Durante años hemos intentado resolver la obesidad infantil en un lugar extraño, la consulta del pediatra. Pesamos al niño. Lo medimos. Calculamos su índice de masa corporal. Hablamos de alimentación. Recomendamos ejercicio, menos pantallas, dormir mejor. Y lo citamos de nuevo unos meses después. Todo eso forma parte de nuestro trabajo.
Pero hay un problema. Cuando el niño sale de la consulta vuelve exactamente al mismo mundo del que vino. A la misma calle por la que quizá no puede caminar solo. Al mismo colegio con poco espacio para moverse o sin suficiente sombra. Al mismo barrio con escasas zonas verdes. A la misma oferta alimentaria. A las mismas dificultades familiares para conciliar. Al mismo precio de las actividades deportivas. Al mismo tráfico, los mismos horarios y las mismas desigualdades.
Y seis meses después volvemos a pesarlo.
Quizá deberíamos preguntarnos si estamos colocando demasiada responsabilidad en el lugar equivocado.
Los pediatras también tendremos que cambiar una de nuestras preguntas. Además de preguntar qué come un niño o cuánto ejercicio realiza, quizá deberíamos preguntar "¿Puede realmente esta familia hacer lo que le estamos recomendando?"
En la Región de Murcia, el exceso de peso infantil constituye un problema de especial relevancia. En población de 2 a 17 años, las estimaciones disponibles sitúan el exceso de peso en torno al 28,3% y la obesidad en el 8,9%, cifras por encima de la media española. La situación resulta especialmente preocupante en la edad escolar, donde el estudio ALADINO 2019, con representatividad regional, encontró cerca de un 49% de exceso de peso y alrededor de un 24% de obesidad entre los 6 y 9 años. Los datos disponibles muestran además que el exceso de peso sigue siendo más frecuente en los hogares económicamente más vulnerables. Cuando un fenómeno afecta a más de uno de cada tres niños de determinadas edades, resulta difícil explicarlo únicamente como la suma de decisiones individuales. Esta magnitud convierte a la obesidad infantil no solo en un problema asistencial, sino también en uno de los indicadores prioritarios para evaluar cómo las políticas de infancia, educación, movilidad, deporte, medio ambiente, urbanismo y equidad están contribuyendo a crear —o limitar— oportunidades de salud en la Región y en sus municipios.
Por supuesto que existe enfermedad. Y ahí los pediatras tenemos mucho trabajo por hacer. Hay niños con obesidad grave y otros que, aun sin alcanzar ese grado, presentan hipertensión, alteraciones metabólicas, apnea del sueño, problemas psicológicos, progresión preocupante u otras situaciones de riesgo. Necesitan Medicina. Para ellos no queremos menos Pediatría. Queremos mucha más. Tiempo suficiente. Enfermería. Nutrición. Actividad física terapéutica. Psicología y salud mental. Trabajo social. Especialistas cuando sean necesarios. Tratamientos farmacológicos cuando estén indicados. Seguimiento y continuidad asistencial.
Pero existe otra población mucho mayor cuyo principal problema no es la ausencia de consejos médicos. Es la ausencia de oportunidades para cumplirlos. Y ahí aparece una pregunta incómoda. En el Día de la Pediatría 2026, en el que la Asociación Española de Pediatría ha situado la obesidad infantil y adolescente en el centro del debate, quizá sea también el momento de preguntarnos no solo cómo tratarla mejor, sino dónde y quién debe prevenirla. ¿Tiene sentido organizar la prevención poblacional de la obesidad infantil fundamentalmente desde el sistema sanitario?
Detectar no es medicalizar. Los pediatras debemos seguir vigilando el crecimiento de todos los niños. Tenemos que detectar una trayectoria de peso preocupante, reconocer signos de alarma, identificar enfermedad y decidir quién necesita estudio o tratamiento. Eso es Pediatría.
Pero detectar no significa necesariamente convertir a cada niño con exceso de peso en paciente de un programa médico de obesidad. Una cosa es la vigilancia del crecimiento. Otra es el tratamiento de una enfermedad. Y otra muy distinta es intentar modificar desde una consulta las condiciones sociales y ambientales que están produciendo un problema poblacional.
