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la nave de los locos / OPINIÓN

Cierta destrucción es necesaria

Superado lo peor de la crisis sanitaria, el Gobierno se prepara para lidiar la hecatombe económica y social que llegará tras el verano. Para salir también vencedor de este envite, presiona a la oposición con el fin de que se sume al Pacto por la Reconstrucción, otro engaño colosal para blanquear su pésima gestión de la pandemia   

30/06/2020 - 

La destrucción ha comenzado. Basta con pasear estos días por el centro y los barrios de València para comprobar los destrozos de la pandemia. Negocios de toda la vida —bares, tiendas de vestir y de muebles, panaderías, talleres y peluquerías— permanecen cerrados. No volverán a abrir. El estado de alarma, prolongado durante tres meses, ha sido su puntilla. Junto con los trabajadores despedidos, estas pequeñas empresas engrosan la lista inicial de perdedores del virus. Son los que se han quedado atrás. En esta crisis han ganado las corporaciones tecnológicas, el comercio electrónico y las grandes superficies, todos aquellos con suficiente músculo financiero para soportar la depresión de la economía.

Cuando la crisis sanitaria parece remitir, si bien los frecuentes rebrotes hacen dudar del control del virus, España se enfrenta a una recesión que pondrá a prueba la paz social. Organismos internacionales como el FMI y la OCDE prevén que España sea, junto a Italia, el país más golpeado del mundo occidental por la crisis económica. Este liderazgo negativo, similar al que ostentamos en lo sanitario, no es culpa de las estrellas sino de un Gobierno que, al ordenar la hibernación de la economía, ha llevado al país a la ruina.

La matraca de la reconstrucción ha calado en las filas conservadoras. Ahí están el señor Feijóo y los otros tres barones autonómicos sumándose a la causa del Gobierno

La coalición gobernante, auxiliada por una poderosa maquinaria propagandística, parece haber salido indemne de la tragedia sanitaria. La mitad del país —los que se consideran de los suyos— no le va a pedir cuentas por su gestión catastrófica. Están tranquilos porque la estrategia de culpar a la oposición les ha funcionado. Al final los 44.000 muertos serán responsabilidad del PP y de Vox.

La tragedia sanitaria no derriba al Gobierno

Una vez levantado el estado de alarma, la batalla entre la propaganda y la realidad ha entrado en una fase distinta. Pese a su campaña de bulos, aun con sus innumerables torpezas y cambios de criterio, el Gobierno cree haber salido victorioso de la peor crisis vivida en el país en los últimos setenta años. Los ministros y sus asesores dan por descontado que una montaña de cadáveres nunca les derribará. El tiempo juega a su favor; el olvido hará su trabajo. Los muertos sólo pervivirán en la memoria de sus seres queridos.

Lo único que podría tumbar a este Gobierno es una economía a la deriva y un paro desbocado, como sucedió en 2011 con el presidido por el siniestro Zapatero. Por eso el poder actual ha ideado un plan de reconstrucción económica y social que, con el pretexto de la unidad y la apelación a un patriotismo de hojalata, persigue dejar sin argumentos a la oposición que aún se atreve a criticar su gestión calamitosa.

Primero propusieron la reedición de los Pactos de la Moncloa, pero nadie los creyó. Ahora enarbolan la bandera de la reconstrucción. ¿Quién puede negarse a reconstruir su país? Si uno es patriota, debe arrimar el hombro como los liberales castrados de la niña Arrimadas. En los peores días de la pandemia, cuando se contaban los muertos por centenares, se nos recordó que no era el momento de criticar. Cuando pasara todo, llegaría la ocasión de hacerlo, nos decían. Hoy, cuando por fortuna la cifra de fallecidos por el coronavirus es muy baja, tampoco está permitido criticar, ahora en aras de la reconstrucción del país. Quien lo hace, quien ejerce la oposición, es un crispador.  Extraña manera de entender la democracia la de quienes consideran que la unanimidad en torno al Gobierno es la única política admisible. Bienaventurados sean los crispadores porque de ellos será el futuro de España.

La monserga de la reconstrucción 

Lo peor es que la monserga de la reconstrucción, el mantra del diálogo estéril, la matraca del consenso ha calado en una parte de las filas conservadoras. Ahí están, como paladines de la moderación, el señor Feijóo y los otros tres muñecos autonómicos del PP, siempre tan centrados y tan centristas, siempre dispuestos a ofrecer la mejilla para que el poder social-comunista se la parta. El decreto de la nueva normalidad, refrendado por el conservadurismo clásico, es un mal presagio.

El pacto de la reconstrucción, que pretende extenderse hasta el último municipio del país, es el segundo gran fraude perpetrado por el Gobierno desde la llegada de la peste china. El primero fue el fracaso de la gestión sanitaria y la ocultación de miles de muertos. El de ahora consiste en blindarse ante las críticas hacia su gestión económica cuando la recesión enseñe su verdadera cara. Si te quedas fuera del acuerdo (¡ojo, Casado, van a por ti, no te doblegues!), serás un antipatriota que no ha arrimado lo suficiente el hombro para que lleguen los fondos europeos, el dinero con que el Gobierno quiere pagar su fiesta. Si no suscribes este pacto tramposo, los perros de las televisiones amigas te llamarán insolidario, insensible con los desfavorecidos y aliado objetivo de la terrible extrema derecha.

La España subvencionada (la patronal, los sindicatos, los obispos, las ongs, los artistas de la ceja, las asociaciones de consumidores y vecinos, etc.) se ha puesto firme en cuanto ha oído el toque de corneta. Son los costaleros que sacarán sobre sus hombros la imagen del Sagrado Consenso y la pasearán por todas las ciudades y los pueblos en busca de devotos que les compren la estampita de la nueva normalidad.

Derribemos la estatua del Sagrado Consenso

Como en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, también aquí ha llegado la hora de derribar estatuas pero no las de Colón, Cortés e Isabel la Católica, personajes de los que deberíamos estar orgullosos, sino las de quienes maquinan otro engaño colosal para aprobar los Presupuestos y agotar la legislatura. Llevados por la furia iconoclasta de estos días, derribemos la estatua del Sagrado Consenso, y la del Santo Diálogo, y la de la Nuestra Señora de la Reconstrucción. Arrojémosles piedras y pintémoslas de rojo, como hicieron con el pobre Cervantes en un parque de San Francisco.

Es hora de dinamitar puentes y de no darle un respiro al Ejecutivo. No caigamos de nuevo en la trampa. Que se cuezan en su salsa. Cierta destrucción es necesaria, como escribió un poeta francés a finales del XIX. Cuando un Estado como el español está gobernado por una partida de tahúres que sólo buscan el beneficio particular, cuando este mismo Estado sólo ofrece desigualdad, corrupción e ineficacia a sus ciudadanos, lo patriótico es reventarle las costuras al sistema. Ya hallaremos entre los escombros razones suficientes para levantar un nuevo país sin las hipotecas del pasado.

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