LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Postales de Madrid

Madrid como capricho y necesidad. Me siento hijo adoptivo de la capital, donde pasé los mejores años de mi vida. Se lo agradezco visitándola cada cierto tiempo, y paseando por sus calles entre recuerdos y olvidos.

19/08/2023 - 

En Chueca, el barrio donde me alojo cuando visito Madrid, en un hostal familiar, limpio y económico (¿dónde se puede dormir por 42 euros?), en Chueca, como decía, muchos hombres salen a pasear con sus perros a cualquier hora del día. Hay hombres que pasean solos y hay hombres que pasean con otros hombres. Perros de todas las razas. Parafraseando a Dámaso Alonso, Madrid es una ciudad habitada por un millón de canes. En los trenes ya se puede viajar con ellos. Lo desconocía. En el trayecto de ida tuve a uno en el asiento delantero. Viajaba con la dueña, una linda señorita que hablaba con acento suramericano y se sujetaba el pelo con una cinta rosa. Flamante espectadora de la nueva Barbie. El animal no ladró durante el viaje. Se comportó mejor que muchos humanos. Eso quiere decir que fue a un colegio de pago. 

De cuando en cuando hay que volver a Madrid. Es un capricho pero también una necesidad. El Madrid donde estudié en la universidad, y el Madrid que me salvó la vida cuando estaba en paro. De Madrid al cielo, o adonde sea. Madrid, como escribió Ramón Gómez de la Serna, es un echarse a la calle, meterse las manos en los bolsillos  y pasear sin brújula, con el corazón esponjoso, el oído atento y la mirada limpia de prejuicios. 

El Madrid absurdo, brillante y hambriento de Valle, el Madrid de Fortunata y Jacinta, la ciudad retratada por Umbral, el rompeolas de las Españas, el refugio de canallas, de aspirantes a todo y a nada, de una legión de fracasados; la Villa y Corte en la que Quevedo y Góngora se las tuvieron tiesas, Cervantes fracasó como lo haría toda su vida, y Lope salió por la puerta grande; ese Madrid me esperaba a mí, un chico de provincias, a mediados de este verano que se consume con la rapidez acostumbrada. 

Selfis en una Gran Vía estandarizada

Hay en Madrid de todo pero sobre todo hay turistas. Se hacen selfis a los pies del edificio de Telefónica. La Gran Vía no es lo que era. Los quioscos ya no venden periódicos, sólo souvenirs. Apenas queda algún negocio familiar. Todo son franquicias, cadenas de moda y restaurantes como las que hay en Copenhague y Seúl. Todo tiene ese olor y sabor a papilla de hospital, insípida e incolora, ausente la personalidad de las ciudades llamadas a ser diferentes. 

Un señor mexicano, que se hace llamar El Rey del Brillo, a quien he visto en anteriores visitas, te lustra los zapatos en la Gran Vía, cerca de la Casa del Libro. No tiene faena y no es de extrañar. La proletarización en el vestir ha llevado a prescindir de los zapatos. La gente calza zapatillas, sandalias y chancletas de piscina. Este es el nivel de nuestros días. El Rey del Brillo tiene algo de héroe que sabe que morirá cercado por los enemigos palurdos de la modernidad. Los turistas lo fotografían como un sujeto extravagante, antes de seguir con su periplo alocado por el centro de la capital. 

La Puerta del Sol está cambiada. La han peatonalizado. Otro alcalde ha querido pasar a la historia. Qué horror. A Carlos III lo han movido de sitio. Es una plaza que engaña, más pequeña de lo que la televisión presenta en las campanadas del Año Nuevo. Una guía turística habla de las maravillas de merendar en La Mallorquina. Doy fe de ello. “¿Dónde se comen las mejores napolitanas de Madrid?”, pregunta, de forma un tanto retórica, antes de reanudar el paso en dirección a la plaza Mayor. 

Bocadillos de calamares a 4,5 euros 

Los bocadillos de calamares cuestan ya 4,5 euros. En mi juventud valían cien pesetas, pero eso fue en otro siglo. Cenaba con otros colegiales los sábados. En la playa Mayor hay cosas que no cambian, como esos retratistas apostados en los soportales; se ofrecen a sacar lo mejor de tu rostro. España, que de momento sigue siendo una monarquía, conserva la estatua de Felipe III en el centro. Por aquí entrevisté al escritor Luis Mateo Díez, funcionario municipal entonces, y por aquí vive o vivía Sabina, que ha cantado las noches golfas de esta ciudad. 