La propia Organización Mundial de la Salud describe la obesidad como una enfermedad multifactorial y señala que para frenar su crecimiento se necesitan tanto respuestas sanitarias capaces de identificar y tratar la enfermedad como actuaciones multisectoriales sobre sistemas alimentarios, pobreza, actividad física y planificación urbana. Es una distinción importante. Quizá necesitamos separar mejor las responsabilidades.
Podemos recomendar a una familia que su hijo camine más. Pero una calle insegura no se trata en una consulta. Podemos prescribir actividad física. Pero el precio de una instalación deportiva no se modifica con una receta. Podemos aconsejar pasar más tiempo al aire libre. Pero no podemos crear desde el centro de salud un parque cercano, sombra suficiente durante una ola de calor o una ruta segura al colegio. Podemos hablar de alimentación. Pero las condiciones económicas de una familia o el entorno alimentario que la rodea tampoco se resuelven con diez minutos adicionales de educación sanitaria. Cuando el determinante se encuentra fuera de la consulta, una parte sustancial de la respuesta tiene que producirse también fuera de ella. Esto no significa sacar la obesidad de la salud. Significa diferenciar la atención sanitaria de la enfermedad de la prevención poblacional de sus determinantes.
Aquí aparece un actor al que merece la pena mirar con más atención: nos referimos al municipio.
El debate no es municipalizar la Medicina, sino municipalizar la producción de salud
No para convertir el Ayuntamiento en un centro sanitario. Ni para que los alcaldes hagan de médicos. Los municipios tienen capacidad de actuación sobre urbanismo, parques y jardines, contaminación urbana, infraestructura viaria, movilidad y tráfico, salubridad pública, instalaciones deportivas y otros componentes de la vida cotidiana. El propio Ministerio de Sanidad señala que los gobiernos locales se encuentran en una posición privilegiada para crear entornos saludables y menciona expresamente planificación urbana, espacios públicos, movilidad y acceso a zonas verdes y deportivas entre las actuaciones relevantes frente a la obesidad infantil.
El debate no es municipalizar la Medicina, sino municipalizar la producción de salud. Incorporando la producción de salud infantil a todas las áreas que construyen diariamente una ciudad. Que Urbanismo conozca si los niños pueden caminar y jugar con seguridad. Que Movilidad sepa cuántos pueden llegar activamente al colegio. Que Deportes conozca quién queda fuera de sus instalaciones por distancia, horarios o precio. Que Medio Ambiente mida aire, ruido, calor, sombra y acceso a naturaleza. Que Servicios Sociales identifique dónde la pobreza está limitando las oportunidades de salud. Que las escuelas puedan conocer y mejorar sus condiciones ambientales. Y que toda esa información pueda analizarse barrio a barrio. En muchas de estas dimensiones, los alcaldes pueden ejercer un poderoso liderazgo como auténticos ministros de Salud Pública, aunque esta capacidad todavía está insuficientemente incorporada a la acción municipal.
No es una idea ajena a las actuales políticas de salud urbana. El Ministerio de Sanidad dispone de herramientas locales que plantean ciudades pensadas para caminar, introducir naturaleza en los barrios y crear espacios de encuentro y convivencia.
De un programa contra la obesidad a una misión de infancia saludable
Quizá también tengamos que cambiar el nombre de las cosas. Un “programa de prevención de la obesidad” conduce fácilmente a identificar niños, pesarlos, educarlos y seguirlos. Una estrategia de infancia saludable plantea otra pregunta, ¿qué necesita cambiar en este territorio para que crecer saludablemente sea más fácil? El objetivo deja entonces de ser conseguir que un niño concreto cambie su comportamiento y pasa a incluir las condiciones que hacen posibles esos comportamientos. Nos estamos refiriendo a alimentación, movilidad, juego, deporte, sueño, naturaleza, bienestar, condiciones económicas, escuela y espacio público.
La OMS lleva años insistiendo en que la respuesta a la obesidad infantil requiere precisamente la participación coordinada de sectores como educación, alimentación, deporte, medio ambiente, planificación urbana, transporte y políticas sociales, además del sistema sanitario.
La obesidad como indicador centinela de las políticas municipales
Y entonces la báscula adquiere otro significado. La obesidad seguirá siendo un diagnóstico individual cuando corresponda. Pero, a escala poblacional, su evolución puede ayudarnos a observar algo más amplio, cómo están funcionando los lugares donde crecen nuestros niños.
