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LA OPINIÓN PUBLICADA

La regularización de "Groucho" Sánchez

Publicado: 31/01/2026 ·06:00
Actualizado: 31/01/2026 · 06:00
  • Pedro Sánchez.
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Uno de los hitos del ascenso del PSOE al poder en España, y sobre todo de su indiscutible líder, Felipe González, fue el histórico XXVIII Congreso del PSOE, en mayo de 1979. El congreso tuvo lugar dos meses después de las elecciones generales de 1979, las primeras tras la aprobación de la Constitución Española. El PSOE llegaba a esas elecciones con grandes esperanzas: había irrumpido en 1977 como principal partido de la oposición, dejando muy atrás al PCE. Ahora, en 1979, aspiraba a ganar las elecciones y gobernar.

Pero no sucedió eso. Los resultados fueron muy similares a los de 1977: el PSOE sólo obtuvo tres escaños más que entonces (121 frente a 188). Como también la UCD subió tres escaños, la situación no cambió apenas. Peor para el PSOE, en realidad, porque había subido ligeramente a pesar de haber integrado al Partido Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, que había sacado seis escaños y casi un 5% de los votos en 1977. Un estancamiento, salvando las distancias, muy similar al que vivió Podemos en 2016, cuando se coaligó con Izquierda Unida y sacó los mismos 71 escaños que ya habían conseguido ambas formaciones por separado en 2015.

Esos resultados convencieron a Felipe González de que su partido tenía un techo electoral que sólo podía romperse si el PSOE rompía con sus fundamentos ideológicos derivados del marxismo, útil espantajo de la derecha para disuadir a muchos votantes de prestar su apoyo a un partido "radical" (más o menos el mismo argumento que tan útil había sido contra el PCE, pero aquí mitigado). González, pragmático, pidió que se retirase el marxismo, perdió la moción, dimitió, y meses después volvió por la puerta grande, una vez liquidado el marxismo. Tres años después, estaba en La Moncloa.

  • Felipe González. 

Así, el marxismo separó sus caminos del PSOE durante décadas. Hasta ahora, cuando, con la llegada de Pedro Sánchez al poder, una oleada de nuevo marxismo ha invadido las filas de los socialistas, inoculándoles una vitalidad y resiliencia inusitadas, si bien es cierto que también cierto carácter contradictorio, que podríamos resumir en "apoyaré todo aquello que me dé votos, de los ciudadanos o de los parlamentarios, según convenga". Es decir, el marxismo de Groucho Marx, el de "estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros".

Ahí es donde debemos ubicar la iniciativa del Gobierno de regularizar a medio millón de inmigrantes en situación irregular. Con independencia de que nos parezca bien o no, un acierto o fuente de problemas, a nadie debe caberle duda alguna de que, si se adopta esa medida, se debe única y exclusivamente a la necesidad de amarrar los votos parlamentarios de Podemos. Igual que se propone un nuevo sistema de financiación para contentar a ERC y Junts.

Lo cual no impide que "el Gobierno más social de la historia" saque pecho hablando de su firme compromiso con los derechos de las personas. También internacionalmente, donde Sánchez se dedica a interactuar con Elon Musk, tecnobro en jefe, ante el último bulo difundido por el multimillonario: que se regulariza a los inmigrantes para conseguir sus votos. Angelito. Pobre Elon, qué ingenuidad, ... ¡Si es que dan ganas de darle un abrazo! ¡Que no es ese millón de votos, hombre! que son los cuatro votos de Podemos en el Congreso!

  • Elon Musk. Foto: ARCHIVO

Sánchez está acentuando su perfil progresista porque es lo único que le puede dar réditos: visto el lastimoso estado de los "socios", intenta movilizar a su electorado y concentrar el voto en torno a un PSOE convertido en ejemplo de resistencia frente a la ultraderecha. Es decir, lo de siempre... con el matiz de que, ahora, las iniciativas loco-autoritarias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, constituyen un auténtico espaldarazo electoral para cualquier dirigente europeo que no se preste a pelotearle demasiado. Si, además, en el camino consigue reconstruir su mayoría parlamentaria lo suficiente para ganar alguna votación de vez en cuando y así resistir hasta después del verano, pues miel sobre hojuelas.

Al respecto de la verosimilitud del compromiso sanchista con los principios irrenunciables de la izquierda, casi como arqueólogo del marxismo, que recupera esa doctrina casi olvidada en el PSOE y enterrada por Felipe González, sólo hay que recordar que en 2015-2016 Sánchez intentó pactar con Podemos y como no le dejaron lo hizo con Ciudadanos; que en 2018 pactó con Podemos, PNV, pero también ERC y Junts, un año después de avalar la aplicación del artículo 155 en Cataluña; que en 2019 intentó pactar con Ciudadanos de nuevo y, al fracasar, acabó haciéndolo con Unidas Podemos. Que forjó el "Gobierno más progresista y social de la Historia" apenas unos meses después de intentar forjar el "Gobierno más ni de izquierdas ni de derechas de la Historia". Que Sánchez, en resumen, no tiene principios, salvo los que le convienen en cada momento.

Estremece pensar cuál sería el discurso migratorio de un Gobierno de Pedro Sánchez en coalición con Ciudadanos. Estremece pensarlo, pero no a él. Al igual que Albert Rivera sólo veía españoles, donde los demás vemos políticas o propuestas el presidente del Gobierno ve votos. Vengan de donde vengan y conduzcan a donde conduzcan.

 

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