Soy optimista por naturaleza. Lo reconozco. Pero los datos son tozudos, y cuando uno se enfrenta a las cifras del padrón municipal, el optimismo debe ceder paso al análisis. Cartagena, la segunda ciudad de la Región de Murcia, la décima municipalidad de España por extensión, una ciudad portuaria con tres mil años de historia, crece a un ritmo que, comparado con sus vecinas del litoral mediterráneo, solo puede calificarse de preocupante. El Ayuntamiento de Cartagena acaba de publicar los datos del padrón municipal a 1 de enero de 2026: 222.559 habitantes. En 2016 eran 216.027. En una década, la ciudad ha ganado 6.532 personas, exactamente un 3 por ciento. Un ritmo que, si se mantuviera así, necesitaría tres siglos para duplicar la población. Pero estas cifras alcanzan su real dimensión cuando se les compara. Y es ahí en donde la realidad se vuelve incómoda.
Alicante, ciudad mediterránea como Cartagena, con perfil portuario, turístico e industrial, contaba con unos 330.000 habitantes en 2016. El padrón de enero de 2026 la sitúa ya en 375.600 habitantes. Su crecimiento en el mismo período es del 13,8 por ciento, cuatro veces más rápido que Cartagena, ganando 4.024 habitantes por año. Su alcalde proyecta superar los 500.000 habitantes hacia 2050. Elche, ciudad industrial, rondaba los 228.000 habitantes en 2016 y supera hoy los 240.000, con un aumento en torno al 5 por ciento, casi dobla el ritmo de crecimiento de Cartagena. Murcia capital tenía en 2016 exactamente 440.993 empadronados. Hoy llega a 462.979, un incremento cercano al 5 por ciento. Es verdad que son datos moderados para una capital de una comunidad autónoma uniprovincial, pero que casi dobla la evolución de la ciudad portuaria.
Alicante, ciudad mediterránea como Cartagena, con perfil portuario, turístico e industrial, contaba con unos 330.000 habitantes en 2016. El padrón de enero de 2026 la sitúa ya en 375.600 habitantes. Su crecimiento en el mismo período es del 13,8 por ciento, cuatro veces más rápido que Cartagena, ganando 4.024 habitantes por año.
Lorca, que siendo golpeada por el terremoto de 2011 y partiendo de una situación frágil, ha pasado de unos 91.000 a 97.151 habitantes, un 6,75 por ciento de crecimiento poblacional. Lorca crece más del doble que Cartagena. Y, por último, Almería. Su inclusión refuerza la tesis de que el crecimiento de Cartagena es inusualmente lento. Almería, que comparte con la ciudad portuaria un pasado ligado a la minería, una fuerte presencia agrícola en su entorno y una dependencia histórica de sus infraestructuras, ha logrado crecer un 4,59% en el mismo periodo. Este dato es especialmente revelador por dos motivos: Uno, la diferencia de ritmo, Almería crece un 50% más rápido que Cartagena. Ha consolidado su posición superando la barrera de los 200.000 habitantes con mayor solidez. Dos, el espejo mediterráneo: Almería sufre problemas de comunicaciones ferroviarias similares a los de Cartagena. Sin embargo, su capacidad para dinamizar el sector servicios y el turismo parece estar dándole un sólido impulso demográfico. En el siguiente cuadro, muestro los datos comentados:

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La pregunta pertinente no es si Cartagena puede crecer, sino por qué no lo hace al ritmo que le corresponde. Una ciudad de su envergadura —histórica, portuaria, industrial, universitaria, turística, con uno de los centros históricos más ricos del Mediterráneo— debería albergar perfectamente los 280.000 habitantes. La estructura urbana lo permite. La orografía, también. Entonces, ¿qué frena ese crecimiento?:
El primero y más persistente cuello de botella son los déficits en infraestructuras de transporte. El problema ferroviario de Cartagena es una realidad objetiva que coloca a la ciudad en desventaja competitiva frente a otras urbes que cuentan con conexiones de alta velocidad o corredores bien articulados. Mientras Alicante se consolida como nodo de movilidad y atracción de talento, Cartagena sigue aguardando inversiones que se anuncian y se aplazan.
La pregunta pertinente no es si Cartagena puede crecer, sino por qué no lo hace al ritmo que le corresponde. Una ciudad de su envergadura —histórica, portuaria, industrial, universitaria, turística, con uno de los centros históricos más ricos del Mediterráneo— debería albergar perfectamente los 280.000 habitantes. La estructura urbana lo permite. La orografía, también. Entonces, ¿qué frena ese crecimiento?:
El segundo es el urbanístico. Cartagena acumula solares sin edificar en zonas céntricas y de expansión natural. El eje urbano que va desde el estadio Cartagonova hasta el entorno del pabellón deportivo y el centro comercial, concentra parcelas que llevan años vacías, pendientes de desarrollos urbanísticos que no terminan de materializarse. Son suelo urbano consolidado, con todos los servicios. Y mientras ese suelo permanece improductivo, las familias recién constituidas que buscan donde instalarse, miran hacia otros municipios y pedanías del Campo de Cartagena o hacia otras ciudades del arco mediterráneo.
Y, el tercero y último, el industrial. Cartagena tiene un tejido industrial de baja intensidad en mano de obra cualificada. El término municipal posee un sector secundario potente en términos de PIB, pero no está logrando actuar como el motor de atracción demográfica que la ciudad necesita para dar ese salto hacia los 300.000 habitantes. Mientras que el modelo industrial histórico de la ciudad —ligado a la minería y la industria pesada— generaba grandes volúmenes de empleo, la estructura actual presenta carencias críticas que frenan el crecimiento poblacional. Gran parte de la industria instalada es de capital intensivo, pero de baja capacidad en generación de nuevos puestos de trabajo que atraigan flujos de trabajadores externos. Necesitamos una industria que no solo sea eficiente, sino que sea capaz de absorber y demandar trabajadores de forma constante. Además, una ciudad universitaria como la nuestra no puede permitirse que sus jóvenes sigan mirando hacia fuera. El cuello de botella reside en la incapacidad de atraer "talento nacional e internacional" con una oferta de salarios dignos que compita con los nodos del arco mediterráneo más próximos como Alicante y Almería.
Es justo reconocer que la inmigración ha sido en estos años el principal motor del crecimiento demográfico. La población extranjera ha pasado de unos 25.500 residentes en 2016 a 28.818 en 2026, con un incremento cercano al 13 por ciento. Este fenómeno es positivo en términos de renovación poblacional y de incorporación de mano de obra. Además, Cartagena ha sabido integrarlo con normalidad. Pero el aporte migratorio no puede ser el único argumento de una ciudad que aspira a más.
Es justo reconocer que la inmigración ha sido en estos años el principal motor del crecimiento demográfico. La población extranjera ha pasado de unos 25.500 residentes en 2016 a 28.818 en 2026, con un incremento cercano al 13 por ciento. Este fenómeno es positivo en términos de renovación poblacional y de incorporación de mano de obra. Además, Cartagena ha sabido integrarlo con normalidad. Pero el aporte migratorio no puede ser el único argumento de una ciudad que aspira a más. Una ciudad de referencia necesita también atraer talento nacional, e internacional y sobre todo retener a sus propios jóvenes. Sigo siendo optimista. Pero el optimismo sin datos es voluntarismo. Cartagena tiene todo para ser una gran ciudad: historia, posición geoestratégica, universidad, industria, puerto, clima, patrimonio. Lo que le falta es una agenda clara de infraestructuras, un planeamiento urbanístico ejecutado y sobre todo la voluntad política de estar a la altura de lo que la ciudad se merece.