Por eso desde la SPSE proponemos incorporar la prevalencia y evolución de la obesidad infantil como uno de los indicadores centinela de las políticas municipales para la infancia. No para atribuir al Ayuntamiento la causa de una enfermedad multifactorial, sino para conocer si las oportunidades para crecer saludablemente están mejorando. Igual que una ciudad monitoriza la calidad del aire, la movilidad o los accidentes, también debería observar cómo evoluciona la salud de sus niños.
No sería científicamente serio afirmar que un aumento de la obesidad demuestra por sí solo el fracaso de un ayuntamiento. La obesidad es multifactorial. Intervienen políticas nacionales y autonómicas, condiciones económicas, sistemas alimentarios, marketing, factores familiares y biológicos y muchas otras variables. Pero tampoco sería razonable ignorar una evolución desfavorable mantenida. Si durante años aumentan el exceso de peso, la inactividad y las desigualdades infantiles, convendría preguntarse qué está ocurriendo también en las calles, escuelas, parques, instalaciones deportivas y barrios de ese territorio.
Ese indicador nunca debería interpretarse de forma aislada. Debería acompañarse de actividad física, movilidad activa, acceso a zonas verdes y deporte, calidad ambiental escolar, bienestar y vulnerabilidad social, analizados además por barrios.
Porque una ciudad puede mejorar su media mientras algunos niños quedan atrás.
Liberar también tiempo pediátrico
Esta reorganización tendría otra consecuencia que merece ser discutida. El tiempo del pediatra es un recurso sanitario limitado. Dedicar consultas sucesivas a actuaciones educativas de baja intensidad que dependen en gran medida de factores externos puede competir con otras necesidades clínicas (enfermedad crónica, desarrollo, salud mental, vulnerabilidad social y la propia obesidad que realmente necesita atención médica intensiva). Cuando utilizamos repetidamente la consulta para intentar corregir individualmente determinantes colectivos, consumimos un tiempo pediátrico que también necesitan niños con problemas que requieren atención médica.
La pregunta no debería ser simplemente cómo conseguir que Pediatría haga más. También deberíamos preguntarnos qué tareas necesitan realmente un pediatra y cuáles podrían realizarse mejor desde otros sectores. Eso no empequeñece la Pediatría. La hace más precisa. Los pediatras debemos medir y detectar. Debemos diagnosticar. Debemos estratificar el riesgo. Debemos tratar la enfermedad.
Y debemos conectar a las familias con recursos cuando éstos existen. Pero no podemos utilizar la consulta sanitaria como sustituto de políticas públicas que necesitan producirse fuera de ella.
Un nuevo reparto de responsabilidades
Todo exceso de peso debe ser detectado. No todo exceso de peso necesita ser medicalizado. La obesidad clínicamente relevante debe recibir toda la Pediatría que necesite. Y la prevención poblacional debe actuar mucho más intensamente donde transcurre la vida de los niños: familias, escuelas, barrios y comunidades.
La Pediatría debe tratar la enfermedad. Salud Pública debe vigilar y evaluar. Y las políticas educativas, sociales, ambientales y municipales deben transformar las condiciones que favorecen su aparición.
El debate no es municipalizar la Medicina. Es municipalizar la producción de salud. Si queremos que la Pediatría pueda dedicar más tiempo a los niños que realmente necesitan Medicina, tendremos que dejar de utilizar la consulta como sustituto de políticas públicas que deben producirse fuera de ella.
Los pediatras también tendremos que cambiar una de nuestras preguntas. Además de preguntar qué come un niño o cuánto ejercicio realiza, quizá deberíamos preguntar "¿Puede realmente esta familia hacer lo que le estamos recomendando?".
Porque una prescripción imposible difícilmente puede considerarse una buena prescripción.
Quizá entonces dejemos de preguntarnos únicamente cuánto pesan nuestros niños y empecemos a preguntarnos también qué clase de ciudad estamos construyendo para ellos.
La báscula de nuestros niños no mide solamente cuerpos. Bien interpretada, también puede ayudarnos a medir las oportunidades de salud que estamos creando en nuestros barrios.
Juan Antonio Ortega García
Profesor de Pediatría, UMU
Presidente de la Sociedad de Pediatría del Sureste de España
Carmen Vicente Calderón
Pediatra, experta en obesidad compleja, Vicepresidenta SPSE