¡Que no llegue a saberse! (La evolución)

Opinión

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"Darwin ocultó durante tres décadas su teoría de la evolución por selección natural, un silencio al que contribuyó su esposa, una adinerada mujer muy religiosa"

Publicado: 01/11/2026 · 06:00
Actualizado: 01/11/2026 · 06:00
  • Foto: BBC
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Acaso el lector esté preguntándose el motivo del extraño título que he elegido para este Tibio. Para resolver su duda le presentaré al ahora casi desconocido Robert Forman Horton. Nacido en 1855 en Londres, ocupó durante medio siglo en Hampstead el puesto de ministro de la iglesia Congregacional, una rama del cristianismo de tendencia calvinista. Y también enseñó Historia en la universidad de Oxford. Desde la reforma protestante, fue el primer profesor que no era anglicano en esa universidad. Además, ocupó la vicepresidencia de la Liga para la Prohibición de los Deportes Crueles, como las peleas de gallos, las luchas de perros, las cazas de zorros y las matanzas de ciervos. De haber extendido su alcance a España, quizás también las corridas de toros 

De tendencia liberal, creía en la compatibilidad entre le fe cristiana y la ciencia. Y eso incluía la entonces novedosa teoría de la evolución biológica. Llegó incluso a afirmar que los textos bíblicos no tenían por qué ser exactos desde el punto de vista científico, pues su única finalidad era transmitirnos la Revelación divina, en especial mediante la figura de Jesucristo. Con su enfoque, la interpretación literal del Génesis quedaba obsoleta. 

Dejaría incompleto su retrato si no señalase que exhibía una faceta humorística. En 1893 escribió que una mujer anónima, tras enterarse de que los primeros humanos acaso provenían de unos primates ancestrales, exclamó: “Esperemos que no sea cierto; y, si lo es, silenciémoslo”. Atribuyendo esa frase a la esposa de un obispo, posteriormente alguien desconocido la trasformó en: "Esperemos que no sea cierto, pero, si lo es, recemos para que no llegue a saberse". 

 

Como si fuesen adictos al criterio de que no llegase a saberse nada, Darwin y Buckley practicaron a fondo diversas modalidades de secretismo"

 

Probablemente la anécdota que relató Horton nunca ocurrió, pero aun así tenía algo de verdad. Tomemos el caso de Charles Robert Darwin, el principal evolucionista. En parte porque temía la reacción de la sociedad británica, ocultó durante tres décadas su teoría de la evolución por selección natural, un silencio al que contribuyó su esposa, una adinerada mujer muy religiosa. De hecho, Darwin solo publicó su teoría cuando supo que Alfred Russel Wallace había ideado una muy parecida. A su vez, él le recomendó encarecidamente a Wallace que se no se pronunciase públicamente a favor de la nacionalización de la tierra, consejo secretista que el galés obvió. Los dirigentes británicos de la ciencia nunca reconocieron que no le otorgaban a Wallace ningún puesto estable de trabajo porque carecía de título universitario y por lo que él mismo llamaba “sus antecedentes” (políticos). 

Generosa, la escritora Arabella Burton Buckley instó a Darwin a facilitarle apoyo económico, pero le pidió que no contase su ruego a nadie. Otra partidaria, pues, del “¡qué no llegue a saberse!”. El célebre evolucionista promovió que el gobierno le concediese a Wallace una pensión, pero un importante evaluador le retrasó secretamente la concesión porque consideraba inaceptable que Wallace se hubiese sumado al movimiento espiritista. Por su parte, Buckley divulgó su propia teoría de la evolución mediante fantasiosos libros infantiles y, rizando el rizo, intentó compatibilizarla con el espiritismo y la doctrina cristiana. Como si fuesen adictos al criterio de que no llegase a saberse nada, Darwin y Buckley practicaron a fondo diversas modalidades de secretismo. En cambio, Wallace pagó las consecuencias de decir siempre lo que pensaba. Si acaso, solo se mostró reticente con Marion Leslie, de la que se enamoró, pero ya se sabe que una de las mejores pistas para saber si estás enamorado es que el sospechoso o la sospechosa te infunda alguna clase de temor, como el de no corresponderte o el de no estar a su altura.   

Curiosamente, el monje agustino Gregor Mendel fue una involuntaria víctima de aquel criterio ocultista. Su explicación de la herencia biológica constituía un complemento excelente para la teoría de la selección natural de Darwin y Wallace, pero pasó casi desapercibida durante siete lustros. De haberla conocido, quizás Darwin no habría divulgado su errónea teoría de la herencia.

Pues bien, en el siguiente Tibio comentaré que la consigna “¡que no llegue a saberse!” se ha hecho también muy popular entre los políticos. Como escribió Manuel Machado, “hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son, y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe su autor.” Y, en efecto, ahora las gentes les cantan a los políticos unas coplas anónimas cuyo común estribillo es ¡que no llegue a saberse! 

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