En la novela de Miguel Delibes Cinco horas con Mario, la protagonista viene a susurrar en las horas más oscuras: la muerte no avisa, Mario. Y sin embargo nunca hubo una tragedia más advertida que la de Adamuz.
La Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios ya había alertado de problemas en la línea Madrid–Sevilla y emitido recomendaciones técnicas tras incidentes previos, los maquinistas lo llevaban alertando durante muchos meses y circulan por redes sociales numerosos vídeos de pasajeros que dejaban testimonio del mal estado de las vías, las numerosas incidencias -cada vez más habituales- y las pésimas condiciones de los trayectos. No eran profecías apocalípticas, sino advertencias profesionales, alertas y avisos de lo que podía ocurrir. Mejorar el mantenimiento, reforzar inspecciones, mejorar la trazabilidad de componentes críticos y demás actuaciones requeridas era necesario y urgente, pero no se atendió debidamente.
Cuando el poder se niega a escuchar a quienes advierten, el precio es irreparable. El Gobierno lo sabía. El sistema fue advertido. Pero la prevención nunca tiene la urgencia política de inauguración ni el brillo presupuestario de una gran obra.
“No se podía saber”, nos repetían durante la pandemia. En Adamuz queda constancia de que no solo se sabía sino que -y esto es lo más doloroso- se podía haber evitado. Este hecho lo cambia todo porque la falta de diligencia -cuando no la negligencia misma- ha costado vidas.
Unas palabras martillean hoy nuestra memoria. Cada vez que conocíamos una nueva noticia del caos ferroviario que lleva años ensombreciendo a nuestro país, pensábamos: "Un día va a pasar una desgracia". Jamás nadie quiso que estas palabras fueran tan premonitorias. Hoy nos preguntamos todos: "¿Por qué no se actuó y por qué nos mienten?". Y sobre todo: "¿Cuántas vidas se podrían haber salvado si se hubieran atendido las advertencias y si se hubiera actuado correctamente?”
La dignidad institucional empieza por asumir errores, no por blindarse retóricamente"
El accidente ferroviario de Adamuz no es solo una catástrofe humana —familias rotas, vidas quebradas, historias detenidas en el tiempo— sino un fracaso en la gestión que el Gobierno de España ha tratado de convertir en un problema de comunicación. Y cuando la política se centra en el relato y no en la verdad, la miseria moral entra en el escenario.
Tras la tragedia, el ministro de Transportes, Óscar Puente, defendió que la línea estaba “renovada” y que las inspecciones se realizaban dentro de los estándares. Más tarde matizó que “renovación integral” no significa sustitución completa de la vía. Si la palabra deja de tener valor y se retuerce hasta el paroxismo, el lenguaje deja de informar, la semántica se utiliza como una burda coartada y la maquinaria del relato empieza a proteger al poder. ¿Qué no estaría diciendo el PSOE ahora mismo si otro partido político hubiera eliminado como ellos lo hicieron la Unidad de Emergencias que atendía la red ferroviaria o hubiera mentido? El iceberg no fue el problema, lo fue la incompetencia y la arrogancia. No era un cisne negro, era un gran rinoceronte gris, el elefante que llevaba demasiado tiempo en la habitación y al que no quisieron ver.
Con la tragedia de Adamuz se han echado en falta muchas cosas: gestión, transparencia, verdad, empatía, sensibilidad y autocrítica. También la presencia de un Pedro Sánchez que por una vez estuviera a la altura y diera la cara. Cada crítica ha sido respondida por parte del Gobierno con la palabra "bulo", atacando incluso a los medios de comunicación. Es el equivalente contemporáneo al Ministerio de la Verdad de Orwell, donde no se rebate el argumento sino que se desacredita al mensajero. Pero la democracia no funciona así. La transparencia no consiste en enumerar actuaciones, sino en explicar decisiones, omisiones y prioridades. La dignidad institucional empieza por asumir errores, no por blindarse retóricamente. Porque un país serio no se mide por la épica de sus discursos, sino por la humildad con la que afronta sus fallos y la responsabilidad política que asumen sus representantes públicos.
El Gobierno no puede mirarse al espejo y apartar la vista como lo ha hecho en otros casos como con el apagón"
Lo más desolador es que la sombra de la corrupción sobrevuela además sobre un ministerio cuyo exministro ha estado en la cárcel y está camino del banquillo, donde enchufaban a personas afines sin preparación, ni capacitación y donde el rastro de las mordidas en comisiones ilegales es patente.
La tragedia ferroviaria exige algo más que comparecencias defensivas: exige verdad, transparencia, auditorías independientes, mantenimiento ferroviario, revisión urgente de protocolos de inspección en soldaduras y uniones críticas y responsabilidades políticas para que esto no vuelva a ocurrir. El Gobierno no puede mirarse al espejo y apartar la vista como lo ha hecho en otros casos, como con el apagón.
La prueba más manifiesta de la culpa del Gobierno ha sido la obsesión para que no se politizara el daño. La izquierda, tan acostumbrada a instrumentalizar el dolor y a usar a las víctimas en tantas tragedias (los mismos que asaltaron Radio televisión española al día siguiente de la DANA, cuando aún se contaban los muertos y España amanecía llorando), ha tratado de que la oposición no hiciera su trabajo ni que cumpliera con su obligación. Los españoles merecen saber. Manuel Azaña escribió que "el verdadero enemigo de España es la frivolidad". Pocas palabras definen mejor lo sucedido.
El desasosiego nos sobrecoge al coger un tren y la falta de seguridad nos asalta, especialmente cuando pagamos como ciudadanos de un país desarrollado pero nos ofrecen servicios públicos tercermundistas. ¿Qué han hecho con nuestro dinero?, se preguntan los españoles a los que cada día expolia más el Estado con subidas de impuestos. ¿Dónde ha ido a parar todo lo que ha recaudado el Gobierno y las millonarias ayudas de los fondos Next Generarion? . Nunca antes se recaudó tanto y nunca antes se dio peor servicio a los españoles. Y esto debería hacernos reflexionar a todos y pensar qué futuro les está quedando a nuestros hijos y a las generaciones venideras. La merma de la calidad de nuestros servicios y la dejadez en el mantenimiento durante estos casi ocho años han pasado una factura demasiado cara. La prevención no da votos, no inaugura telediarios y no sirve para discursos épicos. Pero salva vidas.
Pasaremos meses muy duros con la tragedia de Adamuz en la memoria y en el recuerdo, pero ahora solo queda el dolor. El inconmensurable dolor de la pérdida ya irreparable. Porque como decía Didion, “el duelo cambia de forma pero nunca termina”. El dolor de la pérdida nunca se acostumbra. No nos acostumbremos tampoco a que dejen de dolernos las injusticias.
Miriam Guardiola Salmerón
Diputada del PP en el Congreso y portavoz del PP de la Región de Murcia