Opinión

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El eurocristiano tibio

La inmigración muestra una escisión del cristianismo

"Frente al cristianismo globalizador, hegemónico en el Vaticano, la Conferencia Episcopal y Cáritas, se sitúa el cristianismo identitario, que goza del apoyo de algunos pocos obispos y de Vox; entre medias está el PP, cuyo pragmatismo lo lleva a tratar de conciliar entre ambos extremos"

Publicado: 08/02/2026 ·06:00
Actualizado: 08/02/2026 · 06:00
  • El Papa León XIV en la Plaza de San Pedro del Vaticano.
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Los motivos para rechazar la regularización masiva acordada por los gobernantes del PSOE con las dirigentes de Podemos son bien conocidos. De forma estupefaciente, Irene Montero, de Podemos, ha declarado que no solo está a favor de una política de fronteras abiertas, que saturaría España de inmigrantes, sino que quiere barrer a los fascistas españoles nacionalizando a todos los inmigrantes. Por su lado, el PSOE, que había congelado el asunto, pretende ahora recuperar el apoyo de los diputados de Podemos y tender un puente con los de Juntos por Cataluña. En compensación, los líderes de Juntos por Cataluña han pedido que se traspase al Gobierno catalán la competencia en inmigración. Tampoco es bonito que se haya implementado mediante un decreto, eludiendo así el control parlamentario. Es una táctica de la que el Gobierno viene abusando, confirmando el anuncio del presidente de que se proponía gobernar sin el parlamento. Además, regularización perjudica a los trabajadores españoles menos cualificados, que tendrán que competir a la baja con los regularizados. Y puede que agrave la escasez de viviendas asequibles que padecen los españoles pobres. Seguramente se tensionarán los servicios públicos sanitarios, educativos y sociales. Acaso vaya en contra del pacto europeo sobre inmigración. Más difícil es comprender que, aunque los inmigrantes contribuyen al crecimiento económico, la renta per cápita no crece porque hay que repartir la riqueza entre más personas. Se produce una impresión de crecimiento equívoca, pues no es que se incremente la producción por un aumento de la productividad, sino del número de productores. Ha sorprendido a algunos observadores el rechazo que la regularización ha generado en amplios sectores de la opinión pública, pues ya se habían hecho otras sin tanto ruido. La explicación es sencilla: precisamente porque no es la primera regularización, la proporción de extranjeros empieza a ser muy alta a juicio de los que protestan. Ya se sabe: la última gota hace rebosar el vaso, llueve sobre mojado, etc.

También son conocidos los motivos para apoyar la regularización. Ese medio millón de inmigrantes ya vivían en España, pero en condiciones indignas, que ahora se corregirán. Así, pasarán de trabajar sin seguridad social a hacerlo con contratos de trabajo. En consecuencia, pagarán unos impuestos que ahora no pagan. Y también es cierto que, sin los inmigrantes, varios sectores productivos sufrirían un déficit de trabajadores.

Menos comentado ha sido el hecho de que la regularización ha mostrado la profunda escisión existente entre el cristianismo identitario y el cristianismo globalizador. El primero relaciona la religión con la identidad nacional. Sus partidarios arguyen que España es un país tradicionalmente católico y añaden que se forjó en la lucha contra el islam. En su opinión, la caridad es un asunto individual, que debe hacerse con los recursos propios. En cambio, la regularización es un asunto colectivo y, por tanto, pertenece al ámbito de la política. En realidad, cargar la ayuda a los impuestos ajenos no es caridad. Finalmente, no deberíamos anteponer la dignidad de los inmigrantes a la de los españoles.

Radicalmente opuesto, el cristianismo globalizador tiene sus argumentos. Puesto que los inmigrantes son personas, no deberíamos verlos como problemas. Además, la caridad no solo tiene una dimensión individual, sino también colectiva. De hecho, la caridad individual resulta insuficiente para resolver la pobreza. Hay un derecho a no emigrar, pero también hay un derecho a emigrar. Por último, los países ricos tienen la obligación de ayudar a los países pobres.

 

Cáritas y otras varias organizaciones sociales vinculadas a la Iglesia promovieron una Iniciativa Legislativa Popular para regularizar a los inmigrantes

 

Lo más curioso es que ambos cristianismos tienen una base bíblica. Cuando dos extraños anunciaron a la postmenopáusica Sara que concebiría un hijo, su esposo, el patriarca Abraham, los acogió. Y lo mismo hizo Lot cuando lo visitaron en Sodoma. Más claramente, Jesús declaró que rechazaría a los que no acogiesen a los extranjeros. Y, como es bien sabido, los Evangelios elogian al buen samaritano que, no siendo judío, ayudó a un malherido que se encontró en su camino. Todo eso juega a favor del cristianismo globalizador. Sin embargo, cuando los israelitas, guiados por Moisés, llegaron a la Tierra Prometida, la invadieron por la fuerza, guerreando contra los cananeos. El famoso rey David, que inició su vida como un pastor, fue aclamado por haber matado a decenas de miles de extranjeros. Ya puestos, el buen samaritano ayudó a un único malherido, no a medio millón de malheridos. Y lo hizo a sus propias expensas, no cargando la cuenta a sus compatriotas. Dejó al malherido en una posada, pero ¿cuántas posadas habría necesitado para ayudar a una multitud? Todo eso juega a favor del cristianismo identitario.

Todos sabemos que el papa Francisco era argentino y León XIV tiene la doble nacionalidad estadounidense y peruana. Caben pocas dudas de que eso facilita que las jerarquías católicas aprueben la inmigración masiva hacia Europa y huyan del tradicional eurocentrismo cristiano. De hecho, Francisco se negó a visitar España durante su mandato y León XIV ha señalado que parte de su interés en su anunciada visita reside en las Islas Canarias, donde llegan muchos inmigrantes. De ahí que el presidente de la Conferencia Episcopal haya elogiado el acuerdo de regularización y señalado que se atiene al Evangelio. En realidad, Cáritas y otras varias organizaciones sociales vinculadas a la Iglesia promovieron una Iniciativa Legislativa Popular para regularizar a los inmigrantes. Frente a ese cristianismo globalizador, hegemónico en el Vaticano, la Conferencia Episcopal y Cáritas, se sitúa el cristianismo identitario, que goza del apoyo de algunos pocos obispos y de Vox. Entre medias está el PP, cuyo pragmatismo lo lleva a tratar de conciliar entre ambos extremos. Menos conocida es la postura de Valores, un partido muy minoritario de inspiración cristiana, que aboga por distinguir entre los inmigrantes hispanoamericanos, que hablan español y tienen raíces cristianas, y los inmigrantes de otras religiones que no hablan español. Curiosamente, los dos últimos Papas han sido hispanoamericanos. ¿Es eso una señal a favor de Valores? Nadie lo sabe. Lo único que sabemos es que el partido que más apoya la inmigración es Podemos y el que más la rechaza, como la consejera murciana Conchita Ruiz sabe por experiencia, es Vox.

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