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Salud mental en jóvenes: el gran problema silencioso (y por qué ya no podemos mirar hacia otro lado)

"Pedir ayuda ha dejado de ser un tabú para convertirse, poco a poco, en un acto de responsabilidad personal"

Publicado: 26/04/2026 · 06:00
Actualizado: 26/04/2026 · 06:00
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En los últimos años, la salud mental ha pasado de ser un tema incómodo a ocupar titulares, conversaciones y redes sociales. Se habla más que nunca. Pero en paralelo, en consultas, institutos y universidades, hay una sensación creciente de que algo no termina de encajar: cada vez más jóvenes están desbordados emocionalmente y no siempre sabemos por qué.

“Estoy agotado”, “no siento nada”, “me da ansiedad todo”, “no sé quién soy”. Estas frases, que antes aparecían de forma puntual, hoy se repiten con una frecuencia que obliga a detenerse. No responden a un momento concreto ni a una crisis aislada. Son la expresión de un malestar sostenido que no siempre se ve, pero que pesa.

Los datos confirman esta tendencia. En la última década han aumentado de forma significativa los problemas de ansiedad, depresión y conductas autolesivas en población joven, según organismos como la Organización Mundial de la Salud y el Ministerio de Sanidad de España. Sin embargo, reducir esta realidad a cifras sería simplificar demasiado. Lo que está cambiando no es solo la cantidad de malestar, sino su forma: es más difuso, más constante y, en muchos casos, más difícil de identificar.

 

Las redes sociales no son, por sí mismas, el problema, pero sí amplifican determinados mensajes"

 

Para entender qué está ocurriendo hay que mirar más allá de una causa única. Lo que encontramos es una combinación de factores que impactan directamente en cómo los jóvenes se perciben a sí mismos y al mundo. Vivimos en una sociedad que exige mucho y muy pronto. Ya no basta con “ir bien”: hay que destacar, tener claro el futuro, ser productivo, cuidar el cuerpo, gestionar las emociones y, además, parecer feliz en el proceso. Esta presión no siempre es explícita, pero se interioriza. Y cuando el listón es inalcanzable, aparece la sensación de no ser suficiente.

A esto se suma el papel de las redes sociales. No son, por sí mismas, el problema, pero sí amplifican determinados mensajes. Se muestran vidas aparentemente perfectas, éxitos continuos, relaciones ideales. Lo que no se ve —la duda, el miedo, la inseguridad— queda fuera del foco. El resultado es una comparación constante que, lejos de motivar, genera frustración y desconexión. Jóvenes hiperconectados digitalmente, pero cada vez más alejados de sí mismos.

Hay otro elemento clave que suele pasar desapercibido: la falta de herramientas emocionales. Muchos jóvenes no saben identificar lo que sienten, ni cómo gestionarlo cuando aparece. Confunden ansiedad con debilidad, tristeza con fracaso o bloqueo con incapacidad. Pero la regulación emocional no es algo automático, se aprende. Y cuando no se entrena, el cuerpo y la mente quedan atrapados en estados de alerta o de apatía difíciles de sostener en el tiempo.

En paralelo, el futuro se percibe con incertidumbre. Elegir una carrera, encontrar estabilidad laboral o acceder a una vivienda son retos que generan inquietud real. No se trata solo de preocupación, sino de un estado de fondo en el que el sistema nervioso permanece activado, como si siempre hubiera algo pendiente de resolverse. Vivir así agota.

Sin embargo, en este contexto también hay un cambio importante que conviene destacar. Cada vez más jóvenes acuden a terapia. Pedir ayuda ha dejado de ser un tabú para convertirse, poco a poco, en un acto de responsabilidad personal. No implica que haya más problemas, sino que existe mayor conciencia sobre ellos. Aun así, esto plantea un reto: la intervención psicológica no puede quedarse en el diagnóstico, debe ofrecer herramientas prácticas que ayuden a gestionar el día a día.

 

Conviene desmontar una idea frecuente: los jóvenes no son más débiles"

 

Porque, en el fondo, lo que se observa en consulta es algo profundamente humano. Los jóvenes necesitan sentirse comprendidos, aprender a poner nombre a lo que les ocurre, contar con estrategias para regularse y, sobre todo, reducir el nivel de exigencia al que están sometidos. Necesitan espacios donde poder ser sin la presión constante de tener que demostrar.

Desde la práctica clínica y la evidencia científica, hay algunas claves que marcan la diferencia. Validar lo que sienten es fundamental: minimizar el malestar no lo reduce, lo intensifica. Enseñar técnicas de regulación emocional —desde la respiración hasta la conciencia corporal— permite salir del estado de alerta constante. Trabajar la autoexigencia ayuda a construir una relación más realista con uno mismo. Y aprender a relacionarse de forma consciente con el entorno digital puede reducir significativamente el impacto emocional.

Conviene desmontar una idea frecuente: los jóvenes no son más débiles. Son una generación más expuesta, más exigida y, en muchos casos, menos entrenada para gestionar esa presión. Sienten intensamente en un contexto que demanda mucho, pero ofrece pocas herramientas para sostenerlo.

La salud mental juvenil no es solo una cuestión clínica, sino social. Habla de cómo estamos construyendo nuestro entorno, de lo que exigimos y de lo que dejamos de enseñar. Y también abre una puerta a la acción. Porque cuando un joven aprende a entender lo que le pasa, a regular su respuesta emocional y a tratarse con mayor amabilidad, no solo mejora su bienestar: cambia su forma de relacionarse con el mundo.

Detrás de cada “no puedo más” no hay debilidad. Hay una necesidad que no ha sido atendida a tiempo. Y empezar a escucharla —de verdad— es una responsabilidad que nos implica a todos.

 

María Cobo López 

Psicóloga Sanitaria

Especialista Infanto/Juvenil

Clínica Integrativa Salud Mental

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