En la calle de Toledo quedan alpargaterías del siglo XIX. Casa Hernanz y Lobo. Dos colas de clientes aguardan para entrar. Da gusto que estos negocios resistan en la España encanallada de Amazon y Glovo. Dos policías nacionales piden la documentación a una muchacha rumana en la puerta de un Dia. A las siete de la tarde, el Mercado de la Cebada está cerrado. Paseo por sus puestos vacíos. Veo la casa de san Isidro y me paro a descansar en un banco de la plaza de los Carros. Un anciano está sentado junto a mí, alternando las caladas a un cigarrillo con los tragos a una lata de cerveza. La calle de Bailén me lleva al puente de los suicidas. Hoy es más difícil hacerse el haraquiri porque instalaron unas mamparas para dificultarlo. Me desvío por la calle Mayor. Me detengo en el edificio donde el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba envuelta en un ramo de flores a los reyes de la época. Aquel 31 de mayo de 1906 Alfonso XIII se había casado con Victoria Eugenia. Sería un matrimonio infeliz. Ellos no murieron pero muchos de los espectadores de la comitiva real, sí.  En este edificio comienza Luces de Bohemia, de don Ramón María del Valle-Inclán, medalla de oro de las letras españolas en el siglo XX. 

Y hablando de escritores, la calle Santa Clara es oscura y arbolada. En el número 3 vivía Larra hasta que se pegó un tiro con 28 años. Mal de amores y desengaño político. Lo recuerda una lápida en la fachada. Eso fue hace casi 200 años, y casi nada, en lo esencial, ha cambiado en este país embrutecido. Vuelva usted mañana. Escribir es llorar en España, y lo seguirá siendo hasta su fin, que presiento muy cercano. 

Muy cerca del pistoletazo de Larra está la iglesia de San Nicolás. Es pequeña y recogida. En su cripta está enterrado Juan de Herrera, el arquitecto de Felipe II y la mente que concibió El Escorial. Entrar en una iglesia es un alivio pues quedas a salvo de los ruidos del mundo. Pronto la van a cerrar. Acaban de celebrar misa. En esto entra un hombre hablando con el móvil. Se persigna, arrodilla y se dirige al ábside y, ante mi sorpresa, se coloca junto al altar. Sigue con la videoconferencia para que su interlocutor no se pierda nada. Este hombre ignora las mínimas normas de civismo, también aplicables a los edificios religiosos. Compro una estampita de un Cristo

Librerías que se apuntan a la resistencia

Lo humano y lo divino. Dad al cuerpo lo que es del cuerpo y alma lo que es del alma. La lectura es un ejercicio de gozo espiritual y físico. Resisten decenas de librerías, o quizá más, en Madrid. Algunas con propuestas innovadoras como La Buena Vida, junto a la plaza de Isabel II. Puedes tomarte un café mientras te piensas si comprar Unos meses de mi vida, de Houellebecq. He vuelto a visitar librerías de la capital, lo más parecido que conozco al paraíso. A las estandarizadas y carentes de interés para mí, como la Casa del Libro, y a otras especializadas en libros publicados en otros idiomas, como Pasajes, en la calle Génova, a escasos metros de la casa encantada del partido conservador. Conversación de dos empleadas de Pasajes sobre una versión libre de La Celestina. De Sempronio se pasan al teatro del absurdo de Beckett, y yo, la verdad, alucino con lo que veo y escucho. Jóvenes hablando de clásicos. Me quedaría toda la mañana oyéndolas pero tengo prisa. Voy a renovar mi carnet de socio en la Biblioteca Nacional. 

En una sala oscura y antigua, con pavimento de madera, aguardo a que me toque el turno para renovar el carnet de investigador de esta santa casa. Casualidades de la vida —estas cosas que suceden en Madrid— hacen que la funcionaria con la que hablo tenga una prima que vive en el edificio donde resido en un pueblo de València. Su madre, además, nació en mi tierra. Me hace una foto para el carnet y salgo mejor que la otra vez. Después veo una exposición sobre el Beato de Liébana. Observo los códigos expuestos. Primores de belleza exquisita en los textos e ilustraciones salidos de la mano de un monje. Cada día que pasa tengo mejor opinión de la Edad Media. 

La Cuesta de Moyano se muere, se nos muere. Hoy es lunes, y podría estar justificado, hasta cierto punto, que la mayoría de las casetas estuviesen cerradas. Con lo poco que hay abierto olisqueo y manoseo todo lo que puedo, entre montones de libros a precio de saldo. Sensación de estación de término, de final de un hermoso viaje. Compro los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot (¡soberbio libro!), Trópico de Capricornio de Henry Miller y otro de Kingsley Amis cuyo título no recuerdo. En total, trece euros. 

Dos buenos amigos y escritores dignos

Conservo dos buenos amigos en Madrid. Son escritores dignos con un futuro aún por determinar, según hasta donde les alcance el talento y les sonría la caprichosa suerte. Como yo, intentan abrirse paso en el tramposo mundo editorial. Pedro Herrasti, autor de Capitán Franco y Madrid era una fiesta, me lleva a desayunar al café Comercial. Lo reformaron hace unos años después de estar cerrado un tiempo. Ha perdido el encanto de antaño, supongo que el que atraía a personajes como Antonio Machado y César González-Ruano. Sin embargo se desayuna bien. Los clientes, básicamente, son turistas. Todos los camareros son de origen extranjero. En mi estancia en Madrid sólo encontraré a uno español, un camarero hiperactivo y charlador como los de antes, en el restaurante del Círculo de Bellas Artes. Bello edificio y comida pasable. 

