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LA OPINIÓN PUBLICADA

Hacer las cosas bien... aunque sólo sea para ganar votos

Publicado: 07/03/2026 ·06:00
Actualizado: 07/03/2026 · 06:00
  • Pedro Sánchez y Donald Trump.
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Ya hemos hablado muchas veces de la extraordinaria capacidad de adaptación a las circunstancias de Pedro Sánchez. Cuando y como le conviene, el presidente del Gobierno es capaz de defender virtualmente cualquier cosa, de retorcer su proyecto político, cualquiera que sea éste, con el objetivo de mejorar sus expectativas electorales, cuestión esta a la que se dedica con pasión desde que llegó a La Moncloa. Sólo así puede explicarse que continúe, pese a todo y a todos, en la presidencia de un Gobierno que no cuenta con mayoría parlamentaria ni capacidad de aprobar Presupuestos ni otras leyes, con unas encuestas que pronostican el desastre electoral y una serie de citas autonómicas en las que el PSOE está saliendo escaldado, por más que su promotor, el PP, también vea cómo sus expectativas de ascenso, y de seguir gobernando en dichas comunidades autónomas, se ven truncadas en manos de Vox.

En esas estábamos cuando el individuo que preside el país más poderoso del mundo, Donald Trump, decidió regalarse su último caprichito: asesinar a la cúpula dirigente de Irán, bombardear masivamente no sólo los centros neurálgicos del régimen iraní, sino a la población y, en fin, entregarse a una orgía de destrucción desenfrenada de la mano de Israel. Pero, si en el caso de su socio israelí es evidente qué intereses le mueven, más allá del electoralismo, para acabar con su principal enemigo en la región, en el caso de Estados Unidos no es menos claro que su propósito al participar en esto tiene mucho que ver con la personalidad del presidente estadounidense y su círculo de aduladores.

  • Donald Trump. -

Como todo matón, Trump se dedica a intimidar a todo aquel que no le pelotea lo suficiente. Pero, además, también le gusta humillar a los que le pelotean. Esta forma de actuar es la que ha convertido lo que lleva de este segundo mandato (poco más de un año, aunque se haga muy largo) en un suplicio para los líderes occidentales, acostumbrados, como lúcidamente expresó el primer ministro belga, a ser "vasallos felices" con Estados Unidos, pero no esclavos miserables (esto es, no les gusta que lo que son se explicite con toda su crudeza, como hace Trump). En paralelo, ha quedado evidenciado que, en la mayoría de las ocasiones en que Trump profiere amenazas, después no las lleva a cabo (es una "estrategia de negociación" que cualquier macarra de barrio conoce). Y a veces, aunque las lleve a cabo, luego ha de echarse atrás, como ha ocurrido con su tan cacareada iniciativa de los aranceles.

La combinación de sus amenazas, humillaciones, y fracasos de su agenda política ha convertido a Trump en un dirigente mucho más débil de lo que parece. Débil porque su apoyo electoral se tambalea (actualmente Trump tiene un índice de aprobación de menos veinte puntos, una sima a la que nunca llegó en su primer mandato) y porque fuera de Estados Unidos, como es evidente, nadie se fía de él y cada vez se hace más cuesta arriba para cualquier país seguir ciegamente sus ocurrencias y caprichos.

Todo ello ha confluido en la actual guerra contra Irán, en la que Pedro Sánchez rápidamente ha visto su oportunidad de distanciarse, de nuevo, de las políticas de la Administración Trump. No es ni mucho menos la primera vez, puesto que Sánchez ya ha mantenido una voz discordante en el pasado, pues es muy consciente de que en la práctica Trump tampoco puede afectar en el corto plazo a España con sus amenazas comerciales (puesto que toda medida aplicada a España se tendría que aplicar a la Unión Europea). Otra cuestión es lo que pueda pasar a medio plazo con la siempre problemática frontera de España con Marruecos, gran aliado de Estados Unidos (y de Francia) en el Magreb, si Trump decide apoyar a Marruecos, o directamente alentarle, a exigir Ceuta y Melilla. Pero seguramente Sánchez piense que, para cuando Trump tenga tiempo para ponerse con ese tipo de iniciativas, o bien él o bien Trump ya no estarán en la presidencia de sus respectivos países. Sánchez tiene un final de mandato hoy por hoy muy claro: julio de 2027, cuando perderá las elecciones frente a la mayoría de PP y Vox. Y Trump quizás se convierta en un "pato cojo" en noviembre, tras las midterms parlamentarias en Estados Unidos.

  • El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con el presidente de la República de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. -

Lo único que puede evitar la derrota de Pedro Sánchez en las próximas elecciones generales, a estas alturas, es una movilización excepcional del voto de izquierdas, concentrado en torno al PSOE. Y para eso, la posición de confrontación con Trump es un escenario magnífico para Pedro Sánchez: moviliza a su electorado, concentra el voto progresista en torno al PSOE, y además deja totalmente fuera de juego a PP y Vox, habituales depositarios de una visión del patriotismo españolista, que ahora tienen que defender que ser españolista es plegarse a los deseos del presidente de Estados Unidos, un personaje que genera un rechazo casi unánime entre el electorado español, y tragarse las amenazas que profiere contra España y los españoles. Así que, por lo que respecta a Pedro Sánchez, la jugada política es clarísima y plenamente lógica. Por no hablar de que está bien, de que es "hacer lo correcto" negarse a este nuevo delirio imperial, por muy repugnante que resulte el régimen iraní. Así que, en definitiva, y como inmejorable resumen de las prioridades de las políticas progresistas de Pedro Sánchez, sólo nos queda asistir asombrados a las maniobras de un presidente que, como lúcidamente indicó en X la periodista Emma Zafón, es capaz de enfrentarse a Estados Unidos,... pero no a los rentistas.

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