En apenas seis años, el complejo de Sabic en Cartagena ha pasado de ser un referente mundial en termoplásticos a convertirse en el epicentro de la crisis industrial más grave de la Región de Murcia en la última década.
Lo que comenzó en 2020 con un cierre limitado de sus instalaciones alcanza hoy un punto crítico: la venta al fondo alemán Mutares y el cierre de la planta LX1 ponen en jaque el sustento de 2.000 familias. Lo que un día fue nuestro orgullo tecnológico se enfrenta ahora a la desarticulación de su motor económico.
Mutares, el holding alemán de capital privado, ha firmado hace unas semanas su mayor operación histórica: la adquisición por 450 millones de dólares del negocio de termoplásticos de ingeniería de Sabic en América y Europa, incluida la planta de Cartagena.
La transacción suma ocho instalaciones, cerca de 2.900 empleados y unos ingresos anuales de 2.500 millones de dólares, y permitirá al fondo crear un nuevo segmento estratégico: Productos químicos y materiales, que se une a sus áreas de Automoción y Movilidad, Ingeniería y Tecnología, Bienes y Servicios, y Comercio Minorista y Alimentación.
En apenas seis años, el complejo de Sabic en Cartagena ha pasado de ser un referente mundial en termoplásticos a convertirse en el epicentro de la crisis industrial más grave de la Región de Murcia en la última década.
Con esta compra, Mutares pasaría a situarse entre los cinco mayores productores mundiales de estos polímeros de alto rendimiento, con una cuota estimada del 3% al 6%, solo por detrás de gigantes como BASF, Dow y la propia Sabic.
Esta magnitud convierte la compra no solo en un hito financiero para Mutares, sino también en un movimiento estratégico que tendrá implicaciones directas en uno de los enclaves industriales más relevantes del sureste español.
Para entender el alcance de la operación, conviene situar primero a la planta de Cartagena en su contexto histórico e industrial.
La fábrica de plásticos de Sabic en La Aljorra, heredera de la antigua GE Plastics y propiedad del grupo saudí desde 2007, llegó a ser uno de los pilares europeos de la compañía.
En sus años de máximo esplendor empleaba a unos 800 trabajadores y alcanzaba producciones anuales cercanas a las 315.000 toneladas de distintos termoplásticos de ingeniería. Sin embargo, en los últimos años la instalación entró en un proceso continuo de reducción de actividad. En 2020 cesó la fabricación de la planta de HPP y, más recientemente, se paró de forma indefinida la planta de LX2.
En sus años de máximo esplendor empleaba a unos 800 trabajadores y alcanzaba producciones anuales cercanas a las 315.000 toneladas de distintos termoplásticos de ingeniería.
Sin embargo, en los últimos años la instalación entró en un proceso continuo de reducción de actividad. En 2020 cesó la fabricación de la planta de HPP y, más recientemente, se paró de forma indefinida la planta de LX2.
Paralelamente, la compañía saudí ha ido replegando su presencia industrial en Europa y Estados Unidos para concentrar inversiones en su región de origen y en Asia.
Este repliegue se produce en un entorno de mercado complejo. Según Mordor Intelligence, el consumo mundial de policarbonato alcanzó en 2025 unos 6,28 millones de toneladas y podría crecer hasta aproximadamente 8,54 millones en 2031, con una tasa anual cercana al 5,3%.
No obstante, ese crecimiento es muy desigual: Asia-Pacífico concentra la mayor parte de la demanda, mientras que Europa y Norteamérica avanzan a ritmos mucho más moderados.
El mercado europeo atraviesa una coyuntura especialmente delicada, caracterizada por un exceso de capacidad instalada de hasta un 30% respecto a la demanda efectiva.
En este escenario adverso, marcado por precios energéticos elevados, derechos de CO₂, exigencias regulatorias y presión salarial, la viabilidad de la planta de Cartagena depende de su capacidad para mejorar su posición competitiva.
