Opinión

Opinión

El gato en la talega

El asentimiento vacío

"Algo se rompe cuando la autoridad no es internamente reconocida y se da por supuesta"

Publicado: 10/02/2026 ·06:00
Actualizado: 10/02/2026 · 06:00
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

La sala está llena de personas. Hay cargos públicos, expertos, responsables de áreas, asesores. Las intervenciones denotan seguridad, mostrando datos, repitiendo fórmulas conocidas. Ni una interrupción. No se escuchan protestas. Solo la voz de los intervinientes esperados. En esta calma, sin embargo, nadie parece convencido. No hay conflicto, pero tampoco hay adhesión.

Cada vez es más frecuente escuchar en diferentes contextos: “Sí, claro”. Se repite en el trabajo, en la vida política, incluso en reuniones de amigos. Un par de palabras para salir del paso que no expresan ningún tipo de acuerdo, sino sólo que se ha entendido la instrucción, o aguantado el discurso de forma educada. La economía de energía y el aburrimiento impiden cualquier intervención e interés. “¿Para qué?”, nos interpelamos interiormente mientras llega la respuesta automática en forma de “para nada”. Pensamos en esas personas que tenemos de oratoria, en cuántas veces han dicho y tan pocas han cumplido. Tras la decepción, el silencio se vuelve una forma de autoprotección.

El poder otorga la capacidad de imponer decisiones que pueden tener o no consenso, igual que la obediencia es el cumplimiento de una orden, que puede obedecerse sin convicción. Es, más o menos, fácil.

La autoridad, sin embargo, es algo menos mecánico porque implica reconocer que quien manda, merece mandar. Por este motivo, algo se rompe cuando la autoridad no es internamente reconocida y se da por supuesta, como si se tratase de un atributo automático del cargo.

 

Habitamos en una estructura que adolece de una gran crisis de legitimación, que no de liderazgo"

 

Confundir poder con autoridad es común. La abundancia de poder y obediencia se contrapone a una escasez de autoridad. En ese punto, la confianza está totalmente fragmentada, lo que imperceptiblemente nos conduce a la sensación de falta de legitimidad. Actualmente se discute la legalidad de diferentes gobiernos o el conocimiento de expertos. Habitamos en una estructura que adolece de una gran crisis de legitimación, que no de liderazgo. Cargos, decisiones, normas, personas líderes, siguen adelante pero no generan adhesión, ni convocan, ni orientan. La autoridad de estas figuras está tan fragmentada como la confianza. Y, así, invariablemente, dejan de ser percibidos como personas con autoridad.

El hartazgo ciudadano elige entonces la obediencia por obligación, o la polarización con proyectos descontextualizados. La autoridad convertida en ficción se presenta como un cascarón de navío formalmente válido, pero socialmente vacío. Se cuestiona a los gobiernos, a los expertos, a las instituciones. La palabra “ilegítimo” se emplea con una ligereza que antes reservábamos a crisis excepcionales, pero que ahora se ha vuelto cotidiana. Porque todo esto no es un problema de liderazgo; es una crisis de legitimación.

En ella, el mando se mantiene no porque quien lo ejerce sea reconocido como valioso, sino por la existencia de una obediencia implícita al simple hecho de mandar. No se obedece por convicción, sino por inercia, por dependencia o por ausencia de alternativas. Cuando esto sucede, la autoridad deja de sostener al poder, y el poder comienza a sostenerse a sí mismo. No importa entonces el reconocimiento, ni la respuesta de la sala. Con el paso del tiempo, independientemente de quién ocupe el cargo, el sistema así configurado se perpetúa por repetición e interés, relegando la legitimidad a un segundo plano.

Mientras la sociedad habita en el hastío de quienes se resignan y la impotencia de quienes aún no han llegado a ello, se suceden discursos seguros y datos incontestables, pero cada vez con menos capacidad de convencer. La obediencia persiste, la autoridad se diluye y el asentimiento se vacía de sentido. Posiblemente, el mayor síntoma de esta crisis no sea el conflicto abierto, sino normalizar una respuesta automática que no compromete a nadie.

Recibe toda la actualidad
Murcia Plaza

Recibe toda la actualidad de Murcia Plaza en tu correo