Por sorprendente que le resulte al lector de 2026, el Jueves Santo de 1926 hizo público la prensa murciana un ruego de la Cofradía de Jesús: “Para conocimiento general, en evitación de incidentes desagradables, y a fin de impedir la dilación extraordinaria de la procesión y la falta de orden que supondría la retención de las efigies con el canto de saetas, se ha acordado que las mismas se detengan en las paradas normales, y si durante ellas se cantase alguna, ponerlas nuevamente en marcha después de cantada, aunque se comenzase otra, pues así lo reclama la necesidad de dar descanso a los que por penitencia llevan los pasos”.
Alguna saeta se deja oír hoy al paso de nuestras procesiones, pocas veces espontánea; las más, prevista para dar lustre a la retransmisión televisiva, al paso de la procesión por un punto significado del itinerario, o a la entrada y salida de los pasos en su sede religiosa.
Pero aquel suelto en la prensa de hace un siglo es claramente indicativo de que este cante, hecho jaculatoria aflamencada, había calado en nuestras procesiones, y el normal desenvolvimiento de los desfiles penitenciales hacía necesario tomar ciertas decisiones, que se daban a conocer para que nadie se llevara a engaño.
La Semana Santa de 19926 la abría, como cada Viernes de Dolores desde 1920, la procesión de la Dolorosa que partía desde el convento de Santa Ana, que lo hacía sin nazarenos"
Y no deja dudas sobre cómo se prodigaba este cante la reseña que se publicaba tras la procesión del Cristo del Perdón el Lunes Santo de aquel año: “Durante el trayecto fueron cantadas numerosas saetas, algunas de ellas con muy buen gusto y entonación. Esta es una costumbre que se arraiga en nuestras procesiones”.
La Semana Santa la abría por entonces, como cada Viernes de Dolores desde 1920, la procesión de la Dolorosa que partía desde el convento de Santa Ana, que lo hacía sin nazarenos.
En su primera aparición, abrían marcha fuerzas de la Guardia Civil, a las que seguían la banda de música de Patiño y largas filas de alumbrantes, pertenecientes a la Orden Tercera de San Francisco, Apostolado de la Oración, Guardia de Honor, Adoración Nocturna, seminaristas y alumnos del Colegio de Vocaciones eclesiásticas de San José.
A continuación, figuraba el trono de la Virgen de los Dolores, profusamente iluminado y artísticamente adornado, y ante él un coro cantando el Stabat Mater; clero parroquial y representaciones de la curia eclesiástica y del Ayuntamiento. Cerraban la procesión la banda de música de la Misericordia y una sección de soldados de Artillería.
Con carácter previo, tenían lugar los cultos solemnes en honor de la Virgen de los Dolores. El itinerario que siguió fue desde la plaza de Santa Ana a la de Santo Domingo, Príncipe Alfonso (Trapería), Platería, plaza de Santa Catalina, Pascual, Frenería, plaza de Belluga, Salzillo, Príncipe Alfonso, plaza de Santo Domingo (rodeándola) y plaza de Santa Ana.
Con mínimas modificaciones, fue esta procesión de la tarde del Viernes de Dolores, impulsada por don Antonio García Amat, la que abrió la Semana Santa murciana hasta el año 1931 inclusive. Una de las pocas novedades tuvo lugar en 1925, cuando el obispo de la Diócesis, fray Vicente Alonso y Salgado, concedió 50 días de indulgencia a todos los fieles que tomaran parte en los cultos de la Iglesia de Santa Ana, confesando y comulgando, asistiendo a la procesión o participando en los actos de la novena. También fue novedosa, en la procesión de 1928, la autorización para que salieran damas acompañando a la Virgen, pues hasta entonces sólo podían figurar en ella caballeros.
Pero la primera procesión con nazarenos era la que la Cofradía de Servitas sacaba a las calles desde San Bartolomé el Domingo de Ramos, con sus cofrades vistiendo túnicas de color azul celeste y los pasos del Ángel y la Virgen de las Angustias, aunque antes era precedida de un doble traslado, en los dos días precedentes.
El primero, desde San Bartolomé hasta un convento, normalmente el de las monjas agustinas, porque las mismas que esos días oraban al Nazareno de Jesús, que lo custodiaban hasta la mañana del Miércoles Santo y adornaban el trono y vestían a la imagen para la procesión del Viernes Santo, se ocupaban también del ornato de la Virgen de la cofradía servita.
Era aún denominada 'procesión de las colas', por las que lucían sus nazarenos, que los espectadores de hoy podemos contemplar viendo desfilar dos de ellas, como una reliquia del pasado, precediendo al paso del Titular"
Y un día después tenía lugar el regreso, con gran concurrencia de mujeres vistiendo la mantilla española, de alumbrantes y de espectadores, al punto de que no pocas crónicas daban tanta o más importancia a este traslado que a la procesión oficial de la tarde del Domingo de Ramos.
Las procesiones seguían el Lunes Santo con el Perdón, saliendo desde la antigua iglesia de San Antolín, que contaba entonces con los pasos del Prendimiento, con Cristo de Nicolás de Bussy; Jesús ante Caifás, Jesús atado a la Columna, el denominado Señor del Malecón; el Encuentro en la calle de la Amargura; el Calvario, o Cristo del Perdón, que un siglo después lucirá este año con sus imágenes secundarias recién restauradas; y la Soledad. Era aún denominada “procesión de las colas”, por las que lucían sus nazarenos, que los espectadores de hoy podemos contemplar viendo desfilar dos de ellas, como una reliquia del pasado, precediendo al paso del Titular.
Se abría entonces un paréntesis en el calendario de procesiones, que no fue cubierto hasta el nacimiento de la del Rescate en 1947, como sucedía también el Jueves Santo, que no se cubrió hasta que el Refugio pasó de las cero horas del Viernes Santo a las 22 del Jueves Santo, en 1958; y el Sábado Santo, que tuvo que aguardar al año 1987 para conocer la sobria procesión del Cristo Yacente.
Entre medias, recorría las calles, el Miércoles Santo, la Sangre, con sus nueve pasos debidos a Nicolás de Bussy, Roque López, Santiago Baglietto, Francisco Sánchez Araciel y Juan Dorado; en la mañana del Viernes Santo, el Nazareno y los ocho pasos de Salzillo; el Santo Sepulcro en la noche de aquel solemne día; y el Domingo de Pascua, tenía lugar el alegre cierre del Resucitado.
En suma, cinco días de procesiones, frente a los diez de hoy, y seis cofradías, que se han transformado en 15 con el paso de estos 100 años, y que desfilarán en la Semana Santa que mañana comienza, para seguir dando cumplimiento a una tradición y a una devoción seculares.