Opinión

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El pulso de la Historia

El rostro del nazareno: crónica del capuz murciano

"Las imágenes que ilustran este artículo son testimonios de una pieza que se niega a desaparecer: la caperuza o capuz lacio"

Publicado: 03/04/2026 · 06:00
Actualizado: 03/04/2026 · 06:00
  • Nazarenos de Totana, 1890. La caperuza lacia a cara descubierta.
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Caminar por las calles de nuestra Región durante la Semana Santa es asistir a una indispensable lección de Historia, tradición y fe. Mientras el espectador casual podría sentirse deslumbrado por el oro y la seda, el observador atento descubre en la indumentaria nazarena un pasado en conflicto: la identidad murciana contra la hegemonía estética.

Las imágenes que ilustran este artículo —unos nazarenos de Totana en 1890 (Figura 1) y una procesión de Cartagena en 1920 (Figura 2)— son testimonios de una pieza que se niega a desaparecer: la caperuza o capuz lacio.

  • Nazarenos de Totana, 1890. La caperuza lacia a cara descubierta. -

Lo primero que impacta al analizar la fotografía de Totana de finales del siglo XIX es la ausencia de anonimato. A diferencia del canon que hoy domina gran parte de España, el nazareno totanero no oculta su rostro. Porta lo que técnicamente conocemos como capuz romo o caperuza de teja, una prenda que cae por su propio peso, sin estructuras de cartón que fuercen la verticalidad.

Este gorro no es un capricho. Su procedencia es doble y profundamente enraizada en el estrato social de la época. Por un lado, deriva de la vestimenta funcional del campesino de la huerta murciana; por otro, es la herencia directa de las Órdenes Terceras, especialmente la franciscana. Como documenta Campo del Pozo (2013), el "tercerol" o capuz de los laicos franciscanos nació como un símbolo de humildad. Sin embargo, en Murcia y Cartagena, este capuz desarrolló una personalidad propia: el rechazo al antifaz. Aquí, la penitencia no era un acto de vergüenza que requiriera esconderse, sino un testimonio público de fe y pertenencia gremial.

  • Nuestro Padre Jesús Nazareno, titular de la cofradía Marraja, acompañado por nazarenos y portapasos en Cartagena. 1920. -

La historia de por qué hoy vemos tantos rostros cubiertos y capirotes afilados está muy vinculada al control estatal. En el siglo XVIII, el espíritu de la Ilustración miró con sospecha las procesiones barrocas. Al monarca Carlos III le inquietaba el desorden y, sobre todo, el anonimato de los flagelantes. Bajo el pretexto de la "decencia pública", emitió la Real Provisión de 1777, prohibiendo los disciplinantes y los rostros cubiertos (Domínguez Ortiz, 2005).

Irónicamente, fue esta persecución del anonimato la que, con el tiempo, daría alas al modelo opuesto. Con el regreso del absolutismo de Fernando VII, las cofradías no solo recuperaron su espacio, sino que iniciaron un proceso de "monumentalización". El nazareno de la huerta, de túnica corta y capuz lacio, empezó a ser visto como "poco elegante" frente al nuevo modelo que bajaba desde Despeñaperros: el capirote andaluz.

Es fundamental entender que el capirote puntiagudo que hoy vemos en la mayoría de cofradías de Murcia y el resto de España tiene un origen oscuro. Deriva de la coroza inquisitorial, un cono de cartón que se imponía a los condenados por el Santo Oficio para su escarnio público (Sánchez Herrero, 1999).

¿Cómo pasó un símbolo de humillación a ser el estándar de la elegancia cofrade? La respuesta está en la Sevilla del siglo XIX. Como analiza la antropóloga Encarnación Aguilar (1983), las hermandades andaluzas acometieron una "reinvención" estética. Tomaron la vieja coroza, la cubrieron con telas nobles y le añadieron el antifaz, transformando el cono de la vergüenza en una "saeta espiritual" que apunta al cielo. Este modelo, por su fastuosidad y capacidad de generar un orden visual absoluto en las filas, fue exportado con éxito masivo, desplazando a las caperuzas tradicionales de regiones como la nuestra hacia los márgenes de la historia o hacia puestos de "mayordomía".

A pesar de esta presión estética, la imagen de Cartagena de 1920 nos recuerda que el capuz lacio fue muy común durante siglos en el Levante. En Cartagena, este capuz ha sobrevivido especialmente en los tercios de granaderos y en ciertas indumentarias que evocan el pasado militar y gremial de la ciudad portuaria.

Pero es en Totana donde la caperuza alcanza su grado de reliquia cultural. Al mantener el rostro descubierto y la tela lacia, Totana conserva una forma de entender la religión: la del hombre que se presenta ante su Dios tal cual es, sin armazones que oculten su identidad ni cartones que falseen su estatura. Es la victoria de la estameña sobre el raso rígido.

Así que, cuando veamos al nazareno de Totana con su caperuza al hombro y su rostro al aire, o un veterano cartagenero con su capuz lacio, no pensemos que están "incompletos" por no llevar punta. Ellos son los guardianes de una bellísima tradición. El capirote será, quizás, más estético para la fotografía, pero la caperuza de 1890 guarda el sudor, la historia y la verdadera alma huertana.

 

Patrocinio Lorente Peinado

Doctora en Historia Contemporánea y profesora de Formación Profesional en Alguazas

 

Referencias bibliográficas

  • Aguilar Criado, E. (1983). Las hermandades de Sevilla en el siglo XX. Universidad de Sevilla.
  • Campo del Pozo, F. (2013). El tercerol y el encuentro de Cristo resucitado con Santa María de la Esperanza y del Consuelo en Zaragoza. En El Patrimonio Inmaterial de la Cultura Cristiana (pp. 551-568). Ediciones Escurialenses.
  • Domínguez Ortiz, A. (2005). España: Tres milenios de historia. Marcial Pons Historia.
  • García de Paso Remón, A., & Rincón García, W. (1981). La Semana Santa en Zaragoza. Editorial Everest.
  • Sánchez Herrero, J. (Ed.). (1999). La Semana Santa en España. Sílex Ediciones.
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