Opinión

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El gato en la talega

La espiritualidad sin balcón de una Semana Santa en Cartagena

"En un país como el nuestro, que vivió largos periodos de laicismo práctico, la Semana Santa fue, paradójicamente, el lugar donde la espiritualidad sobrevivió sin estridencias, sin extremos y sin apropiaciones"

Publicado: 02/04/2026 · 06:00
Actualizado: 02/04/2026 · 06:00
  • Procesión de las Promesas de la Santísima Virgen de la Piedad.
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Mirar desde el balcón no es lo mismo que mirar desde la calle. Desde arriba todo aparece ordenado, limpio, como un cuadro que se despliega bajo tus pies. Sin embargo, entre las aceras a pie de calle, los aplausos, las capas que apenas rozan y mueven el aire, las personas, conocidas o no, se enlazan por una emoción que las conecta. Es en este lugar donde la procesión se siente viva, inesperada.

Vivir desde la distancia frente a implicarse; observar frente a formar parte; comodidad frente a exposición. Son elecciones personales, como elegir una forma de estar. Desde el balcón uno decide cuándo apartarse y no ser visto, manteniendo la interpretación unilateral de lo que percibe. En la calle, esta distancia que funciona como escudo protector de una imagen ya no es posible. Porque en este lugar habitado formas parte de algo que no controlas del todo. 

Con el tiempo, la asepsia de la distancia te hace ser indolente. Porque pierdes los detalles capaces de involucrarte: un aroma, una sonrisa del desconocido de al lado, el tacto enguantado de la mano de la nazarena, el par de besos tan nuestro. A veces también conocemos historias de las personas que están junto a tu hombro, felices o tristes, pero con arraigo. Coincidentes en algunos puntos en una ciudad que vive la Semana Santa como lo hace Cartagena.

 

La Semana de Pasión ofrece un raro territorio neutral: el de la espiritualidad sin dueño"

 

Pero hay algo más: un lugar al que se accede desde otra posición. Un espacio distinto, silencioso, vacío y lleno a la vez, en el que la procesión deja de ser algo que se mira, para convertirse en algo que se vive de otra manera. Un templo.

La Semana Santa nació, y se sostuvo durante siglos, como un espacio de oración compartida, de recogimiento comunitario, de encuentro entre personas que buscaban un sentido, no una bandera. En un país como el nuestro, que vivió largos periodos de laicismo práctico, la Semana Santa fue, paradójicamente, el lugar donde la espiritualidad sobrevivió sin estridencias, sin extremos y sin apropiaciones.

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En su pilar está el reencuentro de la espiritualidad. En Viernes Santo y Sábado de Gloria las iglesias abiertas acogen con su silencio habitado. Mientras en el presbiterio se celebran los Oficios, hay un espacio para meditar, incluso para quienes tiene el prefrontal saturado. La luz es tenue, se ve el murmullo de la liturgia, la comunidad está dispersa, pero presente, y el tiempo queda suspendido. En ese lugar y momento la Semana Santa se percibe como un refugio, un encuentro inaplazable, y la mirada se vuelve hacia dentro. Rebota en la cúpula, el mármol, los bancos de madera.

La Semana de Pasión ofrece un raro territorio neutral: el de la espiritualidad sin dueño. Ni la Iglesia como arma política ni el ateísmo como reacción, tampoco la comparativa con otras religiones en este contexto tan particular. Cada cual está con su mirada en su propia historia. En España, La Semana Santa, y la cartagenera en particular, no nació como un acto de poder para mirar desde el balcón, sino como una forma de sostener la fe en tiempos en que la religiosidad popular era el único espacio accesible para la mayoría. Ni clericalismo. Ni militancia. Era, y es, pueblo.

 

La Semana Santa ha sobrevivido porque nunca fue excluyente"

 

En los siglos XIII y XV, ya fuera por las devociones franciscanas centradas en la Pasión, por las cofradías de laicos o por el teatro religioso necesario ante un pueblo que no sabía leer, la Semana Santa comenzó a desarrollarse en España. Surgía como identidad comunitaria y expresión popular de la mano de una espiritualidad accesible. En los siglos XIX y XX, entre desamortizaciones, anticlericalismo y un laicismo creciente, la religiosidad popular que contiene la Semana Santa se consolida como refugio cultural, con o sin doctrina. En este espacio la fe cristiana se mantuvo sin extremismos con muchos participantes que no eran practicantes.

La Semana Santa ha sobrevivido porque nunca fue excluyente. Como una iglesia en silencio no lo es, estos siete días del calendario cristiano no pertenecen a extremos ideológicos, porque nunca nacieron de ellos. La historia de Jesús es la historia del pueblo, con sus luces y sombras. Contar con espacios de oración y meditación son un recordatorio de que la espiritualidad no pertenece a ningún partido, y que la Semana Santa no necesita ser defendida desde los extremos porque nunca fue suya.

Así se explica por qué hoy, en una sociedad secularizada, sigue habiendo un deseo profundo de entrar en un templo en silencio, aunque uno no se defina como creyente. Su fuerza histórica está en la oración interna, no pronunciada, que permite recuperar a esta sociedad secularizada, avanzar hacia los espacios interiores. Ya sean templos abiertos, oficios accesibles, silencio compartido o la belleza de mostrar lo que es ser humano, en su sufrimiento y esperanza. Lugares que de ninguna manera podrán ser el Despacho Oval, el Kremlin, la Oficina del Líder Supremo o la Oficina del Primer Ministro. Los templos son lugares de encuentro personal, de pasión y muerte, y de resurrección y vida.

La modernidad no trata de renunciar a lo sagrado ni convertirlo en arma, sino en permitir que siga siendo un lugar en la ciudad, en el pueblo, en la ruta perdida, para encontrarse. Y tener, por fin, la certera visión panorámica

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