MEMORIAS DE ANTICUARIO

Locales históricos, rótulos y ephemera

19/12/2021 - 

MURCIA. No recuerdo bien, pero creo que fue los escaparates de un local situado en el pasaje Ripalda, donde pude disfrutar hace un par de años unas fotografías antiguas ampliadas para la ocasión, de principios del siglo XX, que recogían escenas urbanas del centro de València y por la enorme calidad de las tomas se podían leer todos y cada uno de los rótulos anunciadores y publicitarios que salpicaban las fachadas. Uno podía quedarse “estudiándolas” durante un buen rato solamente por la cantidad de letreros que lucían no sólo a pie de calle sino en muchos de los balcones de los inmuebles donde se desarrollaban toda clase de negocios: sastrerías, joyerías, abogados, venta de elixires, platerías, médicos de toda clase de especialidades…. Dónde han ido a parar el 90% de esos letreros me lo puedo imaginar, lo lamentable es que no haya existido la sensibilidad de conservar una parte relevante de estos, aun descontextualizados, dado que el destino de esos espacios ha cambiado con el tiempo. Conservar cosas del presente que vive uno, no sólo exige sensibilidad ante la singularidad o la factura de un objeto, sino también cierta mirada visionaria para contemplar la belleza que el poso del tiempo irá puliendo las formas de aquel, hasta hacerlas emerger con toda su belleza.

Hace aproximadamente un mes pude ser testigo de un hecho que me lleno de tristeza y, por qué no decirlo, indignación porque me dio a entender lo poco que hemos avanzado en protección de nuestro patrimonio, en definitiva, de nuestra memoria. El local que fue farmacia desde hacía décadas en la confluencia de la Calle San Fernando y María Cristina había pasado a ser un negocio de alquiler de bicicletas. El signo de los tiempos. Lo malo viene ahora: los actuales inquilinos haciendo gala de una nula sensibilidad, con permiso de la propiedad, y aprovechando la falta de protección patrimonial de la decoración interior y mobiliario de la antigua farmacia habían desmontado (desmontar es un eufemismo), la totalidad de la antigua boiserie, ya centenaria, que desde principios del siglo XX revestía las paredes del espacio. Arrancada literalmente lucía en una especie de pira, sin llamas, a la entrada, a la vista de todos (con un par…), y sólo faltaba echar gasolina y prender fuego para que aconteciera la escena de la inmolación de Brunilda. Triste destino, ante la ausencia de protección interior del inmueble. En el exterior, el personal seguía en sus cosas, y me da la penosa sensación de que sólo cuatro raros de esta ciudad nos fijamos en ello. Uno más, de una infinita cantidad de locales comerciales, han sufrido la misma suerte a lo largo de infaustas décadas, en una ciudad que ya se ve en la necesidad de recurrir a la fotografía para hacerse una idea de lo que fue el comercio de antaño, puesto que los vestigios han desaparecido en muchos casos sin dejar apenas pistas de lo que fueron. De las grandes ciudades españolas me temo que València se lleva la medalla de oro en este sentido. Es algo tristemente paradójico el hecho de que nos vaya a quedar más ejemplos de la València de hace 500 años que de la de hace 100.

En ocasiones hay motivos para cierta esperanza: la Frente a mi galería, un pequeño hotel recibe a los huéspedes bajo un letrero que se conservó del histórico comercio que allí existía y que reza “El rey de las telas”. Desde hace un tiempo diversas asociaciones por toda España se preocupan y ocupan de la protección del patrimonio gráfico de nuestras poblaciones y dentro del seno de la capitalidad del diseño 2022, una loable iniciativa bajo el título “TiposQueImportan” pretende rescatar letreros y rótulos relevantes de la ciudad. Un patrimonio otrora de una enorme riqueza tipográfica y artística pero que en gran parte ha desaparecido. Una pena porque el material fotográfico, en este caso muy abundante, se ocupa de recordarnos lo mucho que hemos permitido que se haya quedado por el camino. La idea de conservar los letreros con independencia del cambio de negocio es algo que se la llevado a cabo en casos puntuales y en los últimos años, pero el daño ya está hecho.

Hay que decirlo todo, para que podamos comprender esto en sus justos términos: salvo la arquitectura del momento que, obviamente, se levantaba con visos de permanencia indefinida, una parte importante de los elementos que se incorporan a las fachadas de esta, son parte del mundo de los “ephemera”, y que hoy mismo siguen rodeándonos en su formato contemporáneo, aunque no sabemos hasta cuando, con la avalancha del mundo digital. Pero, sobre todo, los ephemera constituyen ese universo de pequeños objetos, anuncios, tarjetas, etiquetas…. un tipo de objetos que como el nombre indica fueron fabricados para tener una vida de uso efímera: ser usados y no para que perdurasen en el tiempo. De alguna forma un rótulo tenía también su carácter de ephemera en cuanto a que su vida útil iba de la mano del comercio que anunciaba. El carácter efímero está en su naturaleza misma, pero hubo quienes, en aquel momento quisieron darles un valor de recuerdo y los conservaron, milagrosamente, no tanto como como un objeto coleccionable, (que en ocasiones sí), sino como objeto que les trajera a la memoria aquel día en que su propietario visitó la Feria Regional, fue a cenar a Barrachina, asistieron a una obra de teatro, o simplemente honrar la memoria de su padre que tuvo una tienda de zapatos en la calle Bolsería. Décadas después, ya sin su propietario entre nosotros, esas bagatelas destinadas a ser destruidas tras su uso, se toparon con la imperante necesidad de unos tipos raros de buscarlas, rescatarlas, conservarlas y coleccionarlas en las condiciones necesarias para hacerlas perdurar en el tiempo convirtiéndolas en objetos indultados, dignificados, y por tanto, otorgándoles el privilegio de, incluso, sobrevivir a quienes les han dado ese status. Hoy, muchos de estos ephemera todavía duermen, esperando su rescate, en cajones, carteras de bolsillo, baúles, entre las páginas de libros. No soy coleccionista de ephemera pero conservo una decente cantidad porque me gustan y me satisface echarles un ojo de vez en cuando: clichés de anuncios, folletos de fiestas o monumentos, algún anuncio de pequeño formato…

Finalizar recomendando

Estos ephemera son los protagonistas de una de las dos recomendaciones para estas fiestas, para regalar o regalarse. Van a acertar seguro. La primera es el excelente libro de 2019, València. Ehphemera y Publicidad, y sus autores son Arturo Cervellera, Andrés Giménez, José Huguet y Ángel Martínez. Absolutos conocedores de lo que hablan porque además son los coleccionistas incansables con muchos quilómetros andados para conseguir los 2.000 objetos de comercios e industrias que tuvieron su efímera vida en la València de finales del siglo XIX y principios del XX. Es una delicia en los textos y en las imágenes. Lo edita magníficamente el Ayuntamiento de València. Hay que añadir que ya en su día Álvaro Devis se hizo eco de la importante publicación en un interesante artículo.

El segundo es de más reciente aparición, y no menos interesante: “Pinazo y las vanguardias” su autor es, quizás, el mayor especialista en el gran pintor de Godella, Javier Pérez Rojas. Está editado por Editorial Contrabando y cuenta con la inestimable ayuda de la fundación El secreto de la filantropía en una apuesta más por la cultura valenciana. Sí, ciertamente hoy todavía la filantropía esconde secretos que conviene ir revelándolos, puesto que debemos aspirar a que un día, en lugar de secretos veamos “las evidencias” de la filantropía.

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