“Ha de cumplirse en vos el destino para el que habéis sido llamada”, continuó la reina con mirada compasiva bajo el encaje que orlaba su frente. El semblante de la joven se ensombreció, porque en su corazón la seducción ya había echado brotes… en las caballerizas de palacio.
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El 22 de agosto de 1496 en los albores del día, desde Laredo rumbo a Flandes, se hacía a la mar una flota acompañando a la princesa Juana de Castilla, de 16 años, al encuentro con su futuro marido, Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano I de Austria.
En la Edad Media, el orden mundial se diseñaba a través de los enlaces de sangre. La corona francesa fue por siglos rival y enemiga de Castilla, y el matrimonio de Juana con Felipe fue el resultado de un doble pacto: la infanta española con el Habsburgo y la hermana de este, Margarita, con su cuñado Juan, heredero de Castilla. La pretensión de los Reyes Católicos era aislar a Francia, estableciendo adhesiones con Austria
La expedición transcurrió llena de desventuras, agitada por tempestades que azotaron las naves a punto de hacerlas zozobrar. Más de un mes duró la travesía por aquel mar de sal y de dudas.
De día, Juana veía alejarse su paisaje, sus hermanos, su hogar… viviendo el duelo de lo perdido y el desarraigo de su corazón, colgado de las crines de un caballo. Surcaba el océano profundo hacia la tierra prometida con honores de reina, sí, pero emigrante, al fin y al cabo.
De noche, en el silencio estrellado, Juana envidiaba ser un gato para ver en aquella negrura donde la luna, empujada por el agua, desaparecía surgiendo después, pálida como náufraga, puesta a secar en lo alto del cielo. Cuando al fin lo alcanzaba, su sueño navegaba entre un dulce sabor a nostalgia y la convulsión, que la asaltaba desde su estómago, haciéndola estremecer ante el futuro ignorado.
El cruce de miradas de los jóvenes, obligados a casarse, provocó una química salvaje en ambos"
El gélido clima de Flandes se derritió al sol de Castilla en la mañana que Juana pisó el palacio ducal de Lier (actual Bélgica). Una joven, de rostro ovalado, cabellera rubia tocada de pedrería y cubierta con capa de armiño, guiaba su mirada asustada por la estancia gótica, cuya estética contrastaba con la austeridad española: la bóveda de crucería, las coloridas vidrieras…, tropezando, en el trayecto, con unos hermosos ojos clavados en ella. Alto, de porte gentil, un joven adolescente aguardaba al fondo del salón. El Toisón de los Habsburgo, con el carnerillo de oro, escotaba su busto: una joya nacida para oponerse a Francia y que el tiempo pondría en manos de su linaje…
El pecho de la niña de Trastámara se encendió como una lámpara infrarroja. El miedo y la desconfianza que la intimidaban se mudaron en atracción y frenesí. Remota quedaba la añoranza de su pasado y los establos castellanos. Fue correspondida: el cruce de miradas de los jóvenes, obligados a casarse, provocó una química salvaje en ambos. El matrimonio hubo de celebrarse ese mismo día, ante la perplejidad de la corte de los Habsburgo.
Mas, el bacilo del amor voló del corazón del borgoñés desplegando sus efectos secundarios en el de Juana. El del vellocino de oro, se empleó pronto en las tareas de requiebro a cortesanas y meretrices y la llama que un día avivó en la archiduquesa, ahora la chamuscaba por dentro. Comenzó a vigilar a Felipe, a olfatear su rastro como un animal en celo. Sus sospechas fundadas, desembocaron en una dinámica de exigencias y acusaciones destructiva. Su carácter afloraba colérico e irritable, y los acalorados encuentros se mudaron en vergonzosos episodios.
Juana no nació para ser reina. Era la tercera en línea al trono de los Reyes católicos, después de su hermano Juan. Sin embargo, una nueva tirada del destino cambió el panorama sucesorio: el heredero moría a causa de unas calenturas en 1497; ella era llamada a Castilla a prepararse para asumir la corona.
Pero la infanta no soportaba la separación de Felipe, quien en la distancia se le aparecía más hermoso. Pese a la rigidez de los monarcas, una noche aulló como una loba herida en el torreón de palacio, provocando murmuraciones en la villa. La reina Isabel, por primera vez, doblegó su católica voluntad devolviendo a su hija a los brazos del borgoñón.
Felipe siguió igualmente entregado a sus andanzas, agrandando la brecha de resentimiento y dolor en las entrañas de la princesa. En un momento de cólera, ésta mandó rapar la cabeza a la amante de aquel, lo que le granjeo recelo entre nobles y sirvientes. En este estado de hostilidad y embarazada, le llegaron cartas de Castilla: Isabel había muerto. Juana cogió la mala nueva desecha en culpa y lágrimas.
A la ya reina de Castilla, Aragón y Navarra, no le fue mejor en el uso de su soberanía. Su esposo, no llevaba bien el papel de consorte. Ahora a la infidelidad, sumaba la deslealtad, disputándole la titularidad del trono.
A pesar del agotamiento anímico, ella se sostuvo en la tarea de gobernar. Y en plena lucha por la supervivencia política, Felipe muere. Juana siente un crujido en su interior, una fractura instantánea: los muros afectivos que, aún agrietados, la sostenían se derrumban.
Para el enterramiento, mandó llevar el cadáver embalsamado del hermoso a Granada, en peregrinaje por lo que se conoció como la ruta del duelo. El re menor del Réquiem resonaba en los oídos de la comitiva, antes de que Mozart compusiera la obra.
Por las noches Juana ordenaba abrir el ataúd para comprobar su estado…, decía ella. Lo privado se volvía público e intolerable, para aquellos que no supieron ver el gesto desesperado de quien se resiste a la despedida definitiva.
Sus heridas no eran mentales, sino emocionales, porque Juana no estaba loca: estaba enamorada"
El acontecimiento fijó el relato de “Juana la Loca”, que sirvió de coartada al católico, para recluirla y gobernar en su nombre. Juana, devastada, aceptó la fatalidad. Pero aquella a la que las crónicas tildaron de demente, dió muestras de juicio y madurez propios de su condición. Conociendo los ardides de su progenitor, dispuso redactar un documento legal, asegurando, en el futuro, la corona a su hijo Carlos I.
Solo entonces, con el fantasma de Felipe cosido a su espalda, dicen que “amor y mortaja del cielo bajan”, partió a Tordesillas donde, durante casi 46 años, tejió con hilos de silencio la memoria, que atesoran las piedras del palacio real, a orillas del Duero.
Del amor y la pasión de aquella mujer nació una dinastía que cambió el panorama político internacional, dando el dominio del mundo a las Españas.
Hicieron de su desesperación diagnóstico para arrebatarle la corona, y la historia no la ha tratado bien. Sus heridas no eran mentales, sino emocionales, porque Juana no estaba loca. Juana estaba enamorada. O… ¿acaso sea lo mismo?