Opinión

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WOMEN TALKS: APRENDIENDO DE ELLAS / CÁTEDRA MUJER EMPRESARIA Y DIRECTIVA

El consejo que no se ve: comunicación, dinámica y el arte de presidir bien

"La verdadera vida de un consejo de administración no transcurre en los organigramas ni en los reglamentos: transcurre en la sala"

Publicado: 19/04/2026 · 06:00
Actualizado: 19/04/2026 · 06:00
  • Mirian Izquierdo, en el programa Liderando el Consejo.
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Cuando se habla de gobierno corporativo, la conversación suele derivar, casi inevitablemente, hacia las estructuras: cuántos consejeros independientes hay, qué comisiones existen, si el presidente y el consejero delegado son o no la misma persona. Son preguntas pertinentes. Pero se quedan en la superficie.

La verdadera vida de un consejo de administración no transcurre en los organigramas ni en los reglamentos. Transcurre en la sala. En lo que se dice y en lo que se calla. En quién habla primero y durante cuánto tiempo. En si el presidente convoca a reflexión o impone su criterio. En si la agenda es una herramienta de gobierno o un ritual vacío. En definitiva, en algo que el marco normativo jamás podrá codificar del todo: la dinámica humana.

La paradoja del talento colectivo

El investigador Peter Senge formuló una pregunta que debería incomodar a cualquier consejero: ¿cómo puede un equipo cuyos miembros tienen cocientes intelectuales individuales superiores a 120 terminar funcionando con un cociente colectivo de 60? La respuesta no es un misterio académico. Es el resultado de relaciones mal gestionadas, de jerarquías informales no reconocidas, de silencios estratégicos y de reuniones donde nadie dice lo que realmente piensa.

 

El gobierno corporativo tiene más que ver con el comportamiento humano que con estructuras, normas y reglamentos"

 

Los consejos de administración son grupos de élite que toman decisiones episódicas sobre asuntos de enorme complejidad. Tienen poco tiempo, muchos miembros y restricciones formales que a menudo dificultan el debate genuino. El resultado es que el comportamiento real del consejero —influido por la percepción de su estatus, por los juegos de poder, por el miedo a disentir— se aleja con frecuencia del comportamiento racional que todos asumen.

El gobierno corporativo tiene más que ver con el comportamiento humano que con estructuras, normas y reglamentos. Reconocerlo no es una crítica al sistema: es el primer paso para mejorarlo.

Comunicar bien, o no gobernar

En este contexto, la comunicación no es un instrumento auxiliar del consejo. Es su columna vertebral. Qué se debate, entre quiénes, con qué información y con cuánta antelación: estas decisiones determinan, en gran medida, la calidad de las decisiones que se toman.

Y sin embargo, la comunicación interna de los consejos sigue siendo, en demasiados casos, deficiente. Los temas más relevantes —el largo plazo, la cultura organizativa, los riesgos emergentes— ceden protagonismo a los asuntos rutinarios y a la rendición de cuentas del pasado. Se discute siempre lo mismo. Lo urgente desplaza a lo importante. Y lo que nadie pone sobre la mesa —porque incomoda, porque cuestiona al equipo directivo, porque implica conflicto— simplemente no existe.

El consejero verdaderamente proactivo es aquel que se hace las preguntas que nadie hace: ¿qué no me está contando el equipo ejecutivo? ¿qué amenazas externas no se reflejan en nuestras conversaciones? ¿qué confianza real existe entre los miembros de este consejo? Son preguntas incómodas. Pero son precisamente las que distinguen a un consejo que gobierna de uno que simplemente se reúne.

La agenda como acto de gobierno

Hay una frase que merece ser tomada en serio: “quien controla la agenda, controla el consejo”. No es una exageración. La agenda no es un índice de reunión. Es una declaración de prioridades. Y su diseño revela, con más honestidad que cualquier discurso, qué tipo de consejo se quiere ser.

Existen, a grandes rasgos, tres formas de gestionar la agenda. La rutinaria, que repite el mismo esquema reunión tras reunión; la liderada por el presidente, que concentra en una sola persona la decisión sobre qué merece tiempo y atención; y la profesional, que construye la agenda a partir del consenso, cuida el equilibrio entre los temas y garantiza espacio suficiente para el debate de fondo.

La diferencia entre estas tres aproximaciones no es meramente técnica. Es política, en el mejor sentido de la palabra: define quién tiene voz, qué se considera prioritario y cómo se distribuye el poder en la sala.

El presidente: primero entre iguales, no el primero sobre todos

Ninguna figura es más determinante para el buen funcionamiento de un consejo que su presidente. Y, sin embargo, pocas están más sujetas a malentendidos.

El presidente no es, o no debería ser, el director general de la empresa vestido de consejero. Su función es presidir el consejo, no la compañía. Esto implica garantizar que todos los asuntos relevantes lleguen a la mesa, que todos los consejeros —independientemente de su perfil o antigüedad— tengan voz real, que los desacuerdos se gestionen con inteligencia y que las reuniones sean, en palabras de quienes han estudiado este ámbito, "auténticas experiencias de aprendizaje".

Un presidente eficaz no lidera desde la cima de una jerarquía. Lidera como primus inter pares: el primero entre iguales, que ejerce autoridad a través de la confianza y el respeto ganados, no de la posición ocupada. Esa distinción, aparentemente sutil, lo cambia todo: el tono de las reuniones, la disposición de los consejeros a discrepar, la capacidad del consejo para renovarse.

Un presidente que domina la sala puede dar la sensación de eficiencia. Un presidente que abre la sala consigue algo mucho más valioso: que el consejo piense mejor que cualquiera de sus miembros por separado.

Lo que los reglamentos no ven

El gobierno corporativo lleva décadas refinando sus marcos normativos. Código tras código, recomendación tras recomendación, los reguladores han trabajado para que los consejos sean más independientes, más diversos, más transparentes. Es un avance real. Pero insuficiente.

Porque ningún código puede legislar sobre la confianza. Ningún reglamento impide el pensamiento de grupo. Ninguna norma garantiza que en la sala haya debate genuino o que el presidente sea el líder que el consejo necesita.

Todo eso depende de las personas. De su madurez, de su honestidad intelectual, de su disposición a anteponer el interés colectivo al propio. Y de algo que a menudo se subestima: de saber comunicarse bien, en el momento adecuado, sobre los temas que de verdad importan.

Un consejo que comunica bien, que gestiona su dinámica con inteligencia y que cuenta con un presidente a la altura de su responsabilidad no necesita más normas. Necesita conciencia. Y eso, por fortuna, sí se puede cultivar.

 

Mirian Izquierdo.

PhD. Presidenta de la Fundación Woman Forward. CEO de Comerciando global. Forum Leader de REF y consejera independiente. Co-autora de Research Handbook of boards of directors, Getting Women to the top: Gender bias challenges y de varios libros y artículos sobre gobierno corporativo y diversidad.

Esta columna recoge ideas desarrolladas en su sesión formativa "Liderando el Consejo" en la Universidad de Murcia (2026).

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