MURCIA. Se nos ha muerto, como del rayo, José Ramón García Erviti, un muchacho navarro que vino a jugar al Real Murcia, algunas temporadas, de cuando La Condomina aún gozaba de las mieles de Segunda División. Lo recuerdo rubio, bajo, bravo y combativo, presto a pasarle la pelota al también ido Ruiz Abellán, y gran amigo suyo, para que éste, tras driblar con su zancada al penúltimo contrario, diese la asistencia definitiva. Eso, por lo común. Luego, en una tarde inolvidable, aún le veo saltar más que Quini, cuando aún militaba en el Sporting, y ganarle, de cabeza, el balón lanzado por la defensa asturiana.
Y, en otro ámbito, también lo recuerdo, estudiante de PREU, en el Instituto, amable con todos, e innovando la costumbre de sentarse en la mesa del pupitre, en los recreos, para charlar con todos, saltando desde el asiento, como una rebeldía blanca, de innovación de costumbres.
José Ramón se vino a vivir a Murcia, más que fichar por el Murcia. Siguió, luego de sus tiempos de jugador, tratando con murcianos amigos, del fútbol y no del futbol, y, por eso lo recordamos muchos, como una corriente de aire fresco y amical, como buen navarro de los de siempre.
Con toda seguridad que él ignoraba, como la inmensa mayoría de los murcianos, que en nuestra Catedral estaba enterrado Jerónimo de Ayanz, otro navarro que se vino a vivir a Murcia, como José Ramón, pero en el siglo XVI. Casó este Jerónimo en esta misma Murcia, con una Dávalos, y aquí vivió doce años, sirviendo al Rey. Y fue ese servicio al Rey quien lo llevó por otros lares hispanos.
Toda la Murcia de aquellos 60 lo recuerda infatigable, con su rubicundez transhumante por los dos centros del campo, el del visitante y el propio"
Quiero imaginarlos juntos ahora, donde ambos estén, celebrando su paisanaje, navarro y murciano; si no a partes iguales, si afectivas y cordiales. José Ramón y Jerónimo vinieron para hacer grande a Murcia y al Reino. Y como buenos navarricos, no es que se aclimataran a lo nuestro, es que se acogieron sin duda ni reparo alguno en nuestro ser cálido y generoso con quien viene con las mejores credenciales: las del corazón.
Descanse en paz, Erviti, como era su nombre de guerra; de guerra en el buen sentido, el de la cordialidad y el del compañerismo. Y que Jerónimo lo acompañe por esos Cielos que el Buen Dios reserva a los navarros cabales que pusieron lo humano por encima de todo.
Toda la Murcia de aquellos 60 lo recuerda infatigable, con su rubicundez transhumante por los dos centros del campo, el del visitante y el propio. Y, esta misma Murcia derrama unas lágrimas de añoranza de una manera de jugar al futbol que nunca morirá: la de las ganas de vencer al adversario.
José Ramón Erviti, descansa en paz; nosotros seguiremos recordando tu entrega y tu entusiasmo nunca decaído.