Uno de los aspectos más desconcertantes de las recientes elecciones al rectorado de la universidad de Murcia es que no ha figurado ningún “cubanito” entre los cinco candidatos que compitieron. Ninguno de ellos representaba la herencia del psiquiatra Pedro Marset. Tras iniciarse como ancestral jefe de los cubanitos universitarios, acabó sus días de eurodiputado comunista. Sin embargo, ese sector sigue presente en la sociedad murciana. Uno de sus líderes es Javier Sánchez Serna, un licenciado en Filosofía y Máster en Sociología Aplicada que ha sido diputado en el Congreso por Podemos desde 2019. Pues bien, ha visitado recientemente Cuba para apoyar al dictador comunista Díaz Canel. Otro cubanito regional en activo es José Luis Álvarez-Castellanos, un comunista que ejerció durante muchos años el magisterio y, tras ocupar el puesto de coordinador regional de Izquierda Unida, ahora es parlamentario regional del Grupo Mixto. Pues bien, José Luis escribió recientemente una fervorosa apología del régimen sociopolítico cubano. Entre sus méritos mencionaba el alto nivel educativo de los cubanos y el éxito de sus investigadores, que habían obtenido dos vacunas contra el coronavirus durante la epidemia. Puesto que ambos elogios eran ciertos, me he animado a dar más datos del sistema universitario cubano. Al menos, los que me trasmitieron las autoridades universitarias cubanas cuando las visité para establecer mecanismos de colaboración.
En primer lugar, todas las universidades cubanas eran estatales, sin que hubiese ninguna privada. Dicho de otro modo, en Cuba la educación superior era un monopolio estatal, mientras que ahora las privadas igualan en número a las estatales en España. Además, ningún estudiante cubano pagaba ni un peso por su formación (1 euro equivale a unos 556 pesos cubanos), mientras que los estudiantes tienen que pagar unos centenares de euros por curso en las universidades estatales españolas. Sin embargo, los dirigentes cubanos se indignaban si calificabas de “gratuita” su educación. De inmediato te recordaban que, por el contrario, era muy costosa: se necesitaban edificios, recursos para que funcionasen y profesores, tres factores muy caros. Y eso sin contar el coste indirecto que suponía que los estudiantes no produjesen bienes económicos mientras estaban formándose. Así que nada de gratuita, decían: era el pueblo cubano el que, con gran esfuerzo, sufragaba la formación superior de sus jóvenes. En cambio, cualquier izquierdista español que se precie no dudará en solicitar una educación pública (es decir, estatal), gratuita (muy cara, pero con cargo a los impuestos) y de calidad (pero sin sistemas de selección que la faciliten).
¿Por qué las nominaciones gubernamentales eran buenas en Cuba y malas en España?"
En contrapartida al esfuerzo presupuestario del pueblo cubano, sus gobernantes imponían una serie de restricciones. Así, los rectores eran nombrados por el Consejo de Ministros, recayendo el nombramiento generalmente en algún miembro del Partido Comunista Cubano. De ese modo liberaban a los profesores y a los estudiantes de las degradantes elecciones corporativas internas típicas de las universidades de muchos países capitalistas, entre ellos España. En efecto, yo mismo fue elegido rector de la Universidad de Sevilla por ese lamentable método. En cambio, fui nombrado primer rector de la UPCT por el método cubano: designado por el presidente Valcárcel a propuesta de la consejera Cristina Gutiérrez Cortines. En una segunda etapa, Fernando de la Cierva me mantuvo en el puesto. Incomprensiblemente, casi todos los cubanitos cartageneros protestaron por ese sistema gubernamental de nominación, pidiendo que se celebrasen cuanto antes las elecciones corporativas que, con inflexible criterio, habían eliminado los revolucionarios cubanos desde un principio. ¿Por qué las nominaciones gubernamentales eran buenas en Cuba y malas en España? Como ningún cubanito me lo explicó, aguanté los cinco años previstos en mi nombramiento cartagenero. Eso sí, con el respaldo efectivo de Valcárcel, el nombramiento de Fernando y la aprobación implícita de Fidel Castro.
Por otra parte, los gobernantes cubanos habían implantado un sistema de selectividad universitaria muy exigente. De hecho, solo lo superaban la mitad de los aspirantes (en comparación, más del 90% de los aspirantes superan la selectividad española). Además, los gobernantes cubanos fijaban estrictos cupos para las diferentes titulaciones, que establecían según las previsiones de su economía planificada (en comparación, las universidades españolas fijan libremente el número de plazas de sus titulaciones). Finalmente, tras aprobar unos cursos de bastante calidad teórica, pero muy difíciles, poco más de la mitad de los matriculados lograban graduarse (en España, el 70%). Ya titulados, los cubanos se empleaban en trabajos cuyos modestos salarios eran fijados por el Estado. Eso sí, para trabajar en el extranjero necesitaban un permiso estatal, les retenían el pasaporte para evitar fugas y les confiscaban cerca del 80% de su sueldo para compensar los gastos que hizo el pueblo cubano (y, además, ingresar las divisas que su gobierno necesitaba).
Cualquier candidato a rector español que quiera merecer la etiqueta de cubanito debería pedir a la ministra de Universidades, la socialista Diana Morant, las siguientes medidas: suprimir las elecciones a rector y ser designado directamente por el Gobierno español o en su defecto por el Gobierno regional, implantar un sistema de selectividad que solo aprueben uno de cada dos candidatos, eximir de pagos a los matriculados, fijar cupos en los distintos títulos de acuerdo con las necesidades socioeconómicas, regular exámenes que solo superen la mitad de los matriculados, establecer precauciones a los que quieran emigrar y prohibir las universidades privadas. Puesto que el parlamentario regional Castellanos ha elogiado el sistema sociopolítico cubano, solo me queda preguntarle si, una vez leída la nueva ley de universidades que está tramando el consejero Vázquez, presentará una alternativa que se inspire en el admirable modelo universitario cubano. Algo me dice que no lo hará.