepción de que las aceras se levantan para moverlas unos centímetros y hacer desaparecer plazas de aparcamiento. Nos vamos aproximando al momento de las medidas que supondrán variaciones en el tráfico cotidiano, como las destinadas a entorpecer los accesos al barrio de El Carmen, que parecen encaminadas a disuadir a cualquiera que intente llegar hasta él y aislarlo de la ciudad aún más de lo que tradicionalmente lo ha estado.

Si en estos 'ayeres' se ha hecho el relato de la política de 'tender puentes' entre la ciudad y el barrio por antonomasia, ahora la propensión que nos llega es la opuesta y hay muchos vecinos y comerciantes que tienen (tenemos) la percepción de que todo este plan conduce a una ratonera. La puesta en marcha, a no mucho tardar, del cierre al tráfico de vehículos particulares del Puente Viejo o de los Peligros, unida a la clausura absoluta (poco justificada, a mi juicio) del Puente Nuevo o de Hierro hace ya muchos años, reducirá el acceso directo desde el centro de ciudad a la Pasarela o Puente Miguel Caballero y, aún en este caso, a un solo carril.

Y, mientras esto sucede en el sur, se prepara por el norte una curiosa solución dirigida a dar fluidez al tráfico que discurre por Ronda Norte y Juan de Borbón en la confluencia de ambas avenidas, creando una nueva rotonda a menos de 100 metros de la plaza de Juan XXIII y variando el sentido de la avenida de La Flota. Esto quiere decir que ya no se accederá por esta calle al barrio al que da nombre desde Juan XXIII, sino que será de salida, mientras que para la entrada habrá que llegar a la nueva plaza y girar en ella a la izquierda. Al margen de otras consideraciones, negociar dos rotondas consecutivas en menos de 100 metros no suele ser sinónimo de fluidez viaria, precisamente.

"Negociar dos rotondas consecutivas en menos de 100 metros no suele ser sinónimo de fluidez viaria"

Pero como estos escritos van de 'ayeres', aunque se les ponga en conexión con los cotidianos aconteceres, ya que andamos por el norte de la ciudad quiero traer a colación algunas referencias al barrio de La Flota. En buena medida, es el más moderno de la ciudad, lindero con Vistalegre, Zaraíche, Zarandona y con La Fama, si se cruza la citada Ronda Norte.

Cuando quienes estábamos en edad escolar a finales de los años 60 del pasado siglo estrenamos el colegio de los Maristas, denominado de la Fuensanta o de Vistalegre (curso 1968-69), nos situábamos prácticamente en el extrarradio de la ciudad, en el confín oriental de aquella barriada que fue acogiendo al Instituto Alfonso X el Sabio, a la Guardia Civil, a la Escuela de Artes y Oficios… o al primer hospital de la Arrixaca, que es hoy llamado Morales Meseguer.

Si Vistalegre era un barrio modesto, algo apartado de la ciudad salvo en su vertiente oeste, vecina de la plaza Circular, La Flota ni siquiera era. La citada calle de La Flota, a la que luego se llamó pretenciosamente avenida, era la única que merecía tal denominación, y en su entorno se agrupaban unas cuantas casas, en una de las cuales había una cantina de la que se surtían algunos alumnos.

El balón que se entregaba al inicio del curso a cada aula no tardaba demasiado en ser engullido por la acequia que bordeaba el colegio por el lado norte. La entrada se hacía por la calle que se dedicó al tristemente malogrado arquitecto Piñero, fallecido en 1972 a los 36 años de edad, y la que es hoy puerta principal, por Juan de Borbón, era sólo una ensoñación, pues tal avenida no estaba ni trazada y tras aquella verja sólo había huertos, con la inconfundible silueta de Monteagudo al fondo.

Durante años el nuevo barrio se fue abriendo paso, lo que derivó en las incomodidades propias de un desarrollo falto aún de la necesaria planificación. Por eso nada tenía de extraño leer, allá por el año 1969, recién llegados que estábamos los alumnos maristas a la zona, que la prensa se hiciera eco de la queja de los vecinos por las muchas dificultades que tenían para proveerse de agua. El caudal que discurría por los grifos de las viviendas, así como por las del recién asfaltado en aquellos días Camino Viejo de Monteagudo, no tenía ninguna presión, y la gente tenía que esperar a la noche para poder hacer alguna provisión.

"Durante años el nuevo barrio se fue abriendo paso, lo que derivó en las incomodidades propias de un desarrollo falto aún de la necesaria planificación"

Y de agua también, pero en otro sentido bien distinto, se hablaba seis años después, cuando se lamentaba el incipiente vecindario de la casi total inexistencia de alcantarillado, por lo que las casas habían efectuado su propio entronque con el desagüe general. También daban conversación las calles sin asfaltar, que daban lugar en caso de lluvia a un barrizal y el consiguiente estancamiento de las aguas que solo se eliminaban al secarse por no existir desagües.

Y todo ello sin olvidar los solares que se encuentran sin vallar, con el clásico problema de convertirse en vertederos de basura, todo lo cual mezclado con las aguas estancadas, propiciaba que la zona se convirtiera, según un periodista de la época, en "paraíso para moscas, mosquitos y, sobre todo, de ratas, que campan allí por sus respetos".

Problemas de un barrio en crecimiento que vio cómo se iban trazando calles y avenidas, cómo se alzaban edificios de todo tipo y cómo llegaba el eje central del barrio, la que acabó por denominarse avenida de Juan de Borbón, en uno de los principales accesos a la ciudad desde el norte y en vía de comunicación con algo tan impensable por entonces como los abundantes centros comerciales. Y así, los problemas, con el tiempo, fueron otros. Unos sobrevenidos e hijos del crecimiento. Y otros aún por venir si, finalmente, se comprueba que obras son amores… pero hay amores que matan. 

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