El manoseado eslogan de “es la economía, estúpido” de la campaña en la que Bill Clinton ganó a George H. W. Bush (padre) las elecciones presidenciales de 1992, nos sirve para el enmarque de nuestro artículo semanal (al igual que a otros muchos artículistas), y poner frente al espejo, a esos que se empeñan en levantar muros ideológicos, y a sus corifeos, a raíz de la victoria de Abelardo de la Espriella, porque muchas veces se estrellan contra la realidad, como ha ocurrido en Colombia, aunque sea de forma ajustada.
Por eso hay muchos que cuando alguien señala la luna, o un problema ya sea la seguridad, la trata de seres humanos-emigrantes, o la corrupción, ya saben el dicho, se fijan en el dedo no en la luna o el problema, pues pasa igual en geopolítica, muchos se dejan llevar, no solo por lo irracional de sus sentimientos, sino también por su ideología, es decir, se van al cómodo terreno de lo subjetivo de esos muros ideológicos, su zona de confort, de esos calimeros (expresión que entendemos sólo los que hicimos la EGB), del lado correcto de la historia, que prefieren enfurruñarse, protestar, incluso revelarse, pero no aportar nada, prefieren destruir a construir, es más fácil criticar que trabajar.
Porque en la geopolítica, se produce una colisión entre lo que es (intereses, poder, engaño, etcétera) y lo que nos gustaría que fuera (un mundo happy), entre el mundo de las ideas y la realidad, que en demasiadas ocasiones deriva en un choque entre fanatismo y racionalidad.
Otto von Bismarck llamó Realpolitik a una escuela de pensamiento en el ámbito de las relaciones internacionales que anteponía lo pragmático a lo ideológico, buscando el equilibrio de poderes, adelantando el win-win de la actualidad, y que desde antiguo (mucho antes que Otto) ha tenido bastante predicamento entre estadistas, intelectuales y líderes mundiales.
Y así es como hemos llegado, en el nivel inferior de la Geopolítica, las políticas nacionales, a las elecciones del Perú y Colombia, donde según todos los medios globalizados, la ultraderecha -el lobo que viene-, ha triunfado en unos resultados muy ajustados como he dicho, y en donde a la izquierda le ha costado mucho reconocer su derrota, haciendo amagos de lanzarse a la calle, con conatos incluidos, en algo que siempre ha ganado a la derecha, el dominio callejero. De todas formas, los zurdos, como gusta de llamarlos Javier Milei, no deben preocuparse, pues en Hispanoamérica los ciclos políticos son bastante pendulares y oscilan entre diestros y zurdos.
Pero ¿qué ocurre en Iberoamérica? Si hacemos caso de los partidarios del Grupo de Puebla, internacional de izquierdas de aquel hemisferio, que gran parte de los habitantes de aquellos lares ha sido abducido por Donald J. Trump y se han vuelto fachas. Lo parecería, porque el tsunami conservador ( en un par de años aproximadamente) ha logrado que en Chile gobierne José Antonio Kast, en Argentina Javier Milei, en Bolivia Rodrigo Paz Pereira, en Paraguay Santiago Peña, en Ecuador Daniel Noboa, en Panamá José Raúl Mulino, en Costa Rica Laura Fernández, en El Salvador Nayib Bukele, en Honduras Nasry Asfura, ha sido espectacular. Como pueden leer, toda una ola derechista imparable, que deja, por cierto, a los izquierdistas de Puebla poco territorio y gobiernos para sus tramas de corrupción
Pero claro, para ganar el relato, es más fácil echar la culpa a la ideología que a las verdaderas causas que han provocado este giro a la diestra. Porque las razones, entre otras, pueden, relativamente, estar claras, y serían consecuencia en parte de esas crisis de los Estados Nación frente a la Globalización, y sus efectos colaterales como son la proletarización de la clase media y el empobrecimiento de la clase obrera. Podríamos resumir esas razones en la siguiente idea, si me permiten la osadía del reduccionismo, y es que, para avanzar, para progresar, ha de haber orden, porque sin seguridad no hay libertad, y lo que ha producido la globalización desde hace años: es un desorden nacional, estatal en aras de intereses internacionales, con la desregularización y la ley de la selva económica, el pez grande se come al chico. Por eso las campañas electorales de los anteriores políticos se han basado principalmente en problemas íntimamente relacionados con esa Globalización, tanto económicos como fronterizos o de seguridad.
Primero, frente a la desregularización, el teórico libre comercio, en demasiadas ocasiones competencia desleal, donde el agricultor, por ejemplo, lucha atado de pies y manos contra el resto de la producción mundial, hace que vuelvan posiciones económicas, algo proteccionistas, para proteger a las producciones nacionales (un ejemplo son los aranceles que ha puesto la UE a los coches chinos eléctricos). Aunque en general los líderes antes citados son defensores del libre mercado, existe también ese debate proteccionista en el Hemisferio Occidental, Trump incluido. Lo que sí se ha producido, y seguirá (aquí existe una oportunidad de inversión), son las desinversiones chinas en aquel hemisferio producto del pulso estratégico con los USA, y que ya, entre otros, ha provocado la salida del capital chino del Canal de Panamá, siendo sustituido por un consorcio del Fondo norteamericano BlackRock y MSC, en 2025.
Después, respecto al control de fronteras, la Globalización ha traído un inmenso trasiego y movimiento migratorio, entre todas las fronteras del mundo, no sólo en Europa, con lo cual uno de los elementos fundamentales del Estado, ya saben gobierno, población y territorio, ha sido desvirtuado, pues se ha vuelto permeable, algo impensable en épocas pretéritas, que genera fricciones sociales y laborales, e incluso posibles repercusiones demográficas. También tiene su repercusión geopolítica en forma de tensiones entre países, como ocurre entre Venezuela y Colombia con millones de refugiados venezolanos, o entre Perú y Chile en pleno Desierto de Atacama.
En tercer lugar, y sobre todo en Iberoamérica, el problema de la seguridad interior, ante la crisis de los Estados, la falta de ejercicio de la Soberanía, y el uso privativo de la violencia por parte del Estado, como diría Max Weber. Esta relajación de las leyes y el ejercicio de la Soberanía en general ha provocado, aunque la violencia callejera en esos países viene de lejos, un incremento de lo que ha sido la delincuencia común, la delincuencia organizada, los narcos, los terroristas, los guerrilleros, etc., que ha llevado a que el votante lo que busque sea simplemente alguien que les ofrezca seguridad, como la que ha logrado Nayib Bukele en El Salvador, haciendo frente a las bandas criminales (en su mayoría jóvenes) como la Mara Salvatrucha, o el Barrio 18, o la Mara Mao Mao, y sus imitaciones dominicanas y transnacionales como los Trinitarios.
Así es como Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia (sobre todo este último imitando incluso a Bukele) han ofrecido a sus ciudadanos algo básico en el contrato social, como diría Jean-Jacques Rousseau, la seguridad que debe dar la comunidad política a sus miembros para satisfacerlos; nada de que viene el lobo, cuidado con los dóbermans, o yo (con mi corrupción) o el facherío que es peor, simplemente lo que quiere la gente es poder vivir en paz, no se asusten.