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TRIBUNA LIBRE

Elogio de la prisa

Publicado: 02/06/2026 · 06:00
Actualizado: 02/06/2026 · 06:00
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Ya llevamos varios años escuchando las bondades de una vida para vivir despacio, instrucciones que aconsejan una pausa, argumentos a favor de descansar. Ya llevamos varios años defendiendo lo banal, subrayando lo anodino, una guía de conducta que se aleja de la prisa y que propone rebelarse ante el fenómeno que queda exhausto en la celeridad del día a día. Byung-Chul Han denuncia que "la edad de la prisa no tiene acceso a la belleza" y para ello —y para vivir en paz con uno mismo y el entorno— considera necesaria una "contemplación prolongada (...) de las cosas". Y junto a él -Byung-Chụl Han, claro- o cerca de él, han empezado a comparecer esos adeptos detractores de la prisa que acumulan frases, citas y aforismos en los medios, en las redes y en cualquier otro formato que suponga difundir la buena nueva: vive lento, mọn ami.

Nuestros antepasados conocieron qué es la prisa cuando llegó la revolución industrial. La aparición de nuevos medios y técnicas de producción favoreció un crecimiento económico desconocido hasta ese instante y, con él, apareció el romanticismo, cuyo esprit se resumía en lo exaltado, excéntrico, arrebatado y extravagante. EI ser romántico se rebeló ante su predecesor con rabia y deseo desmedido de libertad, una nueva forma de expresar el descontento y la esperanza dentro de un mismo relato.

La segunda revolución industrial replicó este proceso con mayor celeridad y originó movimientos artístico-contestarios como el Futurismo, algo que se repetiría con el esplendor económico acaecido tras la Segunda Guerra Mundial y que coincidió con el año de publicación del Manifiesto Surrealista, cuyas raíces, preceptos y narrativas entroncan —no por casualidad— con el romanticismo y el futurismo. El boom económico de los 80 y la consolidación de la escena artística y cultural en los bajos fondos de Nueva York, así como el despegue de las tecnológicas (para algunos, tercera revolución industrial), su consiguiente prosperidad y la difusión de una música electrónica que transitaba entre las 120 y las 140 revoluciones por minuto (rpm) son también ejemplos de esos ciclos que se copian.

Los que abogan por lo lento se atribuyen cualidades revolucionarias en tanto que abanderados de la crítica al fenómeno veloz, voraz y supersónico de un crecimiento económico —según algunos— desmedido y deshumanizador. En realidad, ignoran —imagino que deliberadamente— que esa línea crítica ya fue iniciada por el propio movimiento veloz, voraz y supersónico de esos periodos de bonanza cuya existencia propició la aparición de los exaltados, excéntricos, arrebatados y extravagantes románticos-futuristas-surrealistas-undergrounders-y-electrócratas, y que la idea de alejarse de todo esto no es sino la consecuencia del periodo posterior de recesión.

Una vida para vivir despacio es un moto que se ha repetido mucho y muy alto desde la pandemia de 2020. La defensa de lo lento ha devenido paradigma en Occidente tras sufrir ese tsunami, por un lado, y experimentar, por otro, cómo -en lo económico, político y social- Asia empezaba -otros dirían consolidaba- el adelanto al hemisferio occidental. EI rechazo a lo veloz es más un medio de defensa ante la crisis que una crítica al daño infligido. Ensalzar lo contemplativo no es señal de oposición a una dinámica existente sino reflejo de su declive. Igual que la velocidad no es la expresión enferma del humano sino consecuencia de un periodo de crecimiento exacerbado.

Mientras en Shanghái, Bangkok, Hong-Kong y Singapur, mientras Seúl, Shenzhen, Taiwán y Kuala Lumpur celebran con velocidad el crecimiento —y así se ve en el auge de las artes en la zona—, Occidente arruga y desaparece, cede con lentitud y sin prisa —no quiere cederlo, es evidente— el eje sobre el cual giró el planeta hasta hace poco.

Dicen nuestros defensores de lo lento que su faro es Byung-Chul Han porque aboga por la inactividad, el silencio y el vacío. No les faltan argumentos, el filósofo surcoreano ha abogado por ello, es cierto. Pero a veces, tienden a olvidar —de manera involuntaria, por supuesto— que lo ha hecho a través de innumerables libros, columnas, conferencias, ensayos, viajes, debates públicos y privados, actos, ceremonias, conferencias, frases, firmas sobre fotos, firmas sobre libros, firmas sobre firmas de otra gente de esos foros. Y además lo ha hecho con rabia y arrebato, con la exultación del que conoce que le apoya la verdad y que eso no le ocurre al que es oráculo, sino al que actúa amparado en una sociedad en crecimiento, y esas líneas que ellos —defensores de ir despacio— consideran argumento existencial fueron dichas, concebidas, defendidas de manera rauda y libre en el centro de una sociedad en abundancia, con el esprit vertiginoso que concede la pujanza. Y eso, por desgracia, es algo que hemos olvidado. Eso y que la música sonara a 120 rpm.

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