MURCIA. Yo, me supe hispano, en Nueva York, en las escalinatas de Saint Patrick, un Domingo de Resurrección. Al tratar de entrar en el templo, un negrazo más elegante que Rock Hudson en sus mejores películas, nos salió al paso.
-Go to the mass? –nos repitió tres veces. Entonces entendí.
Balbuceando, alcancé a responderle:
–Vamos a visitar…
No me dejó seguir, con un acentazo cubano más fuerte que el de Camagüey, y una sonrisa como de Louis Amstrong, ojos enormes y sonrisa de nieve, nos dijo:
-¡Ah, españoles, pasen, pasen…! La misa está empezada.
Y nos acompañó hasta la abarrotada puerta, donde pidió paso a la gente que ya excedía la capacidad del aforo.
–They are spanish people… –les aclaró a todos.
Y entramos. Nos valió ser hispanos, no ya españoles.
Viene la anécdota a cuento de la asistencia al estreno de We the hispanos, de la conocida serie sobre el papel de España en América, contestando a la Leyenda Negra, de José Luis López Linares. En esta ocasión, la temática se centra en la presencia actual de lo hispano en Norteamérica. Lo fundamental de la película estriba, según mi visión, más en lo sentimental que en lo cognitivo. Quiero decir, modestamente, que ya tenía un servidor conocimiento de la -mayoría de los sucesos y lugares que la película glosa fílmicamente en sus escenas. Pero, que, con todo, ese conocimiento expresado en la película, ha ahondado en lo sentimental personal mío. La Revolución Romántica nos enseñó que el saber, si no va sustentado de sentimiento -de algún sentimiento- es menos saber. De ahí los nacionalismos decimonónicos.
Desde las peripecias en Alaska del Imperio Español, hasta la devoción, impensada para mí, a la Virgen de Guadalupe, en Nueva York, se extiende, en la película, toda una cadena de sucesos, donde la huella hispana hizo, y hace, Historia. Las misiones franciscanas de California, el idioma de Gerónimo, Juan de Oñate, Bernardo de Gálvez, los negros libertos de San Agustín, la colonización gastronómica de todo Estados Unidos por el condumio mexicano, las Siete Partidas en Luisiana, la abyección fílmica de El Álamo, infame película que invierte la perspectiva moral recta, y algún que otro episodio que la memoria mía ahora margina, conforman lo más de este afortunado film.
Con todo, y dando algo de suelta a la vanidad, añadiré que faltaron alusiones a nuestro Floridablanca, que, aparte de ser el jefe de Gálvez, ordenó a su almirante Quadra pactar con el inglés Vancouver, que luego robó el topónimo; a Liza, el oriundo de Alcantarilla, que fue quien más subió por el Mississippi, negociando con los nativos; a las ciudades hispanas del sur de Alaska llamadas Valdez y Cordova; al arquitecto valenciano Guastavino, que diseñó las estaciones modernistas de Nueva York; a Luis de Unzaga, que dio nombre a los Estados Unidos… Y algún otro que mi olvido impone.
Y, lo dicho, vaya a ver la película para saber quiénes somos; no sólo quiénes fuimos. Todo ello, con sentimiento.