MURCIA. En el Tibio anterior comenté cómo la consigna “¡que no llegue a saberse!” se popularizó entre los pioneros de la teoría de la evolución. En este Tibio expondré que dicha consigna también es extraordinariamente popular en el ámbito político. Si fuesen aficionados al flamenco, muchos políticos entonarían "¡Que te calles, que te calles, que tengo tapaítas cositas que nadie sabe!". En efecto, todos los partidos y muchos dirigentes tienen tapaditas cositas que preferirían que no se supiesen nunca.
Así, los etarras nunca quisieron que se supiese quiénes cometían sus asesinatos, y siguen sin querer decirlo, aunque los excarcelen. El presidente catalán Jordi Pujol nunca quiso que se supiese que su familia estaba enriqueciéndose a costa de los empresarios. Por no extenderme, en lo sucesivo solo comentaré algunas ocultaciones de los dos grandes partidos que han presidido los gobiernos de España.
En el Partido Popular, Ignacio González nunca quiso que se conociesen los manejos urbanísticos en los que había incurrido. Y Aznar ocultó a sus electores que hablaba catalán en la intimidad, pues de haberlo sabido quizás no le habrían otorgado la confianza para que firmase el desastroso pacto del Majestic, que tanto benefició a los separatistas catalanes. Más recientemente, el presidente valenciano Mazón habría preferido que no se supiese que compartía mesa con una periodista mientras sus paisanos se ahogaban por la inundación.
En el PSOE los asuntos que preferirían que no se supiesen han adquirido dimensiones galácticas. Los presidentes andaluces Chaves y Griñán no quisieron que se conociese el destino de los centenares de millones de euros que sus subordinados repartieron entre sus afines, originando así un genuino socialismo de amiguetes. La hermana del ministro Puente nunca quiso que se supiese que había dado instrucciones para que, tergiversando la ley de memoria democrática, los cónsules regalasen a millones de hispanoamericanos una nacionalidad española a la que no tenían derecho. Y hay más detalles que quisieron ocultar: ¿es verdad que Leire Díez contrató sicarios para atacar a jueces y policías?, ¿por qué Sánchez se muestra tan sumiso a Marruecos?, ¿qué pactó Cerdán con los separatistas catalanes para que los diputados de Juntos votasen la investidura de Sánchez?, etc., etc.
La indudable popularidad de Rufián se debe en buena medida a su dominio de la ocultación activa en la variante de ambigüedad"
Ese tipo de ocultaciones son las más obvias, pero se basan en tácticas meramente pasivas: no comentar, no filtrar, no firmar, etc. Mucho menos comentadas, pero sumamente eficaces, son las tácticas de ocultación activa. Una modalidad muy empleada es recurrir a la ambigüedad, ocultando así las verdaderas intenciones. En esa modalidad, Gabriel Rufián se ha mostrado un maestro. Con su mensaje “155 monedas de plata” indujo al presidente Puigdemont a declarar la independencia de Cataluña, en vez de convocar elecciones autonómicas como tenía pensado. Cuando la activista Pilar Rahola le reprochó el mensaje a Rufián, él le respondió que no iba dirigido a Puigdemont, sino que estaba denunciando las intenciones del gobierno de Rajoy. ¿Cuál era la verdad? Cada sector eligió la que más le convenía. Después, indujo a la izquierda soberanista a pactar con la izquierda separatista para no dividir los votos. Tras compartir varios mítines con dirigentes izquierdistas, acabó pactando con Podemos, en vez de liderar el Frente Amplio. ¿Había querido realmente unificar electoralmente a la extrema izquierda o solo había pretendido competir con ventaja con los Comunes en Cataluña? A fecha de hoy, nadie lo sabe con certeza. Su última exhibición de ambigüedad ha consistido en pedir la dimisión del ministro Puente y, una vez dimitido, susurrarle al oído que había sido un gran ministro. La indudable popularidad de Rufián se debe en buena medida a su dominio de la ocultación activa en la variante de ambigüedad. ¿Pues, olvidando el lema “España nos roba”, no dice ahora que siente orgulloso de sus raíces andaluzas?
Otra táctica de ocultación activa bastante eficaz consiste en acusar a los adversarios políticos de las conductas inapropiadas que uno mismo está cometiendo. En ese aspecto, los dirigentes socialistas le llevan mucha ventaja a los populares. El presidente Sánchez ha lamentado que el Partido Popular haya pactado con Vox, en vez de aislarlo por completo. En una magistral maniobra de ocultación activa, ha señalado que la derecha alemana se ha negado a acordar nada con la extrema derecha. La realidad es que los socialdemócratas alemanes apoyan a los conservadores cuando ganan sin mayoría absoluta, de modo que no necesitan a la extrema derecha para gobernar. En cambio, el propio Sánchez, inventor de la consigna “No es No”, se negó a apoyar a Rajoy, que había ganado las elecciones, y después pactó con todos los partidos, incluso con los que había prometido que nunca pactaría, para impedir que Feijoo, con ayuda de Vox, fuese nombrado presidente. En resumen, hizo justo lo que reprochaba al PP, una verdadera hazaña de ocultación activa. A su lado, Montse Mínguez, que ocultó que su pareja se dedicaba al negocio inmobiliario mientras ella defendía las normas para restringir los alquileres y prohibir los desahucios, era una mera aprendiz de la táctica activa.
Otro caso de ocultación activa muy celebrado lo protagonizó el presidente Zapatero, que, diciendo que ser socialista consistía en tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho, guardaba en una caja fuerte unas joyas de origen desconocido. Y también entra en el campo de la ocultación activa el método de Ábalos de afirmar que era feminista porque era socialista mientras organizaba orgías con prostitutas. Ahora habíamos pasado del socialismo de amiguetes al socialismo de sobrinitas. Me atrevería a pronosticar que muchos dirigentes de varios partidos están compartiendo una campaña masiva de ocultación activa cuando dicen que quieren abolir la prostitución mientras visitan discretamente prostíbulos. Por no hablar del presidente estadounidense Trump, que decía que se merecía el premio Nobel de la Paz mientras ordenaba bombardear Irán.
Los ciudadanos que no prestan excesiva atención a la política suelen pensar que los políticos ocultan sus desmanes mediante un secretismo pasivo, pero todavía no han captado que realizan buena parte de sus ocultaciones de forma activa. En ese sentido, se parecen a los prestidigitadores, que realizan sus trucos dirigiendo la atención del público hacia algunas maniobras de distracción. Me temo que los expertos en ocultación activa, como los que han diseñado la operación Maricarmen o el lema “No todos los políticos somos iguales”, van a cotizar al alza en la inminente campaña electoral.
