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como ayer / OPINIÓN

Nueva rotulación y viejos errores

10/12/2020 - 

MURCIA.  El pasado mes de noviembre pudimos leer en Murcia Plaza que el Ayuntamiento ponía en marcha la renovación de la rotulación de las calles y plazas de la ciudad, desterrando las placas azules metálicas que han venido indicando a propios y forasteros la denominación que reciben las vías públicas desde los primeros años 60 del pasado siglo.

Ya pueden verse instaladas por todo el centro, y ya podemos comprobar que resultan más llamativas, si no artísticas, y que contienen una información que se desvela a través de una aplicación.

"El murciano es mal conocedor de su callejero, y dentro de serlo, menos aún de la historia que hay detrás de cada una de las calles que transita a diario"

Si el peatón siente algo de curiosidad, quizás pueda ahondar algo en las razones por las que la calle o plaza en cuestión lleva esa denominación, aunque en algunos casos resulta patente, sobre todo en aquellos en los que el nombre deriva de algún edificio religioso que se sitúa en el lugar. Ejemplos hay a montones, tantos como parroquias y conventos, sin olvidar aquellos que desaparecieron, pero cuyo apelativo les sobrevivió, como las céntricas Santa Isabel o Madre de Dios

En otros supuestos, se deduce que allí estuvo asentado en otro tiempo un oficio. Y para estos no hay en Murcia evidencias más claras que Trapería y Platería, en el corazón de la ciudad. Pero son bastantes más los que encontraremos a poco que busquemos, sin olvidar aquellos que, por desgracia, dejaron paso a próceres tan merecedores en su día de homenaje como escasa es la memoria que de ellos queda. Por este camino se nos fueron calles de nombres tan evocadores como Aguadores o Campaneros.

Pero lo cierto es que, por lo general, el murciano es mal conocedor de su callejero, y dentro de serlo, menos aún de la historia que hay detrás de cada una de las calles que transita a diario. Y, en consecuencia, el nuevo sistema de rotulación podría contribuir a mejorar ese conocimiento, que va unido a nuestro ser mismo.

Ciertamente, esta renovación es ocasión para la corrección de errores en nuestro callejero, sobre la que informaré a mis lectores cuando lleve a cabo mi trabajo de campo como paseante. En tanto, apunto algunos, por lo curiosos que resultan… y por si alguien cae en la cuenta y aún se puede rectificar algo que no se haya hecho ya.

Uno de los supuestos es el de la calle que desde hace algunas décadas se llama de Laredo, y va de la de Manresa a la Cuesta de la Magdalena, a la que luego me referiré, y que en realidad siempre apareció como Loredo en los padrones hasta que una guía de la ciudad se le cambió la o por a caprichosamente, convirtiendo la localidad asturiana en cántabra o variando el apellido a alguien de cierta nombradía que la debió habitar en tiempos pretéritos.

Las mismas vocales entran en juego en el caso de la calle de Victorio, que parte de la plaza de Santa Eulalia y recorre la antigua judería hasta desembocar en doctor Fleming, en el lateral del Campus de la Merced. El nombre que usó, al menos en el siglo XVIII, fue de La Victoria, pero a partir del arranque del XIX se deslizó una errata, cambiado la a en o, y así ha seguido hasta nuestros días.

También hay casos en los que el nombre de la calle se ha recortado, y esa economía de vocablos le priva a veces de sentido, otras de historia y no pocas de ambas cosas. Véase el caso de la que se nombra desde hace muchos años calle Baños, entre la plaza de Santa Isabel y la calle de Manresa, que dicho así puede referirse a un apellido o a un establecimiento dedicado a la higiene corporal, pero que si se denominara Baños de Alcázar, aparte de ganar en sonoridad se referiría de forma más concreta y correcta a los que trazó y rigió en el siglo XIX el arquitecto murciano de ese apellido.

Por no hablar de la calle que discurre frente a las nobles fachadas de la Iglesia de la Merced y de la Universidad, que el callejero designa como Santo Cristo, sin más explicaciones, pero que venía a indicar que en el lugar, y más concretamente en una hornacina sobre una puerta de la desaparecida muralla, se veneró en tiempos el Santo Cristo de la Yedra, al que debían encomendarse quienes salían de la ciudad bajo aquél arco.    

Son muchos los ejemplos de esta economía mal enfocada con que cuenta el callejero, como sucede con la antes referida Cuesta de la Magdalena, que se ha quedado en Magdalena. Hoy no existe tal cuesta, pero existió una leve pendiente en dirección Riquelme-Santa Teresa en los días en que el barrio resultaba menos recomendable y la calle en cuestión estaba sin asfaltar.

Y qué decir de la Puerta del Sol, reducida a Sol restándole de un plumazo su condición de antiguo acceso a la Frenería desde el Arenal del río penetrando en el recinto amurallado.

O, si ya que estamos a la vera del Segura, nos atrevemos a cruzar la perpetua barrera psicológica que conduce a los barrios del sur, encontraremos, en el lateral de Levante del jardín de Floridablanca con una Proclamación que nada proclama, salvo que buceemos en la historia para comprobar que se refiere a la del rey Alfonso XII, reinstaurador de la monarquía borbónica en 1874. Al tiempo, la Princesa a la que se refiere la vía que corre en perpendicular a la anterior, entre la Iglesia carmelitana y el Puente de Hierro, no es otra que la hermana del citado monarca, la infanta María Isabel de Borbón.

Y para tener noticia de todo esto no hay más que leer el Callejero Murciano de Nicolás Ortega Pagán, o cualquier otro, como el de Culebras, más reciente. Algo muy interesante si se quiere conocer mejor la historia de nuestra ciudad a través de sus calle y sus plazas.   


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