El otro amigo es Javier Herreros, profesor de Lengua como yo. Hace un año publicó su segundo libro, la novela Prisioneros de la madrugada, ambientada en los años de la Transición. Javier es un apasionado de la literatura y la enseñanza. Yo soy más escéptico sobre la segunda. Hablamos del desastre educativo. Enseñar es sortear un camino de minas. Desayunamos en Chocolates Valor, en la calle del Postigo de San Martín. La conversación se prolonga durante dos horas. Lo conocí en la primera de las oposiciones a las que me presenté en Madrid. Es un gran conversador, como Pedro Herrasti, y un hombre de izquierdas, pero de los de verdad. Porque hay una correspondencia ética entre sus palabras y sus hechos. 

No todo es centro en Madrid, también están los barrios. Una tarde de domingo, en el ecuador del verano, Canillejas en un barrio fantasma, de calles vacías y negocios cerrados. Algún bar latino está abierto. Se ven familias ecuatorianas y peruanas paseando en su descanso dominical. En una plaza conviven viejos y adolescentes. Los primeros pegan la hebra y los segundos fuman, se chillan y vuelven a fumar. Se ríen e insultan. Se empujan. Hay botes de cerveza en el suelo. Los bancos vacíos de la plaza han sido testigos de vidas que no llegaron a buen puerto. Me gustaría ser el Diablo Cojuelo para introducirme en las casas de este barrio y escuchar, sin ser visto, las ilusiones y las penitencias de familias humildes que viven en un cuarto sin ascensor. 

Un bar caliente contra las crisis

La noche no me confunde. Aspiro a ser una persona respetable. En València y en Madrid. Para llegar al hostal donde me alojo en la antigua plaza de Vázquez de Mella, paso por delante de Hot, un bar en la calle Infantas, pensado para varones que buscan intimidad en sus más diversas manifestaciones. Hot resiste todas las crisis, incluida la pandemia. Lo conozco desde que me alojo en Chueca. Confieso que nunca he entrado en el cuarto oscuro. Esta noche, en la puerta charlan cinco hombres que comparten un prototipo físico: son cincuentones, exhiben tripa prominente, gastan barba de varias semanas y van vestidos de manera informal, con camisetas y bermudas. No son ningún adonis de Tele 5. Se hablan como si se conocieran de otras noches, en un ambiente de camaradería. 

Todo lo bueno se acaba antes de lo que desearíamos. Mi viaje a Madrid no iba a ser una excepción. Último día. Visita al Barrio de las Letras. Recuerdo de la visita a la casa de Lope de Vega hace dos años. En la calle Echegaray —famosa en su día por sus prostitutas, como hoy lo es la calle de la Ballesta, yo las he visto, y arrastran la tristeza de la vejez— me tomé un vino fino en el bar La Venencia, casi de cuando Pío Baroja era joven y regentaba una panadería. Sólo sirven vinos de Jerez. No vayas de flojo y me pidas una cervecita. Camino por la Carrera de San Jerónimo pero me alejo corriendo en cuanto oteo el Congreso de los Diputados. No quiero que se me pegue nada. Allí yace la soberanía nacional. Este edificio inaugurado por Isabel II es un zoco en el que se compran y venden privilegios, se achica el cuerpo exangüe de la nación para complacer a minorías reaccionarias, y se estrella la ilusión de un pueblo hastiado de sus políticos facinerosos. 

En la plaza del Rey, enfrente del Ministerio de Cultura —¿a qué esperamos para volarlo? ¡No se perdería gran cosa!—, como en el restaurante Sra. Smith. En la mesa de la izquierda espera una pareja elegante a ser atendida. Ella se parece a Carolina Herrera pero no es Carolina Herrera. Es morena y no rubia. A mi derecha un solitario se acaba el postre. Enfrente, una mesa redonda con seis comensales. Una mujer y cinco hombres. Han ido llegando de manera escalonada. Todos los hombres se saludan con un beso. El camarero que me sirve es vietnamita o filipino, en todo caso asiático. Por la noche ceno —dónde si no— en el Rodilla de Callao. Un clásico. El menú de cuatro sándwiches fríos y una bebida. Cinco veinteañeros discuten el destino de un viaje de un solo día. Buscan ofertas. Dicen estar “tiesos” de dinero. Quieren bañarse en la playa. ¿València o Alicante? Esas son las dos opciones. Al final ganan los partidarios de Alicante. Lo siento por vosotros, valencianos. El sur también existe. 

En el viaje de regreso de València comienzo la lectura de El libro de la risa y el olvido de Milan Kundera. Esta vez ningún perro con buenos modales, educado y responsable, me acompaña en el coche del silencio. Y lo echo de menos, la verdad.

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