Opinión

Opinión

Tribuna libre

Las paradojas del Trasvase Tajo-Segura: los secanos del Campo de Cartagena

Publicado: 18/02/2026 ·06:00
Actualizado: 18/02/2026 · 06:00
  • Imagen de la Tertulia: El patrimonio rural del Campo de Cartagena: un legado a proteger
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

La Tertulia celebrada el 13 de febrero en el Casino de Cartagena bajo el título El patrimonio rural del Campo de Cartagena: un legado a proteger, superó el formato habitual de encuentro divulgativo para convertirse en un verdadero foro de reflexión colectiva. La sala registró una asistencia notable y, sobre todo, una participación intensa, plural y comprometida. Intervinieron, los tertulianos invitados, Jose Sánchez Conesa, Isabel Andreu Bernal, Carmen Inglés y Antonio Bernal Aznar, y entre el público, Enrique Pérez Abellán, María Luisa Martínez, Joaquín Alcaraz, María Dolores Ruiz, María Luisa Martínez Jiménez, así como diversos representantes del tejido asociativo y cultural del territorio. El debate fue encendido en algunos momentos, pero siempre constructivo, con un denominador común: situar a las personas en el centro del análisis y del futuro del Campo de Cartagena.

Casi medio siglo, concretamente cuarenta y siete años, después de que llegaran las primeras aguas procedentes del rio Tajo al Campo de Cartagena y se consolidaran los efectos del Trasvase Tajo-Segura, la comarca aparece simbólicamente escindida en dos realidades. No se trata únicamente de una división hidráulica, sino que estamos ante una escisión productiva, social, paisajística, cultural y humana.

El Trasvase Tajo-Segura se articula jurídicamente en torno a la Ley 52/1980, que regula su régimen económico y establece las bases de asignación de recursos. Posteriormente, el entramado normativo se amplía y adapta mediante sucesivos reales decretos, planes hidrológicos de cuenca y directivas europeas, en especial la Directiva Marco del Agua (2000/60/CE), que introduce criterios de sostenibilidad ambiental y recuperación de costes. La política hidráulica española de finales del siglo XX respondió a una visión desarrollista: el agua como vector de modernización, instrumento de equilibrio territorial y palanca para la competitividad agraria en el marco de la integración europea.

La llegada de las aguas trasvasadas al Campo de Cartagena se inscribe en ese contexto histórico de transformación estructural. En mi libro Transformaciones agrarias en la Comarca del Campo de Cartagena, siglos XIX y XX (Ministerio de Agricultura, 1996) se documenta cómo durante generaciones la agricultura se sostuvo sobre la escasez y una cultura del aprovechamiento austero del agua. El trasvase alteró radicalmente ese paradigma. El Este se ha consolidado una agricultura intensiva, tecnificada y orientada a la exportación, aportando con datos de 2025 cerca del 20 % al PIB de la Región de Murcia. Se han multiplicado las sociedades agrarias de transformación, las cooperativas y las grandes empresas agroalimentarias. El territorio ha quedado plenamente integrado en los circuitos europeos de distribución hortofrutícola, generando riqueza cuantificable y empleo estructural, sostenido en gran medida por mano de obra inmigrante —especialmente de origen magrebí— que ha transformado la demografía y la sociología de la comarca.

  • Imagen de la Tertulia: El patrimonio rural del Campo de Cartagena: un legado a proteger -

Sin embargo, este modelo productivo también ha generado externalidades ambientales que hoy resultan ineludibles. Los problemas del Mar Menor evidencian los límites ecológicos de un crecimiento intensivo cuando la presión supera la capacidad de resiliencia del medio.

Frente a esa expansión, las diputaciones de la zona Oeste del Campo de Cartagena —Los Puertos de Santa Bárbara, Perín, La Magdalena, Campo Nubla, Canteras— representa otra realidad. Al no recibir las aguas trasvasadas ni experimentar procesos de concentración parcelaria de gran escala, preservó una estructura agraria tradicional y un paisaje cultural de enorme valor. Molinos de viento, norias, aljibes, pozos, boqueras, pedrizas, casas de labranza y sistemas de piedra seca constituyen una arquitectura del agua y del secano adaptada al medio semiárido. Estas construcciones no son simples vestigios estéticos: son testimonios materiales de una cultura del equilibrio, del ingenio técnico y de la sostenibilidad.

En la tertulia se destacó cómo diversos proyectos financiados por fondos europeos —LEADER, FEADER y otras iniciativas de desarrollo rural— han permitido revitalizar este territorio. La recuperación del Garbancillo de Tallante, la puesta en valor de la técnica tradicional de la piedra seca, la rehabilitación de senderos y casas rurales en el Campillo de Adentro, el impulso al ecoturismo, las rutas del senderismo (Peñas Blancas) , la revalorización del esparto como recurso etnográfico y económico, la recuperación del encaje de bolillo y el fortalecimiento del Museo Etnográfico de los Puertos de Santa Bárbara, son ejemplos concretos de cómo la marginalidad hidráulica se ha convertido en oportunidad patrimonial.

La paradoja es evidente. La zona Este representa la potencia productiva, la integración en mercados globales y la generación de riqueza; el Oeste muestra la preservación patrimonial, la calidad ambiental y una identidad territorial que hoy adquiere un valor creciente. Lo que en su momento se vivió como marginación —no recibir el agua del trasvase— hoy se interpreta como preservación. Lo que se consideró bendición —la llegada del agua y la intensificación productiva— muestra sus límites ambientales y sociales. Cuarenta y siete años después, la pregunta ya no es hidráulica sino ética y territorial: ¿qué modelo genera mayor bienestar integral? ¿Cuál asegura cohesión social y sostenibilidad a largo plazo? ¿Es posible integrar ambas realidades sin que una anule a la otra?

El Trasvase Tajo-Segura no solo redistribuye agua; redefine prioridades colectivas, identidades y horizontes de desarrollo. El Campo de Cartagena se convierte así en laboratorio de una tensión entre el crecimiento intensivo y la conservación patrimonial. El debate en el Casino de Cartagena dejó algo claro: el futuro no puede construirse al margen de las personas que habitan el territorio. Porque el agua transforma la tierra, pero son las comunidades quienes dan sentido al paisaje.

Y esa historia, lejos de estar concluida, sigue escribiéndose.

Recibe toda la actualidad
Murcia Plaza

Recibe toda la actualidad de Murcia Plaza en tu correo