Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

Hoy es 7 de agosto y se habla de coronavirus totana camas uci PUERTO LUMBRERAS

TRIBUNA LIBRE / OPINIÓN

Noocracia o el gobierno de los más preparados

12/07/2020 - 

La sociedad podría mejorar sustantivamente su Gobierno, al margen de los partidos imperantes tras cada elección, solo con hacer cumplir las Leyes del Estado respecto de los integrantes del Consejo de Ministros, quienes deben reunir obligatoriamente requisitos de idoneidad y experiencia que nadie les exige.

La Noocracia, como sistema político alternativo que permitiría contar con las personas más cualificadas para el gobierno de un país, evitaría que la mediocridad de nuestros representantes llegue tan lejos y se instale en las instituciones secuestrando el buen gobierno de un Estado en perjuicio de sus ciudadanos. Probablemente resulta escandalosa la afirmación de que no todos los votos deberían valer lo mismo según las capacidades intelectuales del emisor, sin embargo este derecho de sufragio universal, propio de nuestro sistema político, condiciona que los candidatos electos no sean siempre los mejores sino sencillamente aquellos que por pertenencia a su partido aparecen en las listas sin otro mérito personal. Defender la Noocracia hoy en día es algo prácticamente inviable aunque deberíamos estar todos de acuerdo en que la falta de un criterio fundado, a veces justificado en meras promesas o sacrificios impagables para obtener ese clientelismo, da lugar a que la vida en sociedad quede subordinada por el enorme poder de la ignorancia, el mejor caladero de la política sin escrúpulos, pues son las personas con menos formación las que de un modo u otro toman las decisiones más importantes.

Pero evitar la mediocridad parece asunto perdido pues la inteligencia es una de las virtudes que mejor se ha repartido entre los hombres desde la Creación: todos nos vemos con parecidas aptitudes ya que nadie se reconoce ignorante y menos aún admite ser tonto del todo. Para emitir un voto, igual que para consentir un contrato, se debe estar suficientemente informado, entender bien cuáles son las diferentes opciones para decidir por cualquiera de ellas y considerar sus consecuencias. Este último pensamiento, el del “válido consentimiento”, la importancia de la voluntad para consumar un negocio jurídico perfecto, es crucial en el mundo del Derecho pues su ausencia puede significar la nulidad del contrato ante la falta de información suficiente para realizar una declaración consciente y plena de consentimiento. Igual debería suceder con el voto.

Esa falta de voluntad real informada es la que da lugar a que podamos discutir las cláusulas nulas o abusivas, los contratos en masa, la realización de un tratamiento médico o de una simple operación quirúrgica, las condiciones generales de contratación de pólizas de seguros y bancarias, el tipo de interés excesivo, los contratos complejos como los swaps o algunas hipotecas incomprensibles para consumidores y usuarios. Sobre la necesidad del válido consentimiento, como sabemos, se ha discutido mucho en Juzgados y Tribunales pues a mucha gente le gusta presumir de su ignorancia cuando hay algo que ha aceptado indebidamente plasmando la firma en un documento del que luego se arrepienten, cuando su contenido se hace excesivamente gravoso o, simplemente, cuando les perjudica. Así, en estos casos, somos capaces de confesarnos “tontos perdidos” y reconocer sin sonrojo nuestra ignorancia para eludir la ejecución de muchos compromisos pues, supuestamente, éramos incapaces de entender las consecuencias de nuestros propios actos. Sin embargo no somos tan sinceros a la hora de votar, momento en el que todos nos sentimos aparentemente tan listos, y por ello, como “la democracia somos todos”, a nadie le viene importando que el voto ignorante, complaciente con el discurso populista, distorsione fatalmente la formación de un Gobierno, y, tarde, con ese voto tan poco ilustrado, descubrimos cómo se instalan en las más importantes tribunas personajes que normalmente no elegiríamos ni como Presidente de nuestra Comunidad de Propietarios.

Ya tenemos, de un tiempo a esta parte, innombrables representantes políticos nacidos de un rencor social fétido e inexplicable en un mundo que parecía definitivamente liberal al que odian, y mucho nos tememos que pronto tengamos como Presidente en USA al rapero Kanye West casado con Kim Kardshian o, quien sabe, si a Joaquín Sabina en España, solo porque a muchos les parezcan ocurrentes sus letras o hasta simpático. Así vamos, con nuestra absoluta complacencia, nada que nos extrañe si alguien como Donald Trump puede ser Presidente de los Estados Unidos, Celia Villalobos, Ministra de Sanidad y Vicepresidenta del Congreso no hace tanto, Adriana Lastra, diputada y portavoz del partido en el Gobierno o Irene Montero con 32 años, Ministra de Igualdad en España, sentándose en la misma bancada con su marido de Vicepresidente nada menos, los mismos que denuncian las cloacas del Estado y la casta, y sin embargo ahí están ambos a la vez, como una 'famiglia', como una secta sin ningún pudor censurando periodistas o a cualquiera que les tosa y nadie dice nada pues esto es democracia. Sin duda están ahí porque se les vota.

