En la tercera semana de octubre de 2017 Carles Puigdemont, presidente de la Generalidad, dudaba entre declarar la independencia de Cataluña o convocar unas elecciones autonómicas. Por un lado, el 6 de septiembre el Parlamento catalán había aprobado dos leyes: una para regular un referéndum sobre la independencia de Cataluña y otra de transición a la independencia. Aunque había sido declarado ilegal, el 1 de octubre se había realizado ese referéndum. Y el resultado abonaba la declaración de independencia. Por otro lado, el Senado estaba tramitando la propuesta del Gobierno español de aplicar el artículo 155 de la Constitución. La principal consecuencia sería suspender transitoriamente la autonomía de Cataluña y asumir en ese período el mando.
En la mañana del 26 de octubre Gabriel Rufián, diputado de Izquierda Republicana de Cataluña, publicó un mensaje en su cuenta de Twitter (luego X) que decía: “155 monedas de plata.” Obviamente, estaba aludiendo a las treinta monedas de plata que Judas Iscariote había recibido a cambio de delatar a Jesús de Nazaret. La gente pensó que Rufián estaba tachando de traidor (en su jerga, botifler) a Puigdemont. Al poco la filóloga Pilar Rahola, una destacada tertuliana separatista, le respondió con otro mensaje en la red: “Deberías retirarlo. Es muy injusto y muy feo”. A su vez Rufián le aclaró que “hablaba de la oferta del Gobierno, Pilar”. Y ella aceptó la excusa: “Entonces, perdona. Supongo que sabes que no se ha interpretado así… En todo caso, disculpa, cariño.” Ese día Rahola también publicó otros mensajes en los que pedía confiar en Puigdemont, al que calificaba de estadista. No obstante, muchos pensamos que su cariño había recurrido a una pérfida ambigüedad. Si realmente hubiese querido referirse al Gobierno español, habría escrito “Rajoy ofrece 155 monedas de plata”.
En cualquier caso, su advertencia atemorizó hasta tal punto a Puigdemont que el 27 de octubre, poco después de las tres de la tarde, leyó una Declaración Unilateral de Independencia ante el Parlamento de Cataluña. Como era de esperar, fue aprobada por una amplia mayoría de los diputados. Media hora después, con el apoyo del PP y del PSOE, el Senado acordó aplicar el artículo 155 de la Constitución. Tres días después, el 30 de octubre, el estadista catalán se fugó gallardamente a Bélgica. Por el contrario, el vicepresidente de su Gobierno, Oriol Junqueras, dirigente de IRC, se quedó en Cataluña. Eso facilitó que, tras ser juzgado y condenado por el Tribunal Supremo, fuese encarcelado. Por cierto, el diputado Rufián, que había desencadenado la crisis con su provocador mensaje, se escapó de rositas.
Es difícil entender por qué unos votantes sedicentemente 'progresistas' prefieren al candidato de un partido que ayudó al golpe de Estado de 2017, quiere quedarse con todos los impuestos y rechaza los trasvases"
En la actualidad ERC anda pidiendo que se transfiera al Gobierno catalán la capacidad de recaudar y gestionar todos los impuestos que los españoles paguen en Cataluña. Si se hiciese, el perjuicio para la caja común sería enorme y las demás regiones tendrían que subir sus impuestos o recortar prestaciones públicas (o hacer ambas cosas). En paralelo, Rufián, que sigue siendo diputado de ERC, ha propuesto que solo se presente una lista de extrema izquierda en cada provincia en las próximas elecciones españolas. Se supone que los demás partidos deben renunciar a presentarse o que sus candidatos se integren en esa lista única. Con un cinismo abrumador, dice que el programa de ERC no solo beneficiaría a Cataluña, sino también a los “trabajadores de Algeciras”, cosa absolutamente imposible si se quedasen con todos los impuestos. En cualquier caso, los tres partidos separatistas, el Bloque Nacional Gallego, Reunirse (Bildu) e ERC, han declarado que no aceptan la lista única.
Inasequible al desaliento, eldiario.es, un periódico digital de ese sector, ha encargado una encuesta para sondear la opinión de los votantes de extrema izquierda acerca de quién debería liderar esa coalición plurinacional. Los votantes separatistas han elegido a los respectivos candidatos de sus tres partidos: Ana Pontón, el vasco Oskar Matute y Rufián. La primera es gallega; el segundo, vasco; el tercero, un catalán de ascendencia jiennense por una rama y granadina por la otra. Esos votantes separatistas saben de qué va la cosa: obtener privilegios para sus regiones, que ellos consideran naciones. De forma estupefaciente, el favorito de los votantes de extrema izquierda del resto de España también es Rufián. Y eso a mucha distancia del siguiente. Es difícil entender por qué unos votantes sedicentemente “progresistas” prefieren al candidato de un partido que ayudó al golpe de Estado de 2017, quiere quedarse con todos los impuestos, rechaza los trasvases fluviales e impide que se estudie en español en Cataluña.
Para colmo, un partido que, al compararlos con los catalanes, ha despreciado a los murcianos, los andaluces, etc. Ante esa propuesta los partidos de derechas no se han pronunciado: tanto los separatistas, como el Partido Nacional Vasco y Juntos por Cataluña, como los españolistas, el Partido Popular y Vox, no se sienten concernidos. En cambio, los partidos de extrema izquierda plurinacional se han sentido complacidos, aunque dudan de que Rufián acepte. Obviamente, urge potenciar algún partido de izquierdas que se defina como españolista y defienda la igualdad entre los españoles de todos los territorios. Y no; ese partido no es el PSOE, que no existe en Cataluña. Allí lo suplanta el Partido de los Socialistas de Cataluña, que también quiere quedarse con todos los impuestos, impulsa la inmersión en catalán, etc. Así pues, dedicaré el próximo Tibio a Izquierda Española, que ya ha anunciado la celebración de las segundas jornadas jacobinas para debatir sobre estas cuestiones. Con permiso de Abascal, el análisis sobre el finado Antelo tendrá que esperar.