En enero de 1926, hace cien años, un hidroavión español despegó de Palos de la Frontera y, tras varias etapas, cruzó el Atlántico Sur hasta Buenos Aires. Más de 10.000 kilómetros sobre mar abierto, con navegación precaria, meteorología incierta y motores que hoy consideraríamos rudimentarios. Fue una proeza técnica de primer orden. El avión se llamaba Plus Ultra. La tripulación pasó a la historia de la aviación. Y, sin embargo, fuera de círculos especializados, su recuerdo en España es tenue.
Si esa misma hazaña la hubiera protagonizado una tripulación estadounidense, ¿cuántas películas habría?, ¿cuántas series?, ¿cuántos documentales de gran presupuesto?
Estados Unidos convirtió desde principios del siglo XX la aviación en relato nacional. Lindbergh, los Mercury Seven, Apollo 13. No es casualidad; es política cultural. Allí, una gesta técnica no se olvida: se dramatiza.
El Plus Ultra tenía casi todos los ingredientes cinematográficos: salida simbólica desde el mismo entorno colombino, travesía oceánica, incertidumbre, riesgo, recepción multitudinaria en América, y —detalle nada menor— destinos políticos posteriores radicalmente divergentes entre los tripulantes. Drama humano no faltaba. Lo que faltó fue industria y voluntad.
En España ocurrió lo contrario que en EEUU: la gesta quedó atrapada en la turbulencia política posterior. La Guerra Civil rompió el relato común. Ramón Franco evolucionó hacia posiciones republicanas y luego acabó alineado con el bando sublevado. Ruiz de Alda fue cofundador de Falange y murió asesinado en 1936. Dos trayectorias incompatibles para cualquier apropiación limpia del mito.

- Tripulación del Plus Ultra.
- Foto: WIKIPEDIA
También hay un factor menos amable: España conmemora peor la ciencia y la técnica que la política y la literatura. Nuestro panteón público está lleno de conflictos, pensadores y artistas, pero escaso de ingenieros y pilotos.
El contraste se ve incluso en la gestión simbólica. El régimen franquista utilizó el nombre Plus Ultra dentro de su imaginario imperial. Tras la Transición, muchos símbolos asociados —aunque fueran anteriores— quedaron amortiguados para evitar lecturas ideológicas. La consecuencia fue un cierto silenciamiento por prevención.
Ahora, con el centenario, hay actos oficiales, exhibiciones aéreas y conmemoraciones en España y en América del Sur. Bienvenidas sean. Pero llegan más como recuperación institucional que como mito popular vivo.
Y ahí está la lección de fondo: las gestas no sobreviven solo por lo que fueron, sino por cómo se cuentan después. La épica no es automática; se construye. Si el Plus Ultra hubiera sido estadounidense, seguramente ya tendría banda sonora reconocible, escenas icónicas y discurso final con música in crescendo. Aquí tenemos la historia real —que es igual de buena— y todavía estamos decidiendo si merece estar bajo los focos.
Material no falta. Falta decidir que también esto forma parte de quiénes somos.