Opinión

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El pulso de la Historia

Odres viejos y odres nuevos

"Una pregunta nos paraliza: ¿Pueden las infraestructuras antiguas sostener sin riesgo la velocidad de los trenes que hoy llamamos de alta velocidad?"

Publicado: 21/01/2026 ·06:00
Actualizado: 21/01/2026 · 06:00
  • Vista del lugar del accidente de los trenes que colisionaron cerca de Adamuz.
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Nadie echa vino nuevo en recipientes de cuero viejo. De hacerlo así, se reventará el cuero, se derramará el vino y los recipientes se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en recipientes de cuero nuevo y así ambos se conservan. (Mateo 9:17).


Este pasaje bíblico nos habla, aparentemente, de un gesto sencillo: de recipientes y de vino. De esto sabemos mucho los murcianos. Sin embargo, se trata de una preciosa metáfora con un sentido mucho más profundo. El vino nuevo —vivo, en fermentación, inquieto— necesita un continente capaz de adaptarse a su fuerza. Si se le encierra en lo rígido, en lo gastado, en lo que ya no puede estirarse, el resultado no es solo la rotura del odre: lo perdemos todo, vino y recipiente. Lo perdemos todo…

Los odres viejos son cuero reseco, son las estructuras que ya no entienden el ritmo de lo que contienen. Son las formas antiguas que pretenden sostener realidades nuevas sin transformarse ellas mismas. Y ahí nace la tragedia: no por maldad, sino por desajuste. Por no escuchar los límites. Por no aceptar que todo avance exige, también, cuidado.

Me ha venido a la mente este pasaje mientras, con el corazón hendido de dolor, escuchaba la trágica noticia del terrible accidente de tren ocurrido cerca de Adamuz. Voces de periodistas acuciados por la desgracia, imágenes del metal retorcido, ruido de sirenas, nombres sin rostro...

 

Cada accidente nos muestra qué ocurre cuando corremos más de lo que podemos sostener, cuando exigimos al mundo una rapidez para la que no siempre está preparado"

 

La comisión investiga mientras esperamos ansiosos la imparcialidad de las conclusiones. Sin duda, resulta mucho más propagandístico promocionar la inauguración de una estación de tren que las inversiones que se llevarán a cabo para mantener debidamente su uso a lo largo del tiempo. Y digo esto porque se desliza sin grandes sortilegios una pregunta que nos paraliza: ¿pueden las infraestructuras antiguas sostener sin riesgo la velocidad de los trenes que hoy llamamos de alta velocidad?

No es la primera vez que España llora por el ferrocarril. Angrois, Valencia, otras curvas, otros fallos, otros nombres que no olvidamos. Cada accidente nos muestra qué ocurre cuando corremos más de lo que podemos sostener, cuando exigimos al mundo una rapidez para la que no siempre está preparado.

¡Más rápido, más rápido!

 

Corremos tanto que a veces no sabemos ni de qué escapamos. Y en esa carrera, no siempre vemos las grietas del camino"

 

Vivimos obsesionados con ganar tiempo al tiempo. Queremos ir más deprisa de lo que nos permiten los cuerpos, las vías, la vida misma. Soñamos con escribir en lápiz nuestros errores para borrarlos después, como si no dejaran huella. Como si no dolieran. Como si no tuvieran consecuencias.

Vamos tan rápido que apenas dejamos rastro de nuestras pisadas. Y claro, pasamos de largo por lo esencial: por la respiración tranquila, por la conversación sin reloj, por el simple hecho de caminar sin destino. Olvidamos sentir la vida a cada instante, saborearla despacio, como se saborea el vino bueno: sin prisas, con respeto. El fin parece justificar los medios: AVE sí, pero ¿a qué precio?

Fruto de este devenir arrebatado, buscamos anhelantes ganarle dos horas más al día. ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Para producir más, llegar antes, competir mejor? ¿O para huir de algo que no sabemos nombrar? Corremos tanto que a veces no sabemos ni de qué escapamos. Y en esa carrera, no siempre vemos las grietas del camino. O las vemos, pero las dejamos pasar. Este es el gran error, con consecuencias devastadoras.

Tal vez el accidente de Adamuz, como los otros antes, no sea solo una tragedia técnica. Quizás sea también una metáfora brutal de nuestro tiempo: vino nuevo —la velocidad, la ambición, la tecnología— en odres viejos —infraestructuras cansadas, sistemas que no han avanzado al mismo ritmo que nuestras ambiciones.

 

A veces el mayor progreso es elegir el paso humano, el ritmo que no destruye al hombre ni al mundo"

 

El pasaje bíblico vuelve a nosotros advirtiéndonos: no basta con querer ir más rápido; hay que preguntarse si el camino puede sostenernos. No basta con desear el vino nuevo; hay que cuidar los odres. Y quizá, más importante aún, haya que preguntarse si de verdad necesitamos tanto vino, tanta prisa, tanta urgencia.

Tal vez la verdadera primicia propagandística no consista en correr más, sino en aprender a ir más despacio. En entender que no todo avance es velocidad. Que también es avance detenerse, revisar, cuidar, escuchar. Que a veces el mayor progreso es elegir el paso humano, el ritmo que no destruye al hombre ni al mundo.

Porque si seguimos empeñados en meter vino nuevo en odres viejos —nuevos trenes en viejas vías, vidas aceleradas en corazones cansados—, seguiremos priorizando los votos a la seguridad ciudadana, los intereses espurios al caminar tranquilo de almas sencillas y profundamente humanas. Hoy, no solo hemos destrozado los odres. Hemos perdido el vino. Hemos perdido la vida.

 

Patrocinio Lorente Peinado

Doctora en Historia Contemporánea y profesora de Formación Profesional en Alguazas

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