Aunque históricamente ha mitigado parte de estas desventajas mediante eficiencia operativa, su foco en policarbonato estándar limita el beneficio generado.
La continuidad del complejo requiere, por tanto, una reducción significativa de gastos —especialmente energéticos— y una reorientación hacia productos de mayor valor añadido.
A ello se añade una desventaja estructural frente a otros complejos europeos del grupo, en particular Bergen op Zoom (Países Bajos), donde gran parte de la producción está gestionada por la división Sabic Specialties, un negocio que fabrica termoplásticos de muy alto valor añadido y no se ve afectado por la venta a Mutares.
Esta diversificación garantiza mayor estabilidad industrial y una localización logística central. Cartagena, en cambio, depende más de productos “commodity” y su posición geográfica periférica penaliza su competitividad relativa.
Para anticipar qué podría ocurrir en Cartagena, resulta clave observar la trayectoria de Mutares y su forma habitual de actuar tras adquisiciones.
Mutares es un holding alemán fundado en 2008 en Múnich. Con más de 29.000 empleados y una facturación cercana a los 5.300 millones de euros en 2024, opera como un actor de tamaño medio dentro del private equity europeo.
Tras 32 años de actividad, la planta de La Aljorra no es solo un conjunto de instalaciones industriales: es un faro de conocimiento e innovación con proyección internacional.
Su modelo se basa en adquirir compañías con problemas operativos o con potencial no desarrollado, reestructurarlas y venderlas si logra revalorizarlas o mantenerlas si identifica valor a largo plazo.
Su historial incluye casos de éxito relevantes como SMP o FerrAl United. Sin embargo, como es habitual en el capital riesgo, no todas las operaciones alcanzan los objetivos previstos.
El ejemplo más representativo de fracaso es Zanders Paper GmbH, adquirida en 2017 y declarada insolvente en 2018 por elevados costes energéticos y caída de demanda.
A ello se suman episodios recientes de escrutinio financiero: investigaciones del regulador alemán BaFin y el foco de analistas por cuestiones de liquidez y endeudamiento.
Con este patrón en mente, el futuro del complejo de Cartagena podría pasar por estrategias típicas del grupo: optimización de líneas viables, reducción de costes, reorganización interna o incluso desinversiones parciales.
Tras 32 años de actividad, la planta de La Aljorra no es solo un conjunto de instalaciones industriales: es un faro de conocimiento e innovación con proyección internacional.
Con este patrón en mente, el futuro del complejo de Cartagena podría pasar por estrategias típicas del grupo: optimización de líneas viables, reducción de costes, reorganización interna o incluso desinversiones parciales.
Allí se desarrollaron materiales esenciales, se implantaron estándares avanzados de seguridad industrial, metodologías como Six Sigma, y se exportó know-how para levantar complejos en Arabia Saudí y China.
Ese talento acumulado constituye el verdadero tesoro de la planta: un patrimonio que ninguna máquina puede reemplazar.
Frente al riesgo de un ajuste profundo, las administraciones no pueden limitarse a gestionar despidos. Es urgente una visión estratégica para no perder soberanía tecnológica.
Entre las líneas posibles: mantener la Planta Piloto como centro tecnológico, aprovechar el talento local en consultoría de procesos, impulsar la unidad Masterbatch como negocio independiente, reindustrializar terrenos liberados y crear programas de transmisión de conocimiento.
El futuro de Sabic Cartagena queda hoy en manos de un fondo financiero, cuyas decisiones marcarán su rumbo industrial.
El desenlace sigue abierto. En La Aljorra no sobra talento ni conocimiento industrial; lo que falta es una apuesta clara por preservarlos.
Si la Región de Murcia permite que se diluya el capital humano acumulado durante décadas, no estará solo perdiendo una fábrica, sino también aceptando que el conocimiento industrial queda fuera del futuro regional.