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Medicina de guerra en la UCI del Rosell: "No vemos el final de esta pesadilla"

31/01/2021 - 

CARTAGENA. Trabajar con un nudo en el estómago casi de forma continua no es fácil de sobrellevar. La tensión, el desaliento, la frustración, las prisas, la maldita fiebre que no baja, las interminables maniobras de prono, la descompensación, el sabor amargo que martillea la cabeza por no poder atender más tiempo a este paciente, la carrera contrarreloj desde el primer segundo que entras a la UCI, ese insoportable sonido del busca que no te deja tomar aliento, la cara de miedo del paciente, la hora de decirle que hay que intubarlo, la llamada a la familia… y, en los casos más graves, el fallecimiento.

Llegar a casa, un suspiro, respirar y no dejar de pensar, ahora con el bajón que produce una guardia intensísima, que es solo un día más, otro día más en esta maldita batalla contra el coronavirus, del que nadie sabía nada hace menos de un año y que ha cambiado para siempre a auxiliares, enfermeros y médicos de nuestros hospitales.

Las cifras son desalentadoras, las UCI están a punto de colapsar y la lista de fallecidos no baja. Miramos cada vez con menos empatía el frío dato de infectados, hospitalizados, ingresados en la UCI y fallecidos, como si se tratara de un número más en otro día más de esta interminable, ingobernable e inabarcable plaga.  

A los que la combaten no les da tiempo para ver, analizar e interpretar. Su día a día es una realidad paralela, un mundo infinitamente alejado del nuestro, en el que la vida, las miles de vidas, se juegan en una delicada partida de ajedrez, donde cada pieza, cada movimiento, cada decisión y cualquier estrategia cuenta; nada puede dejarse al libre albedrío, y no siempre se gana.
 
María Galindo es intensivista desde hace 18 años. Ha trabajado en la UCI de La Arrixaca y del Santa Lucía, por lo que tras tantos años de experiencia en cuidados intensivos, lo que le ha tocado en este poco menos de un año no es comparable con nada. Reconoce que su día a día es difícil de explicar, "agotador" el nivel de tensión acumulada es alarmante, tanto a veces como la frustración por no poder llegar y atender a todos a tiempo.

En esta semana le ha tocado trabajar en el Rosell, en la UCI habilitada por el cada vez más creciente número de casos. "El número de pacientes que tenemos a cargo de medicina intensiva es cada día más y eso nos hace las guardias extenuantes" relata la intensivista para Murcia Plaza. Hasta el punto es así que tienen que sobrepasar estructuralmente la UCI.

Tienen tanto en el Rosell como en el Santa Lucía un limitado (parece una obviedad, pero algunos no se han dado cuenta aún) número de camas (16 en el Rosell y 27 en Santa Lucía), pero la demanda asistencial por el tema de enfermos covid ha hecho que haya que habilitar zona del hospital para atender pacientes críticos donde nunca antes lo ha habido. De esta forma, "es muy complicado tanto el día a día como el manejo de la guardia", subraya María. "Son muchos enfermos a cargo del intensivista, con un volumen de trabajo que incorporan los enfermos de esta patología muy alta cuando hacen el cuadro grave de ingreso en la UCI," apostilla.

Reconoce que lo que está viviendo desde hace diez meses no lo habría imaginado "ni en la peor de mis pesadillas. Si me lo dicen hace un año no hubiera dado crédito. Entre nosotros hablamos de que esto es de 'medicina de guerra'. Hemos tenido que aprender a trabajar de otra manera. El enfermo crítico necesita una meticulosidad brutal. Un solo paciente te puede llevar horas en una guardia, pero la presión asistencial a la que nos vemos sometidos nos está haciendo también trabajar de otra forma, a destajo, algo con lo que no nos sentimos nada cómodos". Les genera un "malestar tremendo", "tensa los nervios no poder dedicarle un tiempo más que necesario al enfermo que sí lo necesita".
 
Si el día a día se hace una carrera de fondo casi sin final, pensar en lo que queda, con unas cifras de infecciones y muertes tan horribles, es imposible y nada saludable. Prefieren hacerlo todo a corto plazo "para no venirte abajo, porque no vemos muy claro el final. Intentamos de sobrevivir a esto mirando el minuto a minuto".

"Es muy desalentador", reconoce "y vamos buscando la manera de sobrellevarlo. Cada día me derrumbo varias veces y me recompongo otras tantas. Los salientes de guardia son complejos. Estás abatido, cuando llegas a casa te entra el bajón físico, pero el ánimo no es malo. El trabajo en equipo (enfermería, auxiliares, intensivistas) es fundamental para no venirte abajo. Hay que remolcar al que está peor en ese momento".

Explica la intensivista que cuando un enfermo llega a la UCI con una neumonía grave, su tratamiento se eterniza; la patología es tan grave que la mejoría es muy lenta, por lo que se puede tirar en la UCI un mes y medio o dos meses. "No hemos llegado a notar bajón entre olas", dice. Las UCI se llenaron porque los enfermos covid regresaron en julio "y no hemos parado. Cuando tienes la incidencia elevada de la nueva ola, no has llegado a dar el alta a los de la anterior, por lo que llevamos una sobrecarga de trabajo mantenida muchos meses ya".

