Solo el odio, la ira o la enajenación mental pueden contribuir a descerrajar diez disparos a quemarropa a un ser humano reducido, desprotegido e inofensivo. Esa acción hiperbólica, propia de un terrorista, adquiere una dimensión aún más perturbadora cuando sabemos que se ha cometido a manos de un agente federal autorizado para defender la ley y el orden.
Los trágicos episodios que estamos viendo en directo estos días en EEUU nos llevan inexorablemente a revivir algunos de los capítulos más dramáticos del pasado. La historia reciente parece servir de inspiración al líder ideológico de esa manada de asesinos, quien, sin pestañear, se considera un dictador, como nos reveló en Davos hace unos días. Al igual que los matones del ICE, los oficiales de las SS de la Alemania nazi operaron legalmente con la impunidad y los métodos oscuros que todos conocemos. En el año 1925, la guardia pretoria de Hitler no tenía como objetivo principal desarrollar un plan de exterminio de las minorías que le estorbaban, como sí hizo a partir de 1933. Sin embargo, durante esos años previos, usó la violencia, el acoso, el terror y la mentira con fines políticos y torturó y asesinó a opositores políticos y judíos con total arbitrariedad.
Podemos recordar también cómo actuaban las camisas negras arengadas por Mussolini o la siniestra Cheka bajo las órdenes de Lenin. Sin embargo, no solo en la Europa del siglo XX podemos encontrar paralelismos con lo que está ocurriendo en nuestros días. Sin salir de Norteamérica, descubrimos sucesos desgarradores ocasionados por aquellos salvajes deshumanizados que vestían caperuzas blancas para linchar y matar a ciudadanos afroamericanos en nombre del Ku Klux Klan. Pero lo más grave es que lo hicieron con el apoyo fanático de gobernadores, legisladores, sheriffs y una amplísima parte de la población del país. Un pueblo que tiene sus raíces en pueblos indígenas y colonos europeos, ¿cómo pudo y puede ser racista? Paradojas inexplicables que carga el diablo.
Volviendo a la actualidad, el ICE está siguiendo un patrón similar al de estas bandas criminales que, arropadas por la legalidad y blanqueadas por una retórica y una propaganda de libro, reducen la moral y anulan la capacidad crítica de una sociedad anodina que termina justificando la violencia en defensa del orden.
Los contrapesos democráticos de Estados Unidos existen, y afortunadamente, no todos están secuestrados por el megalómano de Trump, pero, ¿por qué no están funcionando con la celeridad que merece un asalto a la democracia como el que se está viviendo? ¿Por qué no están frenando esta escalada de crueldad e intimidación que a diario imponen los halcones de MAGA ante el asombro de los demócratas?
Esta involución histórica que estamos viviendo es brutal y repugnante. Lo que creíamos olvidado reaparece como un nuevo sistema político opresor que, para hacer a América grande de nuevo, necesita rodearse de grupos armados organizados que matan, intimidan y humillan a los más vulnerables de la manera vil y cobarde.
Cada disparo de los paramilitares del ICE, cada víctima indefensa, es un recordatorio de que puede resurgir un pasado que creíamos amortizado. ¿Estamos a las puertas de un acontecimiento similar al incendio del Reichstag que permita a Trump, y a su tropa, evolucionar de manera legítima hacia formas todavía más represivas y seguir borrando derechos civiles en favor de la libertad?
La rabia y la indignación ante la represión a los inmigrantes y las ejecuciones 'legales' a sangre fría que estamos viendo deben convertirse en la pólvora emocional que empuje a los ciudadanos a luchar por una justicia social y un empoderamiento democrático fundamentales para liberar a un país de los nuevos escuadrones de la muerte a los que no les temblaría el pulso en secundar un nuevo genocidio para salvaguardar el poder de su irrespirable monopolio supremacista.