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Empresas con alma y propósito

Aprender a bajarse de un caballo muerto

"La cuestión no es cuántas veces tomamos decisiones acertadas en la vida, sino qué hacemos cuando sabemos que nos hemos equivocado y ya no vamos por el camino correcto"

Publicado: 06/05/2026 · 06:00
Actualizado: 06/05/2026 · 06:00
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¿Se imagina seguir invirtiendo tiempo, dinero y esfuerzo en algo que, en el fondo, ya sabe que no va a funcionar? No hablamos de falta de información ni de errores de cálculo. Hablamos de algo mucho más incómodo: la dificultad de aceptar que un proyecto, una decisión o incluso una etapa de la vida ha llegado a su fin. En el mundo empresarial existe la metáfora del caballo muerto, para describir esta situación.

Esta metáfora parte de una idea tan evidente que resulta casi incómoda: cuando descubres que estás montando un caballo muerto, la decisión más inteligente es bajarte. No hay recorrido, no hay avance posible, no hay estrategia que lo reactive. Sin embargo, en la práctica ocurre justo lo contrario. Se cambia al responsable, se incrementa la inversión, se crean comités de seguimiento o se redefine el problema para hacerlo encajar. El resultado es siempre el mismo: se alarga una decisión que desde hace tiempo tuvo que ser tomada.

Persistir en un proyecto que no funciona rara vez responde a un análisis racional. Nos pesa lo invertido, nos cuesta reconocer el error o nos influye lo que puedan pensar los demás. Sin darnos cuenta, terminamos sosteniendo decisiones que ya no tienen sentido. Sabemos que deberíamos parar y cerrar, pero seguimos adelante. Porque, en el fondo, no estamos gestionando proyectos, estamos gestionando identidades. Cada decisión que tomamos acaba formando parte de cómo nos vemos y de cómo queremos que nos vean. Por eso cuesta tanto soltar y desapegarse. No es solo cerrar una etapa; es aceptar que una parte de nuestra apuesta personal no ha funcionado. Precisamente ahí es donde aparece nuestra mayor resistencia, con el fin de justificar o buscar una última opción para convencernos de que no nos hemos equivocado.

 

Gestionar el fracaso no consiste en evitarlo ni en maquillarlo; consiste en saber reconocerlo a tiempo"

 

Cuando los datos ya no dejan lugar a la duda —cuando los números se deterioran, cuando el esfuerzo no se traduce en resultados y cuando la realidad se impone— el problema deja de ser técnico. Pasa a ser personal. En ese momento ya no se trata de saber qué hay que hacer; se trata de tener el coraje de hacerlo. Sabemos que seguir no tiene sentido, pero nos cuesta soltar. Y es ahí donde aparece la trampa: seguir invirtiendo no para avanzar, sino para no asumir la decisión.

Hace poco, hablando con un empresario amigo, me contaba su situación. En 2021, tras la pandemia, decidió montar una empresa de servicios de telefonía móvil y telecomunicaciones. Al primer año ya vio que las cosas no iban bien. Al segundo, con los cambios del mercado y la irrupción de nuevas tecnologías, la situación se volvió claramente negativa. Aun así, hoy sigue manteniendo el negocio. Ha tenido que hipotecar su casa para sostenerlo y continúa justificándolo: lo que ya ha invertido, el esfuerzo realizado, el hecho de que su hijo trabaja allí y se quedaría sin empleo. Y, sin embargo, la realidad es clara: la empresa pierde dinero. El caballo lleva tiempo muerto, pero él sigue montado.

Todos hemos visto situaciones así. Empresas que siguen financiando proyectos que no funcionan, profesionales que se aferran a decisiones que ya no tienen recorrido, relaciones que se mantienen por inercia aunque hace tiempo que dejaron de tener sentido. No es falta de información. Es dificultad para aceptar lo evidente.

Por eso, gestionar el fracaso no consiste en evitarlo ni en maquillarlo. Consiste en saber reconocerlo a tiempo. Mirarlo de frente, ponerle nombre y decidir en consecuencia. Salir de un proyecto que no funciona, cerrar una empresa o poner fin a una etapa no es rendirse. Es liberar recursos —emocionales, económicos y vitales— que siguen atrapados en una decisión que ya no tiene sentido. Lo invertido no se pierde si ha servido para aprender. Se pierde cuando se convierte en una excusa para seguir equivocándose.

Al final, la cuestión no es cuántas veces tomamos decisiones acertadas en la vida, sino qué hacemos cuando sabemos que nos hemos equivocado y ya no vamos por el camino correcto. Porque hay decisiones que no se miden por su continuidad, sino por la lucidez de saber cuándo terminan. Y quizá la más importante de todas sea esta: entender que bajarse a tiempo de un caballo muerto no es fracasar. Es rectificar y empezar a decidir mejor.

 

Dr. Pedro Juan Martín Castejón

Miembro del Consejo Directivo de Marketing y Comercialización (CGE)

Profesor de Marketing en la Universidad de Murcia y ENAE Business School

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