CRÓNICAS DE UNA REGIÓN MISTERIOSA

Una madre asesina en La Unión

27/08/2023 - 

MURCIA. Dicen que la realidad supera casi siempre la ficción y esta es una de esas historias que así podemos definirla. Nos situamos en el cementerio de La Unión en una mañana del 13 de  julio del año 2008 cuando los operarios del camposanto se disponían a dar cristiana sepultura al féretro de Isabel Padilla pero algo se sale de lo habitual. 

No hay lloros, ni nadie que lance un puñado de tierra al ataúd, ni flores, ni tristeza ni pena por la persona que en esos momentos ya no se encontraba en nuestro mundo. Más bien era lo contrario, un deseo de enterrar en lo más profundo de la tierra ese cuerpo del que hay día de hoy todavía hay personas que recuerdan los hechos acontecidos en la década de los años noventa del pasado siglo. Y es que al parecer Isabel intentó acabar con su familia allá por el año 1982 consiguiéndolo en parte, pues acabó con la vida de dos de sus hijos y con su esposo. Murió a los 89 años de edad de un tumor cerebral.

El caso es muy recordado en la ciudad minera puesto que todo el mundo la conocía y la admiraba por la sacrificada vida que llevaba cuidando a su familia enferma, la cual estaba en esas circunstancias también gracias a ella.

La Audiencia Provincial de Murcia la condenó a 98 años de cárcel. Un año después, el Supremo ordenó su ingreso en un psiquiátrico, al entender que no era consciente de sus actos. Isabel sufría síndrome de Münchhausen. Salió a la calle para morir.

Cuando sus familiares comenzaron a enfermar, Isabel era la doliente madre. "Padilla, una mujer de escasa preparación, fue capaz de acumular una extensa cultura sobre enfermedades y medicamentos que aplicó sobre sus hijos y su esposo", escribe sobre el caso el veterano periodista, experto en sucesos, Francisco Pérez Abellán. "Así les provocó una serie de síntomas que conformaban una grave enfermedad", remarca.

La muestra más alarmante de ese mal eran una serie de hipoglucemias que acabaron conduciéndoles al coma y a la muerte. A los pacientes les fue extirpado el páncreas y, pese a todo, presentaban exceso de insulina en sangre, siendo descubiertos casi veinte años después.  

Tras la muerte de su hija pequeña, la mujer fue ingresada a su vez con los síntomas que había provocado en los otros. Los médicos sospecharon esta vez que la enfermedad podía ser inducida y al intervenir su bolso encontraron una caja de un medicamento antidiabético. Eso les llenó de sospechas y dieron parte a la Policía. Una vez interrogada, sólo confesó que le había administrado aquellas pastillas a su hija Francisca por error y que cuando se dio cuenta rectificó suministrándole azúcar.

Los médicos se percataron entonces de que los conocimientos que Isabel Padilla mostraba sobre las enfermedades eran aterradores, apunta el periodista. Normalmente, quienes lo sufren acompañan a los enfermos constantemente y fingen que les atienden con abnegación. Sin embargo, una constante es que los pacientes empeoran tras la visita de las madres con síndrome.

La insulina, un potente reductor de los niveles de glucosa, puede ser mortal si se inyecta en personas sanas y en dosis excesivas. Además, su rastro desaparece a las pocas horas de haber hecho efecto, y puede confundir a los forenses sobre las causas de la muerte.

Los vecinos estaban acostumbrados al trasiego médico de la familia de Isabel. Les preocupaba que sus miembros tuvieran  algún virus extraño que les pudiese contagiar, por eso de vez en cuando aparecen por casa interesándose por la evolución de los enfermos. Y siempre salen con la compasión enquistada en el alma: "Esto no es vida, lo que aguanta esta pobre mujer…".

Hasta que su hijo Pedrito empeora gravemente. Isabel no se mueve de su lado, incorporándolo a cada tanto con almohadas apoyadas sobre el cabecero de la cama y pendiente en todo momento de aliviarle las molestias. Parece consumirse con las horas. “Toma esta manzanilla, cariño, ya verás como te sientes mejor”.

El chico ingresó de urgencia en el hospital con síntomas de hipoglucemia. Le extirparon el páncreas, a pesar de lo cual falleció a los pocos días. Su muerte conmocionó al vecindario y convirtió a Isabel en una sombra que deambulaba enlutada por las calles de La Unión. A su paso, la gente veneraba con respeto su resignación ante los pesares de la vida.

Los siguientes seis años los pasó de ingreso en ingreso en el hospital con su marido. Mientras En su hogar no cabían las buenas noticias, ni los cambios sociales, ni las pequeñas revoluciones, sino tan sólo enfermedad.

A Pedro, curiosamente, también le extirparon el páncreas, como al hijo, y aun así seguía presentando un exceso de insulina en sangre. Recién estrenado el verano de 1990 dejó de respirar.

Dos muertes son demasiadas para una madre y esposa. Es entonces cuando la más pequeña de los cuatro hijos, Susana, enferma de fiebres altas difíciles de combatir, vómitos, debilidad… De nuevo la operación de páncreas y la esperanza en una pronta recuperación que no acaba de producirse nunca. Pierde el apetito pero su madre, que no encuentra mejor ocupación que la de dedicarse al cuidado de sus hijos, la obliga a comer.

La pequeña Susana se está quedando ciega. Le desespera ese pozo oscuro en el que se ha convertido la realidad para ella. Un pozo en el que se ahoga hasta morir tras no haber podido superar un coma que la ha mantenido en la UVI durante semanas. Es mayo de 1991. La primavera no debería arrebatar la vida de ningún niño. La pequeña Susana ha muerto pesándole los recuerdos de lo que no ha vivido.

A las pocas horas es Isabel quien ingresa en ese mismo hospital. Al parecer ha ingerido antidiabéticos. ¿Tal vez un intento de suicidio? Al enfermero que la atiende la situación le resulta tan extraña que alerta a la doctora que atendió a su Susana, sin sospechar que queda un nuevo capítulo por escribir.

No ha transcurrido un mes cuando Francisca, la otra hija, que anda ya por los 21, comienza a manifestar síntomas que coinciden extrañamente con los de sus hermanos e incluso los de su padre. Isabel se desvive. Ahora ya está clara su misión en la vida. Y quiere vivir, más que nunca, para seguir cuidando a los dos hijos que le quedan vivos. Ahuyenta los fantasmas pasajeros de su mente.

Todo se repite. Francisca es ingresada de urgencia para someterse a una operación. La analítica previa revela importantes restos de insulina en la sangre. Sin embargo nadie del equipo médico que la atiende se la ha inyectado. Isabel se preocupa porque intuye que algo no marcha bien. Le prohíben la entrada a la UVI para que no esté cerca de su hija. Desconoce que ya está en marcha una orden judicial para conseguir los historiales médicos de su marido y sus dos hijos fallecidos. El 11 de diciembre de 1991 es detenida y puesta a disposición judicial.

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