Fatiga, aislamiento y miedo

Los pacientes llegan muy asustados al hospital. Las caras de miedo son evidentes porque son conscientes de su empeoramiento. Llegan con fatiga y les ponen una mascarilla y luego otra con el oxígeno más enriquecido. Más tarde, aparece el intensivista y les dice que van a subir a la UCI. "Tienen mucho miedo porque ven una progresión a peor de la enfermedad. Además, si el empeoramiento continúa y tenemos que explicarles la intubación, lo normal es que el miedo les paralice: asienten con la cabeza y poco más", añade María Galindo.

Los pacientes llegan a la UCI en fallo respiratorio. Es un enfermo que tiene una situación de fracaso respiratorio con una grave falta de aire. El oxígeno en sangre disminuye y hay que intubarlo. "Son enfermos a los que no siempre consigues compensar. De ahí que tengamos que hacer una maniobra de prono (ponerlos boca abajo, que es una forma de trabajar con la parte de atrás del pulmón, que suele mejorar la oxigenación). Esa maniobra es complejísima porque el enfermo está sedado con tubos, vías, sondas, etc..., lo que requiere un equipo de varias personas y extremando las precauciones. Hay enfermos que las requieren casi cada día".

Pero tan mal lo pasan ellos en la cama intubados como las "la angustia familiar es brutal, porque no poder visitarlos es una sensación horrible. La incertidumbre y la angustia es tremenda para ellos: el gran dolor que vemos es la soledad del paciente aquí y el de la familia en casa".

Esta patología requiere unos criterios de aislamiento, que impide que médico y paciente puedan tener una cercanía propia de una situación tan grave como la que viven. No es un box de puertas abiertas, ya que requiere medidas de protección y aislamiento y, por tanto "entramos a atenderlos menos de lo que nos gustaría". El paciente recibe aliento, pero no está acompañado de manera continua "que es lo que necesitaría. Ese apoyo emocional se queda corto". Se utiliza, por ello, medicación ansiolítica, para favorecer el sueño.
 
Contagio masivo es igual a elevada mortalidad. Los porcentajes fueron superiores en la primera hora. En cualquier caso, es una patología que resulta "muy desmoralizadora, porque a pesar de todos nuestros esfuerzos, que a veces son brutales, ves cómo el paciente se te va de las manos y que el cuadro progresa de forma refractaria a todas las medidas. Eso no nos quita las ganas de trabajar, porque luego están los ejemplos contrarios y son los que te dan la fuerza para no tirar la toalla nunca", explica la especialista

Reconoce que el perfil de enfermo ha ido cambiando con el paso de los meses, es mucho más joven, de cuarenta a sesenta años, con edades que acompañan porque no tienen patologías de base y "que no tiran la toalla nunca".

El vínculo con el paciente es la otra recompensa

La rutina diaria es compleja vista desde fuera. Trajes, gafas, guantes, mascarillas, más trajes, desinfección, gel. Cada día a cada hora hay que tratar de estar alerta para evitar el posible contagio con el paciente. Este enorme hándicap complica algo tan primordial como el trato directo con el enfermo. Si a las prisas y los contratiempos se le añade el contacto medido con el paciente, la conexión no siempre es fácil. No obstante, con los de más larga estancia, es con los que consigue un nivel de amistad mayor. "También con sus familias" dice María. "Además, son pacientes con los que has peleado tanto y tantos días, que te marca más. La intubación te implica, nos une más al enfermo. Cuando entras a hablar con el paciente despierto, sus últimos momentos así, te conectas en ese instante, palpas su miedo y lo intentas animar. Ese instante te liga al enfermo de una manera especial. Luego ellos, cuando ya están en casa, te mandan fotos o te hacen llegar algo al hospital; eso no tiene precio, es la mejor recompensa".

María reconoce que no le deja de sorprender el pasmoso nivel de inconsciencia que observa en algunos casos aún en la calle. Dice que está tan sorprendida como cabreada. "Es un comportamiento derivado de la falta de información. Cuando alguien cercano a mi me pregunta cómo estoy, le digo que no saben la realidad que estamos viviendo en los hospitales. Es la única manera que puedo explicar esa falta de prudencia. Los recursos sanitarios son finitos y puede llegar ese punto de que falten respiradores, medicación, etc… Las estadísticas y la forma de calcular determinados ratios están mal interpretados, son datos fuera de contexto hacen que a la población le dé tranquilidad, cuando, por el contrario tenemos las UCI saturadas. Esos índices dan una falsa sensación de tranquilidad".
 
María cuelga el teléfono tras media hora de conversación. Lleva más de 20 horas de guardia, una rutina para ella y sus compañeros, médicos, enfermeros y enfermeras y auxiliares, un auténtico calvario para cualquiera. Recuerda que es parte de su trabajo, que si bien hay cosas que le siguen irritando, no es el momento de perder el tiempo en esos infructuosos debates.

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