Pero esto no es gratuito y la democracia vendrá destinada a su fin si no se ponen los medios para limitar tan notorios disparates que dan lugar a que con el voto populista personas sin más mérito que su osadía, su temeridad y su propia ignorancia, sean quienes decidan nuestra vida corriente en un mundo complejo que trasciende mucho más allá de lo que ellos mismos comprenden pues, salvo su falta de humildad y su soberbia autoestima, nada más tienen que aportar, pretendiendo, bajo la bandera de la democracia de la que se apropian, alarmar a la sociedad aborregada sobre el presunto fascismo de quienes no comulgan con este fraude, convirtiéndonos en útiles palmeros de su incompetencia.

Hay que poner fin, la sociedad debe rebelarse y pedir el cumplimiento fiel de la ley pues poca gente sabe que el Artículo 2 de la Ley 3/2015, Reguladora del Ejercicio del Alto Cargo, exige, además de los requisitos de honorabilidad que a todos se les presume, “la debida formación y experiencia en la materia en función del cargo que vaya a desempeñar”, y ello obliga a valorar las capacidades e idoneidad, al menos, de los más altos representantes que son los Ministros, quienes deberían ser ajenos a listas, propuestos por el Presidente entre los más reputados profesionales, funcionarios de carrera, expertos o académicos y directores de grandes empresas que hayan contrastado una intachable hoja de servicios y experiencia, nada de vecinos de partido. Dice el apartado 4 del mismo artículo que “En la valoración de la formación se tendrán en cuenta los conocimientos académicos adquiridos y en la valoración de la experiencia se prestará especial atención a la naturaleza, complejidad y nivel de responsabilidad de los puestos desempeñados, que guarden relación con el contenido y funciones del puesto para el que se le nombra”. Por eso, por no cumplir con lo que la ley exige, incluso personas de pasado brillante tropiezan en sus funciones por no asignarles los puestos en los que tienen experiencia, sino otros sobre los que nada conocen, y así llegamos al paroxismo de la torpeza: convertir en inútil a quien no parecía serlo. Ahí tenemos de ejemplo a Salvador Illa, filósofo al frente de Sanidad o a Grande-Marlaska, Juez contrastado, de Ministro de Interior y no de Justicia que es de lo debería saber, aunque realmente no sepan ni uno ni otro gestionar personas ni administrar el presupuesto de ningún ministerio, algo de lo que también deberían saber. El currículum no es todo, también la experiencia concreta.

Sin embargo esta democracia decadente, en la que todos participamos con demasiada pasividad, permite que se instalen en su gobierno mediocres representantes sin la adecuada formación para asumir tan importantes funciones y para sorpresa de todos, al enfrentar estos planteamientos a la realidad, incluso entre amigos de nuestro propio entorno, siempre hay quien, ante estas antiguas corrientes como la Noocracia y la Tecnocracia, sugieren prudencia con el gobierno de los técnicos, argumento de quienes pueden tener grandes virtudes pero no la formación adecuada, y volvemos a la perversión de siempre, al mundo de los complejos: “mejor tontos que técnicos”, aunque esos tontos decidan cómo gestionar una pandemia, en definitiva la vida de la gente.

Votemos a quien sea, incluso a los más tontos de nuestras listas para que sean diputados ya que tanto nos gusta esta democracia nuestra, pero exijamos, al menos, que sean otros más preparados los que nos gobiernen en cada Ministerio. Exijamos tener a los mejores y todo irá razonablemente bien. La Noocracia es un pensamiento de la Grecia clásica, no es una ocurrencia nueva. Necesitamos gobernantes preparados y tolerantes que confíen en la Ciencia, que tengan un sólido sentimiento de Estado, que quieran al empresario, que no engañen al autónomo para fomentar el autoempleo y abandonarles a la primera de cambio, que inviertan en formación de los jóvenes y de todos los empleados, sin que importe si los centros son públicos o concertados, en una economía que crezca tanto que permita mejores salarios, en definitiva gobernantes que no sean tontos, o, al menos, muy, muy tontos. Algunos hay buenos, más por casualidad que por mérito de quien les nombra.

Este artículo es continuación de otro del mismo autor denominado 'Noocracia o el fin de los Mediocres' publicado por Murcia Plaza el día de 2 de junio 2020.


Antonio Fuentes Segura es abogado


next